Alicia Freilich POLITICAMOR

Puede sonar cursi pero es muy serio. Un 28 de julio, en el Aula  Magna de Caracas, siete ciudadanos  muy diferentes, de la promoción José Fabbiani Ruiz (escritor y profesor comunista) recibieron la licenciatura en Letras de manos ilustres, las del  doctor Francisco De Venanzi, primer rector de la UCV libre.

Un sacerdote, una señora  de la aristocracia, un bachiller comunistoide, una señorita católica de la clase media tradicional, una abogada luchadora, la joven pianista promisora y una hija de inmigrantes judíos polacos —quien esto escribe—  resumían la nueva diversidad concebida como ley expresa y tácita en la pionera y gran  universidad pública  que mucho sufrió la opresión militarista.

Tanta emoción ahogaba pues, al margen de las biografías personales de titulados,  profesores y  autoridades, era el primer acto de graduación en la Venezuela libre luego de una década dictatorial.

En aulas y pasillos militaba parte de la izquierda dispersa que entonces intentaba unirse en lo que pronto sería la subversión antidemocrática con guerrilla rural y terrorismo urbano. Pero esa nueva sensación de libertad plena cegaba cualquier rasgo social o político que nos definiera como distintos, adversarios y mucho menos enemigos. Sí, señor. Amor y respeto mutuos por Guillermo Sucre, Jesús Sanoja, Samuel Villegas, Rafael Cadenas y tantos otros que cursaron materias aisladas en esos años de tantos riesgos, sin preguntarnos (les) de qué color eran sus tus angelitos o su diablo.

Para entonces nos servía la caricia permitida del baile y movíamos las caderas al ritmo de Billo, aunque la letra saludara a los cadetes de  la Escuela Militar. Porque los amábamos. Eran de esos que las misias llamaban muchachos derechitos, nunca  los vimos  arrodillados frente a ningún ídolo ni portando armamento miliciano. Mientras, en los ratos especiales soñábamos el amor escuchando jazz internacional y el criollo del maestro Luis Alfonzo Larrain que pronto se haría profundo amor cabal con la creación moderna, internacional, de Aldemaro Romero, y en  algunos intervalos para apreciar la refinada música rural del compositor Juan Vicente Torrealba ya que sin distingos ni rencores, era nuestra  liga con lo puro venezolano, eso que ya en democracia sublimó el maestro Simón Díaz.

Llorando a moco tendido celebro con nostalgia y esperanza el medio siglo de aquella ceremonia  que le daba diploma a un país nuevo dispuesto a la reconciliación urgente sin  cerrar  el castigo  justo, consciente de  la responsabilidad  de cada quien  en ese  difícil  ciclo  de tránsito  que implicaba el resucitar de la civilidad, un renacer del civismo.

Que el milagro sea nacional y  se repita muy pronto.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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