Jorge Semprún EL LARGO VIAJE*

Con El largo viaje, Jorge Semprún rompía un largo silencio: en 1945, tras ser liberado del campo de concentración de Buchenwald, obligado a escoger entre contar o vivir, entre la escritura o la vida, eligió vivir. Sin embargo, durante casi veinte años, fue madurando su experiencia concentracionaria: ¿cómo contar lo inenarrable? Por fin, en 1963, publicó en Francia El largo viaje (merecedor en 1964 del Premio Formentor y del Prix de la Résistance): había hallado el modo de escribir el largo camino hacia el horror. Un libro mítico e indispensable en la lucha del hombre contra el olvido.
Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avan- zamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad.

-No te canses -dice el chico.

En el torbellino de la subida, en Compiégne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo escuetamente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las ventanillas de ventilación, atrancada con alambre de espino. «Respirar es lo más importante, ¿entiendes?, poder respirar.»

-¿De qué te sirve reír? -dice el chico-. Cansa para nada.

-Pienso en la noche que viene -le digo.

-¡Qué tontería! -dice el chico-. Piensa en las noches pasadas.

-Eres la voz de la razón.

-Vete a la mierda -me responde.

Llevamos cuatro días y tres noches encajados el uno en el otro, su codo en mis costillas, mi codo en su estómago. Para que pueda colocar sus dos pies en el suelo del vagón tengo que sostenerme sobre una sola pierna. Para que yo pueda hacer lo mismo y sentir relajados los músculos de las pantorrillas, también él se mantiene sobre una pierna. Así ganamos algunos centímetros, y descansamos por turno.

A nuestro alrededor, todo es penumbra, con respiraciones jadeantes y empujones repentinos, enloquecidos, cuando algún tipo se derrumba. Cuando nos contaron ciento veinte ante el vagón, tuve un escalofrío, intentando imaginar lo que podía resultar. Es todavía peor.

Cierro los ojos, los vuelvo a abrir. No es un sueño.

-¿Ves bien? -le pregunto. –

Sí, ¿y qué? -dice-, es el campo.

Es el campo, en efecto. El tren rueda lentamente sobre una colina. Hay nieve, abetos altos, serenas humaredas en el cielo gris.

Mira un momento.

-Es el valle del Mosela.

-¿Cómo puedes saberlo? -le pregunto.

Me mira, pensativo, y se encoge de hombros.

– ¿Por dónde quieres que pasemos?

Tiene razón el chico, ¿por dónde quiere usted pasar, y para ir Dios sabe dónde? Cierro los ojos y algo canturrea suavemente en mí: valle del Mosela. Estaba perdido en la penumbra cuando he aquí que el mundo se vuelve a organizar en torno a mí, en esta tarde de invierno que decae. El valle del Mosela, esto existe, debe de encontrarse en los mapas, en los atlas. En el liceo Henri IV armábamos jaleo al profesor de geografía, seguro que de allí no guardo recuerdo alguno del Mosela. En todo aquel año no creo haber aprendido una sola lección de geografía. Bouchez me tenía una rabia mortal. ¿Cómo era posible que el primero en filosofía no se interesara por la geografía? No había relación alguna, claro está. Pero me tenía una rabia mortal. Sobre todo desde aquella historia de los ferrocarriles de Europa central. Me tocó el gordo, y hasta le solté los nombres de los trenes. Me acuerdo del Harmónica Zug, le puse entre otros el Harmónica Zug. «Buen trabajo», anotó, «pero apoyado en exceso en recuerdos personales.» Entonces, en plena clase, cuando nos devolvió los ejercicios, le advertí que no tenía ningún recuerdo personal de Europa central. No conozco la Europa central. Simplemente, lo saqué del diario de viaje de Barnabooth. ¿No conoce usted a A.O. Barnabooth, señor Bouchez? En verdad, nunca he sabido si Bouchez conocía o no a A.O. Barnabooth. Estalló y por poco me forman consejo de disciplina.

Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. De repente, silba. Ha debido de desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para pillarlo desprevenido. Ahí está.

Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atestado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mis- mo y este chico de Semur-en-Auxois, y también el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido de derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mo- sela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno.

-¿A qué juegas? -dice el chico de Semur.

Me mira atentamente, intenta comprender.

-¿Te encuentras mal? -me pregunta.

-En absoluto -le digo-. ¿Por qué?

