Rodrigo Márquez BICICLETAS *

El tuuu tuuu del teléfono me tiene loco. Estoy a punto de pararme, quitarme los audífonos de la cabeza y reventar la pantalla de la computadora de una patada. Me siento como Norman —el personaje de American Phsyco— imaginándome cómo podría aniquilar a todos los empleados del call center donde trabajo. Sobretodo a la maracucha de mierda que se sienta al lado de la ventana, con sus lentecitos de pasta, a ella me encantaría reventarle los sesos de un balazo en la frente.

Esta mañana, desde mi colchón inflable, vi lo gris que estaba el cielo. Me enrollé, aún mas, en mi cubrecama negro y pensé en el día que tenía por delante. Al  recostarme a la pared, cerré los ojos y espere a que todo mi cuerpo se calentara con el agua hirviendo de la ducha. Pensé en la pelirroja que conocí ayer en el tram, en lo rica que estaba y en lo pendejo que fui por no haber anotado su teléfono.

Vapor de agua. Silencio. Al salir del baño no se escuchaba nada, ni siquiera la brisa. El gigante serbio, maniático de la limpieza, con el que comparto mi apartamento no estaba y eso me alegró. Seguro se fue de putas anoche y no ha regresado, pensé al atravesar el pasillo en puntillas para evitar dejar huellas.

La nevera no tenía nada provocativo, solo unas cuantas cervezas belgas y un envase plástico tapado con papel aluminio que no me atreví a abrir. Me vestí rápido, con lo primero que encontré, y salí del desamueblado apartamento. De ninguna manera me hubiera gustado encontrarme a Millo, el gigante serbio. Desde el ascensor escuché gritos de niños jugando en el parque. Decenas de catires miniatura se apoderaron de la isla. Pedaleaban sin descanso y sin frío.

Me levanto al baño, no sin antes cambiar de status en la computadora de “Available” a “Personal break”. Tengo semanas sin afeitarme, pienso al verme reflejado en el espejo. Agua fría. Estoy pálido y flaco. Seis horas de tortura telefónica.

G’day me saludó un viejo italiano con pinta de sádico al subirse al ascensor en el octavo piso.

G’day le respondí, sin dejar de verme en el espejo. El hijo de puta apestaba a cerveza y cigarro, estaba amanecido. Ropa deportiva y gomina en el pelo. Me contó que su vecina usa unos shorts muy cortos para limpiar la cocina y que él, desde su cuarto, puede verla sin que ella se de cuenta.

Antes de tomar el tram, di una vuelta en bicicleta por el vecindario de los Jetsons. Así lo llamo desde que me enteré que hace tan solo ocho años, la isla donde vivo,  era un pedazo de océano.

No quería venir la oficina. Detesto mi trabajo. No concibo pasar ocho horas convenciendo analfabetas funcionales que aprender inglés es indispensable para la vida. Al menos, la sueca malcriada que se sienta a mi derecha me mantiene entretenido, hoy vino con falda. Me duelen las rodillas, hoy el puente estaba más empinado que nunca. No había carros, solo bicicletas.

* Publicado en cuentopuro.tumblr.com,

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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