Trino Márquez UNA ENFERMEDAD CON PIQUETE ELECTORAL

El Presidente de la República es un político a carta cabal. Las 24 horas del día no son suficientes para tejer maniobras que desconciertan a sus adversarios y también a sus seguidores. Mediante manipulaciones dirigidas a inflar el culto a la personalidad y propiciar la lisonja aclamacionista, transformó el cáncer que padece -del cual ojalá salga bien librado- en una poderosa arma electoral, ya sea para capitalizarla él mismo o para beneficio de quien resulte escogido su sucesor.

El comandante seguramente lamenta no poder crear una dinastía al estilo cubano o de Corea del Norte, donde los máximos jefes no se preocupan por formalidades electorales, sino que ungen a sus elegidos con el toque mágico de sus manos. En Venezuela el caudillo está atado a lo que ordena la Constitución y a documentos transnacionales suscritos por su gobierno, como la Carta Democrática Interamericana. Necesita poseer legitimidad de origen y, por lo tanto, no le queda más alternativa que acudir cada seis años a las urnas electorales, además en un ambiente donde participe la oposición organizada en partidos autónomos.

Frente a la emboscada que le tendió el destino, el reto que enfrenta consiste en cómo conservar el poder si el mal avanza y va minando sus fuerzas. ¿Podrá participar en la contienda de 2012? Ni él mismo lo sabe, a pesar de que, tan audaz como siempre, el 5 de julio se postuló para los comicios de 2018. Nadie sabe a ciencia cierta cuál ha sido el efecto real del carcinoma que padece. No se conocen los estragos que pudo haber causado o que en el futuro cercano será capaz de desencadenar. Mientras la incógnita se despeja hay que crear un ambiente que lo preserve como opción real de poder, para sus partidarios y para el resto del país. Para mantener viva esa llama se vino de Cuba donde los hermanos Castro lo mantenían secuestrado. Era imperativo demostrar que mientras tenga aliento será el único jefe. Además, había que aplacar el descontento militar. No convenía celebrar los doscientos años de la firma del Acta de Independencia en la humillante condición de rehén de los jefes supremos de una isla que ha atado su destino al del proceso bolivariano.

No es posible adivinar lo que el destino le deparará a Chávez. De lo que sí existe plena certeza es de que anda en plena campaña electoral. El ariete de esta nueva batalla es su enfermedad. Su actitud obliga a la oposición a colocarse en el mismo plano. Los mejores deseos al ciudadano Hugo Chávez, pero reclamos y exigencias permanentes al Presidente de la República y precandidato presidencial del oficialismo, para que cumpla cabalmente todas las obligaciones que le impone la Constitución, sintetizadas en su artículo 236. Sus dolencias no constituyen excusa para que no atienda los graves problemas que enfrenta el país en todos lo órdenes. Al Presidente candidato hay que demandarle que solucione la crisis eléctrica, el drama de las cárceles, la falta de empleo, la inseguridad personal, la inflación, la caída de la producción industrial y agrícola, el endeudamiento del país, la quiebra de PDVSA, el deterioro de la infraestructura. Que trabaje por la nación.

Si no se siente en condiciones físicas y mentales de honrar los compromisos como jefe de Estado, jefe de Gobierno, jefe de las Finanzas Públicas y Comandante en Jefe la FAN, tal cual señala la Carta Fundamental, entonces que se separe temporal (o definitivamente) de la Presidencia y delegue el mando en el Vicepresidente que él designe, Jajua o cualquier otro.

El tratamiento especial –financiado, como corresponde, con recursos de la nación- recibido por Hugo Chávez, debería extenderse -por razones igualmente humanitarias- a todos los presos políticos, en especial a quienes sufren dolencias graves, por ejemplo, Alejandro Peña Esclusa e Iván Simonovis. Las circunstancias imponen una amnistía inmediata.

El malestar de Chávez podría convertirse en una excusa adicional para que el CNE mantenga en secreto el cronograma electoral. Los adulantes miembros de ese organismo tal vez posterguen la realización de los comicios hasta que el Presidente se sienta bien y ordene fijar la fecha. El aplazamiento indefinido no debe aceptarse. Las elecciones hay que realizarlas en 2012.

Hay que lamentar el carcinoma del Presidente, pero este deplorable episodio no lo libera de su responsabilidad por haber hundido al país en el abismo donde se encuentra, ni le da credenciales para seguir en el poder más allá del año que viene.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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