-Entornas los párpados como una señorita -afirma-. ¡Vaya cine!

Le dejo hablar, no quiero distraerme.

El tren tuerce por el terraplén de la vía, en la ladera de la colina. El valle se despliega. No quiero que me distraigan de esta tranquila alegría. El Mosela, sus ribazos, sus viñedos bajo la nieve, sus pueblos de viñadores bajo la nieve me entran por los ojos. Hay cosas, seres y objetos de los que se dice que te salen por las ventanas de la nariz. Es una expresión francesa que siempre me ha hecho gracia. Son los objetos que os estorban, los seres que os agobian, que se arrojan, metafóricamente, por las ventanas de la nariz. Vuelven a su existencia fuera de mí, arrojados de mí, trivializados, degradados por este rechazo. Las ventanas de mi nariz se vuelven la válvula de escape de un orgullo desaforado, los símbolos propios de una conciencia que se imagina soberana. ¿Esta mujer, este amigo, esta música? Se acabó, no se hable más, por las ventanas de la nariz. Pero el Mosela es todo lo contrario. El Mosela me entra por los ojos, me inunda la mirada, empapa mi alma con sus aguas lentas como si fuera una esponja. Ya no soy más que este Mosela que invade mi ser por los ojos. No se me debe distraer de esta alegría salvaje.

-Se hace buen vino en esta tierra -dice el chico de Semur. Quiere que hablemos. No habrá adivinado que me estoy anegando en el Mosela, pero siente que hay algo sospechoso en mi silencio. El chico quiere que seamos serios, no es una broma este viaje hacia un campo en Alemania, no hay por qué entornar los párpados, como un idiota, ante el Mosela. Él es de tierra de viñedos, pues se aferra a los viñedos del Mosela, bajo la nieve fina y pulverizada. Es algo serio, ios viñedos, él está al tanto.

-Un vinillo blanco -dice el chico-. Aunque no tan bueno como el chablis.

Se venga, es normal. El valle del Mosela nos ha encerrado en sus brazos, es la puerta del exilio, un camino sin retorno, quizá, pero su vinillo blanco no se puede comparar al chablis. En cierto modo es un consuelo.

Él quisiera hablar del chablis, y yo no le hablaré del chablis, desde luego, no ahora. Sabe que tenemos recuerdos comunes, que tal vez hayamos coincidido en algún lugar, sin conocernos. Él estaba en el maquis, en Semur, cuando Julien y yo fuimos a llevarles armas, después del golpe de la serrería, en Semur. Él quisiera que evocásemos recuerdos comunes. Son recuerdos serios, como los viñedos y el trabajo en las viñas. Recuerdos sólidos. Quién sabe, ¿tendrá miedo de estar solo, de repente? No lo creo. Al menos, todavía no. Es mi soledad, sin duda, lo que le da miedo. Ha creído que yo flaqueaba, de repente, ante este paisaje dorado sobre fondo blanco. Ha creído que este paisaje me había afectado en algún punto flaco, y que yo cedía, que me enternecía de repente. Ha tenido miedo de dejarme solo, el chico de Semur. Me ofrece el recuerdo del chablis, quiere que bebamos juntos el vino nuevo de los recuerdos comunes. La espera en el bosque, con los de las SS emboscados en las carreteras, después del golpe de la serrería. Las salidas nocturnas en Citroen con los cristales rotos, con las metralletas apuntando a la sombra. Recuerdos de hombre, vamos.

