Fernando Mires HIGH NOON (A LA HORA SEÑALADA)*

Gary Cooper en su más grande actuación.

Creo que fue esa —una tranquila noche de agosto del 2011— la millonésima vez de mi vida en que me senté frente a la pantalla para ver de nuevo la película High Noon conocida en América Latina como A la hora señalada y en España como Solo frente al peligro. Razón de más para que me preguntara por qué lo hacía.

¿Cuál es la razón que explica, dígame usted señor, por qué hay pinturas que nos incitan a volver a contemplarlas, melodías que siempre escuchamos aún sin oírlas, poemas que recitamos en silencio, y en este caso, películas que volvemos a ver sin nunca cansarnos? Probablemente los autores de tales creaciones jamás imaginaron que las suyas iban a ser obras trascendentes. Estoy por pensar que casi nunca los grandes creadores saben lo que hacen y aún hoy, cuando vuelvo a leer los motivos muy superficiales aducidos por su director Fred Zinnemann, estoy convencido de que él nunca se dio cuenta de las razones que llevaron a que esa película tan anciana siga viviendo. Probablemente Leonardo —dicho salvando las distancias— nunca supo tampoco las razones por las cuales la sonrisa de la Gioconda iba a pasar a la inmortalidad. Tal vez la pintó creyendo de que se trataba de otra mujer, de las cientos que durante su vida posaban frente a su siempre indiferente mirada.

High Noon en cualquier caso no fue concebida —a pesar de serlo— como “obra maestra”. Por de pronto no debe haber sido demasiado costosa. A la casi niña Grace Kelly no la conocía nadie en ese tiempo (1952). Gary Cooper transitaba hacia el otoño de su gran carrera y probablemente había llegado el tiempo en que comienzan a escasear las ofertas. Y a Kati Jurado, al ser mexicana, no le deben haber pagado demasiado dinero. Los demás actores eran casi todos del montón. En fin, un western como tantos otros de los años cincuenta, debe haber pensado el mismo Fred Zinnemann.

El argumento

El argumento del western es sobradamente conocido. Will Kane (Gary Cooper) decide poner fin a su larga carrera de sheriff, contraer matrimonio con la muy joven cuáquera Amy (Grace Kelly), abandonar el poblado de Hadleywille y dedicar el resto de su vida a los negocios. Pero justo antes de abandonar el pueblo irrumpe la noticia de que el criminal Frank Miller, quien años atrás había sido enviado a prisión por Kane, ha sido liberado y regresará a ajustar cuentas con el sheriff para después hacerse dueño de los destinos del pueblo. Los amigos de Kane, al igual que Amy, lo inducen a abandonar cuanto antes el lugar. Kane lo hace —al fin y al cabo ya había renunciado a su puesto de sheriff— pero en el camino detiene de pronto el coche y ante el justificado espanto de la joven Amy, decide regresar. Ya de regreso, la linda Amy, fiel a sus pacifistas creencias, decide abandonarlo y viajar en el mismo tren en el cual iba a llegar el forajido Frank Miller “a la hora señalada”, a pleno sol (High Noon). Allí lo esperaban tres feroces bandidos: Ben (hermano de Frank), Pierce y Celby.

Will Kane, a sabiendas de no estar en condiciones para enfrentar solo a cuatro eximios pistoleros, solicita ayuda a sus amigos quienes, uno por uno, se la niegan. Incluso su asistente Harvey Pell (Lloyd Bridges) renuncia al cargo de sheriff que ocupaba transitoriamente. Solamente recibe apoyo de un borrachín cansado de la vida, de un niño que no sabía disparar y de su ex amante Helen Ramirez, a la vez ex amante del bandido Frank y amante actual de Harvey. Helen, además de amante tripartita, era propietaria del salón (¿?) del lugar. Naturalmente Will rechaza esas tres inservibles ayudas no quedando otra alternativa que enfrentar solo a los forajidos. Helen, ante el peligro que se avecina, decide vender el salón y huir del pueblo en el mismo tren en el que iba a viajar Amy. Pero Amy, al escuchar disparos justo en el momento en que el tren estaba a punto de partir, optó por regresar y ponerse al lado de su marido. En contra de los rígidos mandatos de su religión, Amy liquidó de un solo balazo a un pistolero y colaboró en la ejecución del malvado Frank. Habiendo sido vencidos los bandidos, los habitantes del pueblo abandonaron como ratas sus escondrijos. Entonces, en una escena grandiosa, Kane arranca la estrella de sheriff de su pecho y la arroja al suelo. La película termina cuando Kane y Amy abandonan el pueblo, mientras escuchamos Do Not Forsake Me, esa pegajosa canción que Frankie Laine hizo tan popular durante los años cincuenta (en la película es interpretada por Tex Ritter). La melodía de Dimitri Tiomkin —va y viene— sirve de fondo musical durante todo el transcurso de la película.

