Alexis Márquez Rodríguez AUTOCRÍTICA (1 y 2)

1

Con frecuencia oímos y leemos declaraciones en las que se critica acerbamente todo lo que tenga que ver con socialismo, comunismo, revolución, bolivarianismo, marxismo, etc. Así mismo se condena con vehemencia a figuras como Fidel y Raúl Castro, Marx, Lenin, Stalin, Che Guevara, junto, de manera  indiscriminada, con Hitler, Mussolini y otros. Ello es explicable, en la medida en que aquellos movimientos y estas personas son de algún modo identificables con el chavismo, y con el desastre que este ha traído a nuestro país.

Antes de la llegada de Chávez al poder no se percibía tanta virulencia en tal condena, pues aunque el pueblo venezolano, como podría decirse de todos los pueblos del mundo, ha sido siempre anticomunista, ejercía algún grado de tolerancia ante las ideologías y los movimientos sociales y políticos que preconizaban, real o aparentemente, la necesidad de una nueva sociedad, más justa y progresista. Hasta se daba muestras de cierta simpatía por movimientos revolucionarios, como los de México, la antigua Rusia, China, Guatemala, Cuba y Nicaragua. Lo cual explica, también, el entusiasmo que muchos sectores e  individualidades democráticos de nuestro país tuvieron inicialmente con Chávez y lo que él supuestamente representaba.

La realidad de los últimos once años ha revertido las cosas, y hoy mucha de esa gente que recibió con beneplácito a Chávez no pierden oportunidad de manifestar su repudio al chavismo, y a las ideologías, movimientos, países y personalidades que lo respaldan.

Entre quienes han rectificado, y hoy son los más aguerridos en su condena, hay muchos que en el pasado aún no muy lejano fueron vehementes partidarios, o al menos admiradores, del socialismo, de la Revolución Soviética, de la Revolución Cubana, de la sandinista, y de figuras como los hermanos Castro. Están en su derecho, y es justo y honesto que al descubrir el fraude del llamado Socialismo Real, manifiesten su rechazo a aquello que en el pasado admiraron. Sin embargo, creo que en muchos de ellos, la mayoría, ha hecho falta algo esencial para fundamentar sus nuevas posiciones, y para demostrar que estas son sinceras, como es la autocrítica. El alegato, o la suposición, de que en el pasado estaban engañados no es suficiente. Hace falta algo más, que explique cabalmente por qué hasta no hace mucho tiempo eran decididos defensores de aquellos movimientos políticos y sociales, y hasta militaban activamente en ellos, y hoy estos les parecen detestables.

Nada más sano que una autocrítica racional y sincera, a la hora de  romper con lo que en el pasado se creyó, y luego dejó de ser creíble.

2

La autocrítica siempre es necesaria. Sobre todo en el caso de gente que en un momento dado estuvo a favor de un líder o de un movimiento, partido o tendencia ideológica, y posteriormente rompe con todo ello y se va con otros. En esos casos es obvia la necesidad de una explicación autocrítica y convincente de las razones para el cambio. De otra manera se podría ser sospechoso de oportunismo.

Pero quienes cambian de parecer suelen rechazar la autocrítica, y, o no la practican, o simulan una hipocritona y nada creíble. Los cambios de opinión, sobre todo si son radicales, suponen que antes se estuvo equivocado, y es esta equivocación, precisamente, lo que hay que explicar para que se entienda la nueva posición.

El recientemente fallecido Jorge Semprún, notable escritor y exdirigente del partido comunista español, del cual fue expulsado en 1964, en su estupendo libro Autobiografía de Federico Sánchez describe muy bien esta actitud, con la autoridad que le confiere ser él mismo un riguroso autocrítico. Allí dice: “…hay que asumir lo que uno ha sido. (…) Y yo he sido un intelectual estalinizado. Hay que saber que lo he sido y tengo que explicar por qué lo he sido. Sería muy fácil olvidarse de su propio pasado, desmemorizarse, como suelen hacer nuestros Pequeños Timoneles locales y vernáculos. Sería demasiado fácil. No me olvido de mi propio pasado”.

Entre quienes adversan a Chávez y el chavismo los más aguerridos suelen ser algunos que antes fueron de izquierda y partidarios o militantes del socialismo y del comunismo, y dejaron de serlo cuando advirtieron el fracaso del llamado “socialismo real” y la grotesca deformación que del marxismo y del socialismo hicieron en la desaparecida Unión Soviética, alargada a los países de Europa oriental cuando el ejército soviético impuso en ellos regímenes al estilo bolchevique.

Sorprende ese lenguaje estridentemente condenatorio de lo que se supone hay en el chavismo de aquello en lo cual se creyó. Pareciera un lenguaje dirigido a hacer ver que nunca se estuvo del lado de los líderes y de los movimientos que hoy Chávez y los chavistas pretenden asumir como sus antecedentes. ¿No sería más honesto reconocer que se estuvo equivocado, y que la realidad hizo ver el drama de la propia equivocación? ¿Y no sería, también, más honesto utilizar en la lucha contra el chavismo un lenguaje menos virulento, sin la agresividad con que en el pasado se defendió lo que hoy, con toda razón, se repudia? Ello en nada haría la lucha menos contundente, y mas bien permitiría ser, en esa lucha, mucho más profundo, y por tanto más efectivo, sin la superficialidad que con el lenguaje estridente suele disimularse.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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