Pero no, hijo, no vacilo. No tomes a mal mi silencio. Dentro de un rato hablaremos. Era hermoso Semur, en septiembre. Hablaremos de Semur. Además, hay algo que no te he contado todavía. A Juhen le fastidiaba haber perdido la moto. Una Gnóme et Rhóne potente y casi nueva. Se quedó en la serrería aquella noche, cuando los de las SS llegaron en tromba y tuvisteis que echaros al monte, a las alturas boscosas. A Julien le fastidiaba haber perdido la moto, y fuimos a por ella. Los alemanes habían instalado un puesto encima de la serrería, al otro lado del agua. Fuimos en pleno día y nos colamos en los cobertizos por entre los montones de leña. Allí estaba la moto, oculta bajo unas lonas, con el depósito lleno de gasolina hasta la mitad. La empujamos hasta ¡a carretera. Los alemanes, claro está, iban a reaccionar al oír el ruido del arranque. Había un tramo de carretera con un fuerte declive, totalmente al descubierto. Los alemanes, desde lo alto de su observatorio, iban a disparar sobre nosotros como en una feria. Pero Julien estaba muy apegado a esa moto, se empeñó en recuperarla a toda costa. Ya te contaré esta historia dentro de un rato, te alegrará saber que no se perdió la moto. La llevamos hasta el maquis del «Tabou», en las alturas de Larrey, entre Laignes y Chátillon. Pero no te contaré la muerte de Julien. ¿Para qué contártela? De todos modos, todavía no sé sí ha muerto julien. Julien no ha muerto, todavía, va en la moto conmigo, nos largamos hacia Laignes bajo el soí del otoño, y aquella moto fantasma por los caminos otoñales trastorna a las patrullas de la Feld,1* ellos disparan a ciegas al ruido fantasmal de la moto por las carreteras doradas de otoño. No te contaré la muerte de Julien, tendría demasiadas muertes que contar. Incluso tú morirás, antes de que acabe este viaje. No podré contarte cómo murió Julien, no lo sé aún, y tú habrás muerto antes del final de este viaje. Antes de que regresemos de este viaje. Aunque estuviéramos todos muertos en este vagón, muertos apiñados de pie, ciento veinte en este vagón, el valle del Mosela, de todas formas, seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. No quiero distraerme de esta certeza fundamental. Abro los ojos. Aquí está el valle labrado por un trabajo secular, con los viñedos escalonados por los ribazos, bajo una fina capa de nieve resquebrajada, estriada por vetas parduzcas. Mi mirada no es nada sin este paisaje. Sin este paisaje yo estaría ciego. Mi mirada no descubre este paisaje, es revelada por él. Es la luz de este paisaje la que inventa mi mirada. La historia de este paisaje, la larga historia de la creación de este paisaje por el trabajo de los viñadores del Mosela, es la que da a mi mirada, a todo mi ser, su consistencia real, su densidad. Cierro los ojos. Sólo queda el ruido monótono de las ruedas en los raíles. Sólo permanece esta realidad ausente del Mosela, ausente de mí, pero presente en sí misma, tal como en sí misma la hicieron los viñadores del Mosela. Abro los ojos, los cierro, mi vida no es más que un parpadeo.

-¿Estás viendo visiones? -dice el chico de Semur.

-No -digo-, no exactamente.

-Pues lo parece, sin embargo. Parece que no crees en lo que ves.

-Desde luego que sí.

-O que te vas a desmayar.

Me mira con desconfianza.

-No te preocupes.

-¿Resistes? -me pregunta.

-Aguanto, te lo juro. En realidad, aguanto bien.

De repente se oyen gritos, aullidos, en el vagón. Un empujón brutal de toda la masa inerte de los cuerpos amontonados nos pega literalmente a la pared del vagón. Nuestras caras rozan el alambre de espino que cubre las aberturas de ventilación. Miramos el valle del Mosela.

-Está bien labrada esta tierra -dice el chico de Semur.

Contemplo la tierra bien labrada.

-Claro que no es como en mi tierra -dice-, pero está bien trabajada.

-Los viñadores son los viñadores.

Vuelve ligeramente la cabeza hacía mí, y se burla.

-¡Cuántas cosas sabes! -me dice.

-Quiero decir…

-Claro -dice, impaciente-, quieres decir, está claro lo que quieres decir.

-¿Dices que su vino no es tan bueno como el chabíis?