¿Qué “dice” High Noon?

El argumento no es gran cosa. Hay muchas películas similares y en ellas, además de Gary Cooper, lucieron John Wayne, Glenn Ford, Burt Lancaster, Henry Fonda, y tantos otros héroes que nunca olvidaré. La pregunta que debo responder es entonces: ¿por qué veo High Noon tantas veces? La respuesta me la dio un pintor que nunca en su vida ha cesado de mirar a la Gioconda. Cuando le pregunté por qué lo hacía me dijo: “Porque cada vez que la miro me sonríe de un modo diferente”. A mí me sucede lo mismo con High Noon. Cada vez que la veo me “dice” algo diferente.

No recuerdo cuando vi High Noon por primera vez. Pero sí recuerdo que lo que más me gustaba de esa película en mi primera juventud —aparte de que estaba perdidamente enamorado de Grace Kelly— era la valentía del sheriff Will Kane. Pues para enfrentar solo a cuatro de los más famosos pistoleros del Oeste, hay que tener cojones. ¿O no?

Más adelante, iniciado en la fase adulta de mi vida, lo que más me gustaba de la película —aparte de Katy Jurado: una mujeraza: los gustos cambian— fue la inteligencia demostrada por Will para derrotar a los pistoleros. Sabiéndose solo, en lugar de atacarlos de frente, los acosó desde los costados en el mejor estilo guerrillero, como si hubiera estado siguiendo las recetas de Mao y Che Guevara.

Entrando a esa fase de la vida que llaman “madurez” —como si uno fuera una fruta— y cuando uno ya no se enamora de las estrellas de cine sino de especies más cercanas, prosaicas y tangibles, lo que más me impresionó del sheriff Kane fue su integridad moral. Aún estando solo, casi seguro de que iba a morir (incluso escribió su testamento), no echó pie atrás, manteniendo hasta el final la fidelidad a sus principios. Admirable.

¿Y qué me dijo la película la última vez que la vi, hace unos pocos días? Viviendo ya una edad en donde lo que más importa son los recuerdos y los recuentos (o los descuentos), descubrí que lo que esta vez más me impresionaba del sheriff Kane era su profundo sentido político ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Lamentablemente estoy jubilado; de otra manera habría propuesto un seminario de teoría política exclusivamente dedicado a analizar la dimensión política de High Noon. No importa. Lo haré en mi próxima vida.

Un film profundamente político

La politicidad del film surge desde el momento en que Will Kane detuvo el coche para regresar al pueblo. Ahí nos enteramos de que la polémica consigo mismo la había arrastrado el sheriff a lo largo del camino. Más allá de los argumentos internos que circulaban en su conciencia, lo concreto es que en el hombre triunfó la “razón de la polis” por sobre otras consideraciones de índole privada. La polis, su polis, estaba en peligro y él la había abandonado. Pero Amy no pensaba así, y sus razones eran muy contundentes. Recién casados, prontos a iniciar una nueva vida, prestos a fundar una familia, Will decide en un par de minutos echar todo por la borda, arriesgar su vida y convertir a su esposa en prematura viuda. ¿Quién de los dos tenía razón? Mi opinión es que ambos y ninguno a la vez.

Desde el punto de vista de la razón doméstica, Amy tenía toda la razón del mundo. Pero desde el punto de vista político, es decir, de acuerdo a la lógica de la polis, la razón no podía sino tenerla Will quien como sheriff no sólo había sido un miembro de la polis sino, además, su defensor armado. Will Kane era, en fin, un hombre polí-tico en el exacto sentido de la palabra. Como tal, pensaba que la razón doméstica, si no la suya, la de los habitantes del pueblo, dependía de la razón política. Frank Miller volvía efectivamente a tiranizar la ciudad para convertir a sus habitantes en vasallos. A destruir la vida pública y con ello la vida privada de los ciudadanos. De tal modo Will Kane regresó al pueblo no para ejecutar un acto de heroísmo —el mismo lo dijo: estaba casi muerto de miedo— sino para defender la integridad política de la polis.

