Pablo Gamba PARA SALIR DE LA DOLCE VITA

La referencia a Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003) es obvia en la más reciente película de la guionista y directora, Sofia Coppola, Somewhere (2010), insólitamente titulada en español En un rincón del corazón y que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia en 2010. Las dos tratan de una estrella de cine cuya vida se encuentra atascada en un hotel y que experimenta una angustiosa sensación de vacío. Si en la primera Charlotte (personaje interpretado por Scarlett Johansson) considera que comprarse un Porsche es síntoma de una crisis como la que padece Bob Harris (Bill Murray), Johnny Marco (Stephen Dorff), el protagonista de Somewhere, da vueltas en círculos por una pista al comienzo en un carro negro de esa marca. Es evidente también la impronta de un filme del cual ambas son deudoras: La dolce vita (1959) de Federico Fellini, cuya más célebre secuencia, la de Anita Ekberg en la fuente de Trevi, ve por televisión en su cuarto Bob Harris. Hay un momento que aspira a alcanzar ese grado de ridículo en Somewhere: la entrega de los premios Telegatto.

La crítica de Fellini de aquello que en una época remota se llamaba “alienación” es compartida por Sofia Coppola. Va contra aquello que encierra el significado de otra palabra con la cual se la ha designado, “enajenación”, entendida como sinónimo de locura: cómo llega a ser absurdamente delirante el vacío de la dulce vida de los ricos, que a la vez es el sueño de plena realización humana que cautiva a los que nunca la podrán alcanzar. Pero si en la sátira del milagro económico italiano en La dolce vita la monstruosidad de esa vida sale a flote metafóricamente al final, en los filmes de la cineasta estadounidense ocurría hasta ahora lo contrario. En la existencia vacía de los protagonistas de las dos películas irrumpe la que parece ser la posibilidad de una vida más auténtica sin salir de ese ambiente social a través de un luminoso personaje femenino: la joven esposa desatendida por su marido Charlotte, que acepta participar en el plan de fuga de Bob Harris del hotel en Perdidos en Tokio, y Cloe (Elle Fanning), la hija de 11 años de edad de Johnny Marco, que en Somewhere se aparece en su habitación del apartotel de estrellas de cine Chateau Marmont, la misma en la que una vez estuvo alojado Bono, como dice Benicio del Toro, que se interpreta a sí mismo en la cinta.  

 

Hay algo de cruel ironía en eso, como lo exigen los tiempos actuales de posmodernidad. En la escena final de Perdidos en Tokio no puede escucharse lo que Bob Harris murmura al oído de Charlotte, luego de bajarse del taxi que lo lleva al aeropuerto y correr tras ella, por haber creído verla caminando en medio de la multitud. Es una sarcástica viñeta del romanticismo de Hollywood. Aquello que pudiera haber de auténtico en la confesión de amor y promesa de reencuentro es algo que queda exclusivamente a cargo de la imaginación del espectador, si cae en la tentación de soñar una vida de verdad para ambos personajes de la misma manera como las vidas de ensueño de la pantalla son una compensación de sus carencias afectivas y económicas reales. En Somewhere ocurre algo parecido. Es la simbólica escena de la separación de Johnny Marco y Cloe, en la que la adolescente parte en un carro y él en helicóptero. El padre grita unas palabras de despedida inaudibles a la hija. A la burla de las escenas de Hollywood en La dolce vita se añade así la crítica de la complicidad del espectador que pone en la pantalla los “sentimientos” que no tienen lugar en su vida.

Pero Sofia Coppola ha intentado ser optimista después del final donde ocurre lo del título de su primer filme, Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides, 1999). Si el intento de fuga no cristaliza en el caso de las hermanas Lisbon, Charlotte y Bob Harris logran escapar del aburrimiento del hotel para disfrutar de la noche de Tokio junto con unos amigos japoneses. En el caso de Somewhere la afinidad es con el paraíso esteticista que construye para sí la reina protagonista de María Antonieta (Marie Antoinette, 2005), al margen del teatro del rey en Versalles. Es el oasis de dulce cotidianidad que surge durante la estadía de Cloe con su padre. Si el hastío de Johnny Marco ha llegado al punto de que el baile de tubo que le presentan dos prostitutas gemelas en su habitación le da sueño, y se queda dormido al darle sexo oral a una mujer que conoce en una fiesta, se llena de vida al acompañar a su hija a patinar sobre hielo, jugar Guitar Hero con ella y disfrutar de sus habilidades como cocinera.