Me mira de reojo. Debe de pensar que mi pregunta es una trampa. Me encuentra muy complicado, el chico de Semur. Pero no es una trampa. Es una pregunta para reanudar el hilo de cuatro días y tres noches de conversación. No conozco todavía el vino del Mosela. No lo probé hasta más tarde, en Eisenach. Cuando volvimos de este viaje. En un hotel de Eisenach, donde estaba instalado el centro de repatriación. Fue una noche curiosa, la primera de la repatriación. Para vomitar. En realidad, nos sentíamos más bien desplazados. Tal vez era necesaria aquella cura de inadaptación, para acostumbrarnos al mundo otra vez. Un hotel de Eisenach, con oficíales americanos del III Ejército, franceses e ingleses de las misiones militares enviadas al campo. El personal alemán, todos viejos disfrazados de maítres y camareros. Y chicas. Muchas chicas alemanas, francesas, austríacas, polacas, qué sé yo. Una velada como es debido, en el fondo muy normal, cada cual desempeñando su papel y cumpliendo con su oficio. Los oficíales americanos mascando su chicle y hablando entre sí, bebiendo sin parar del gollete de sus botellas de whisky. Los oficiales ingleses, con aire aburrido, solitarios, por encontrarse en el continente, en medio de esta promiscuidad. Los oficiales franceses, rodeados de chicas, apa- ñándoselas muy bien para hacerse entender por todas esas chicas de diversos orígenes. Cada cual cumplía su papel. Los maítres alemanes cumplían con su oficio de maítres alemanes. Las chicas de procedencias diversas cumplían con su oficio de chicas de diversas procedencias. Y nosotros, con el de supervivientes de los campos de la muerte. Algo desplazados, claro está, pero muy dignos, con el cráneo afeitado, los pantalones de tela rayada enfundados en las botas que habíamos recuperado en los almacenes de las SS. Desplazados, pera muy como es debido, contando nuestras anécdotas a esos oficiales franceses que metían mano a las chicas. Nuestros ridículos recuerdos de hornos crematorios y de formaciones interminables bajo la nieve. Después, nos sentamos en torno a una mesa, para cenar. Había sobre la mesa un mantel blanco, cubiertos para pescado, para carne, de postre. Vasos de formas y colores distintos, para el vino blanco, para el tinto, para agua. Nos habíamos reído tontamente al ver aquellas cosas inhabituales. Y bebimos vino del Mosela. Este vino del Mosela no era tan bueno como el chablis, pero era vino del Mosela.

Repito mi pregunta, que no es una trampa. Aún no he bebido el vino del Mosela.

-¿Cómo sabes que el vino de por aquí no es tan bueno como el chablis?

Se encoge de hombros. Es evidente. No se puede comparar con el chablis, es evidente.

Acaba por irritarme.

-¿Cómo sabes, además, que es el valle del Mosela? Se encoge de hombros, otra vez,

también eso es evidente.

-Oye, tío, no seas pelma. El tren tiene que seguir los valles a la tuerza. ¿Por dónde

quieres que pase?

-Claro -digo, conciliador-. Pero ¿por qué el Mosela? -Ya te digo que es el camino. –Pero nadie sabe adonde vamos. -Pues claro que lo sabemos. ¿Qué puñetas hacías en Compiégne? Es obvio que vamos a Weímar.

En Compiégne, dedicaba mi puñetero tiempo a dormir. En Compiégne estaba solo, no conocía a nadie, y la salida del convoy estaba anunciada para dos días después. Dediqué mi puñetero tiempo a dormir. En Auxerre tenía compañeros de varios meses y la cárcel se había vuelto habitable. Pero en Compiégne éramos miles, un auténtico desbarajuste, no conocía a nadie.

-Me pasé el tiempo durmiendo. Sólo estuve día y medio en Compiégne.

-Y tenías sueño -me dice.

-No tenía sueño -le contesto-, no especialmente. No tenía otra cosa que hacer.

-¿Y conseguías dormir, con la barahúnda que había aquellos días en Compiégne? -Lo conseguí.

Luego me explica que se quedó varias semanas en Compiégne. Tuvo tiempo de enterarse. Era la época de las deportaciones en masa hacía los campos. Se filtraban algunas in- formaciones vagas. Los campos de Polonia eran los peores, los centinelas alemanes, al parecer, hablaban de ellos en voz baja. Había otro campo, en Austria, al que uno debía esperar no ir.

Luego había otros muchos, en la misma Alemania, más o menos por el estilo. La víspera de la salida, supimos que nuestro convoy se dirigía a uno de éstos, cerca de Weimar. Y el valle del Mosela, sencillamente, era el camino. -Weimar -digo- es una ciudad de provincias. -Todas las ciudades son de provincias -me dice-, excepto las capitales.

Reímos juntos, porque el sentido común, en el mundo, es lo mejor repartido.

-Quiero decir una ciudad provinciana.

-Ya -dice-, algo así como Semur, es lo que insinúas.

-Quizá mayor que Semur, no sé, seguramente mayor.

-Pero en Semur no hay un campo de concentración -me dice, hostil.

-¿Por qué no?

-¿Cómo, que por qué no? Pues porque no. ¿Quieres decir que podría haber un campo en Semur?

-¿Y por qué no? Es cuestión de circunstancias.

-A la mierda las circunstancias.

-Hay campos en Francia -le explico-, es posible que haya en Semur.

-¿Hay campos en Francia?

Me mira, desconcertado.

-Claro.

-¿Campos franceses, en Francia?

-Claro -repito-, no campos japoneses, campos franceses en Francia.

-Hay el de Compiégne, es verdad. Pero no llamo a eso un campo francés.

-Hay el de Compiégne, que ha sido un campo francés en Francia, antes de ser un campo alemán en Francia. Pero hay otros que nunca han dejado de ser campos franceses en Francia.

Le hablo de Argeles, de Saint-Cyprien, Gurs, Cháteaubriant. «Mierda, vaya», exclama.

Esta novedad le desconcierta. Pero se repone pronto.

-Tienes que explicarme eso -me dice.

No pone en duda mi afirmación, la existencia de campos franceses en Francia. Pero

tampoco se deja conmover por el descubrimiento. Tendré que explicárselo. No pone en duda mi afirmación, pero ésta no encaja con la idea que se hacía de las cosas. Es una idea muy sencilla, muy práctica, la que se hacía de las cosas, con todo el bien de un lado y el mal del otro. No tiene dificultad en exponérmela, en unas pocas frases. Es hijo de campesinos más bien acomodados, a él le hubiera gustado abandonar el campo, hacerse mecánico, quién sabe, ajustador, tornero, fresador, lo que sea, un bonito trabajo sobre bonitas máquinas, me dice. Pero luego vino el STO2- Es evidente que no iba a permitir que le mandaran a Alemania. Alemania estaba lejos, y además no era Francia, y, para colmo, tampoco iba a trabajar para los ocupantes. Se convirtió en rebelde, pues, y se unió al maquis. Lo demás vino de ahí, por sí solo, como un encadenamiento lógico. «Yo soy patriota», me ha dicho. Me estaba interesando el chico de Semur, era la primera vez que veía a un patriota en carne y hueso. Pues no era nacionalista, en absoluto, era patriota. Yo conocía a unos cuantos nacionalistas. El arquitecto era nacionalista. Tenía la mirada azul, directa y franca, fija en la línea azul de los Vosgos. Era nacionalista, pero trabajaba para Buckmaster y el War Office.3″ El chico de Semur era un patriota, no tenía ni pizca de nacionalista. Era mi primer patriota en carne y hueso. -De acuerdo -le digo-. Te lo explicaré luego. -¿Por qué luego?

-Estoy mirando el paisaje -le contesto-, déjame mirar el paisaje.

-Es el campo -dice con asco.

Pero me deja mirar el campo.

El tren silba. Pienso que un silbido de locomotora obedece siempre a razones concretas.

1 * Feld (Feldgendarmerie): Servicio de Policía alemán. (N de los T.)
2 * Servicio de Trabajo Obligatorio. (N. de los T.)
3 * Servicio británico y el Ministerio de la Guerra británico, que colaboraban con la Resistencia francesa. (N de los T.)

Semprún básico

Jorge Semprún nació en Madrid en 1923 y falleció en París el 7 de junio de 2011. El estallido de la guerra civil obligó a su familia a refugiarse en Francia y dirigirse a La Haya, donde su padre trabajaba al servicio de la República. Se instaló en París en 1939 y, comprometido ya con el comunismo, luchó en la Resistencia contra la ocupación alemana. Fue apresado en 1943 y deportado al campo de concentración de Buchenwald, una experiencia que marcaría su obra literaria y su compromiso político. Tras su liberación, en 1945, se convirtió en un miembro destacado del Partido Comunista español en el exilio y, bajo el alias de Federico Sánchez, en un activo agente clandestino en la España franquista. Por sus discrepancias con la línea oficial, en 1964 fue expulsado del partido. Entre 1988 y 1991 fue ministro de Cultura en el gobierno de Felipe González. Su obra literaria, de hondas raíces autobiográficas, ha merecido, entre otros, los premios Formentor (1964), Planeta (1977), Fémina (1969 y 1994), el Premio de la Paz de los libreros alemanes (1994), el Jerusalén (1997), el Premio Nonino (1999), la medalla Goethe (2003), el Fundación Lara (2003), el Annetje Fels-Kupferschmidt (2006) y el Terenci Moix (2010).

* Tomado de http://www.lamajadescalza.com/el-largo-viaje/

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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