Esa reconciliación con la belleza simple de la vida tiene un primer correlato en la fotografía sencilla de Harris Savides. Hay planos que además desenmascaran el ridículo del artificio: el tubo del baile en la habitación del Chateau Marmont es un dispositivo plegable que las prostitutas guardan en el bolso en que llevan sus instrumentos de trabajo, como también el disfraz; la cámara revela que Johnny Marco tiene que pararse sobre un bloque de madera para alcanzar la altura de la actriz coprotagonista en las fotos de promoción de su más reciente película. La exquisita selección de rock que ha comentado siempre los filmes de Sofia Coppola, y que en María Antonieta creaba duros anacronismos como el uso de “Plaisong” de The Cure como fanfarria extradiegética en la corte de Luis XVI, está aquí integrada a la vida en la historia. Ocurre cuando el protagonista y su hija juegan Guitar Hero, como Bob Harris y Charlotte hacían Karaoke en Perdidos en Tokio, y los discos servían para establecer diálogo telefónico con las hermanas Lisbon, encerradas por sus padres, en Las vírgenes suicidas. Pero también sucede de formas más sutiles, como el tema de Gwen Stefani, “Cool”, que suena en la pista de hielo cuando Cleo practica patinaje artístico, de una manera en que la música presente en la escena se confunde con la extradiegética, que no lo está.

El optimismo de los filmes de Sofia Coppola deriva en dos utopías vinculadas con la sencillez y la belleza. Son, por una parte, el esteticismo del pequeño mundo creado por María Antonieta en Versalles y el remanso de paz que encuentra Johnny Marco en compañía de su hija. Por otra el anhelo de huir a una vida que sea más vida, bien sea por lo simple y natural o porque se la vive como aventura. La segunda es una ilusión que recorre la historia estadounidense desde los trascendentalistas hasta los hippies. Comprende también el mito de la fuga de Bonny and Clyde de Arthur Penn (1967), evocado en la secuencia en la que Bob Harris y Charlotte corren bajo el fuego de una metralleta de juguete en Perdidos en Tokio, que es también la escapada por las carreteras de los personajes de la generación beat.

El punto es que si en sus dos anteriores películas la realizadora había mantenido una lucidez que señalaba la ambivalencia de esa utopía, en Somewhere parece haber caído en la trampa de llegar a creer que el abandonarlo todo puede tomarse al pie de la letra, y que es la solución. Las aventuras de Charlotte y Bob Harris en Perdidos en Tokio no dejaban de ser, por bellas, una forma de llenar el ocio de turistas del que les permite disfrutar su posición social acomodada y un recreo también de sus aburridos matrimonios. Si las vidas de ambos pudieran llegar a unirse, esa es una solución que le toca aportar al espectador que razone según el cliché de Hollywood, como se dijo antes. En María Antonieta el paraíso de la reina es un mundo pastoral en el que los niños y los corderos juegan entre flores, las abejas no pican, y se hace el amor por goce y no por razón de estado. Pero el pueblo toma las armas para acabar con la aristocracia que se regala esos placeres a costa del sufrimiento de otros.

Por eso al final de Somewhere sale a flote una cosa como el monstruo de La dolce vita: cierto aire de inautenticidad. Si hay en eso una trampa para burlarse del espectador, una zancadilla para hacerle caer en el ensueño consolador de la utopía en la comodidad de la butaca del cine, faltó el detalle que señale la ironía, que está presente en la escena del helicóptero, como se dijo antes. Sofia Coppola replantea el trasnocho hippie sin la crítica de antes, y resulta de lo más falso.

EN UN RINCÓN DEL CORAZÓN

Somewhere, Estados Unidos-Reino Unido-Italia-Japón, 2010

Dirección y guión: Sofia Coppola. Producción: Sofia Coppola, Roman Coppola, G. Mac Brown. Diseño de producción: Anne Ross. Fotografía: Harris Savides. Montaje: Sarah Flack. Sonido: Richard Beggs. Música: William Storkson, con temas de Phoenix, Foo Fighters, The Meters, Gwen Stefani, Kiss, Sebastien Tellier, Bryan Ferri, The Police, T. Rex, Valeria Marini, Romulo, The Strokes. Elenco: Stephen Dorff (Johnny Marco), Elle Fanning (Cleo), Chris Pontius (Sammy), Kristina Shannon (Bambi), Klarissa Shannon (Cindy), Lala Sloatman (Layla). Duración: 98 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color, Dolby Ditital, DTS.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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