Que Will Kane no era un héroe se deja ver en el hecho de que lo primero que intentó fue pedir ayuda. Como el político que era, sabía que para conseguir un objetivo, aunque este fuera militar, tenía que tener detrás de sí no sólo a la mayoría pasiva —de hecho, la tenía— sino a la activa. A fin de alcanzar ese objetivo interpeló a los tres puntos vitales de la polis: a la justicia (legalidad y legitimidad), al pueblo (soberanía) y a la religión (la tradición).

Cuando Will fue a visitar al juez, éste ya había decidido poner los pies en polvorosa. Sin el juez presente, la legalidad y la legitimidad de la defensa recaían en la persona del sheriff. De modo que Will decidió dirigirse al pueblo soberano —una hora antes de las doce en un día Domingo— reunido en dos puntos de concentración: el bar y la iglesia. Primero fue al bar. Allí tuvo Will su primera gran desilusión.

Los asiduos del bar, en su mayoría miembros del “bajo pueblo”, no sólo negaron la ayuda requerida; además no ocultaron sus deseos de que Frank Miller regresara a ocupar un poder erigido fuera de todo orden y toda ley. Bajo la tiranía de Miller, el alcohol había corrido a raudales, la violación de las mujeres era acto cotidiano; las casas de juego florecían por doquier. Frank Miller regresaba a imponer el caos por sobre el orden, la fuerza bruta por sobre la justicia, el libre arbitrio por sobre la ley, en fin, a liberar los bajos instintos de sus ataduras morales y legales.

La dominación de Frank Miller —lo comprobó Will— no se basaba sólo en las armas sino, además, en el inapelable apoyo de la chusma, esa barbarie interna que cada ciudad cobija. Por lo tanto, Frank Miller, como casi todo dictador era, además, un eximio populista. Esa fue la amarga verdad que tuvo que tragarse el sheriff al hacer abandono del local, insultado entre risotadas por los presentes. De ahí que decidió recurrir al apoyo de la población “decente”, a esa misma hora congregada en la iglesia (evangélica). Ahí su desilusión fue mayor.

Al entrar a la iglesia, el venerable Pastor no tuvo otra ocurrencia que reconvenirlo por no haber asistido durante tanto tiempo al servicio religioso. Palabras muy impertinentes pues todo el mundo sabía que Will estaba casado con una mujer cuáquera, lo que era su derecho. Como buen político, Will dejó pasar la reconvención y se dirigió a los fieles pidiendo colaboración para enfrentar a Frank y a sus secuaces. Los fieles entonces enviaron a los niños fuera de la iglesia —algún tiempo atrás habrían echado también a las mujeres— para iniciar un debate público. La discusión fue intensa y cien por ciento ciudadana. A quienes insistan como yo en ver de nuevo High Noon les recomiendo seguir ese debate con muchísima atención.

La verdad es que sería muy fácil para mí tomar partido rápidamente por Will Kane. No obstante, debo confesar que ciertos argumentos de los ciudadanos fueron sólidos y bien fundados. Algunos, por cierto, fueron mezquinos. Una mujer, la única que habló, tomó partido abierto por Kane. El discurso de uno de los notables fue desde un punto de vista retórico- hay que reconocerlo- brillante. Para no reproducirlo me limitaré a resumir sus puntos principales. Esos fueron los siguientes:

La ciudad de Hadleywille (no dijo pueblo, aunque era un pueblucho) reconocía los favores prestados por Will Kane. Recordó además los tiempos horribles cuando la ciudad vivió bajo la dictadura de Frank Miller

Hadleywille estaba a punto de convertirse en una gran ciudad, gracias sobre todo a los servicios prestados por el sheriff Will Kane. Pero por eso no parecía conveniente arriesgar las vidas en un tiroteo que lo único que podía traer consigo era un desprestigio frente al gobierno central.

La ciudad pedía a Will Kane que salvara su valiosa vida, y se retirara a vivir a otra parte ante el reconocimiento general.

Digno es destacar que el notable ciudadano no dijo una sola palabra acerca de como se las iban a arreglar en el futuro con la dictadura de Frank Miller y su banda, por lo que sólo cabe deducir que, a cambio de conservar sus negocios, los ciudadanos estaban dispuestos a capitular frente a la opresión.

Como era de esperarse, los ciudadanos pidieron al Pastor que desde su punto de vista religioso dijera las últimas palabras. El Pastor —representante de un cristianismo formalizado, mas no espiritual— salió del paso citando el mandamiento: “no matarás”.

Will Kane se dio cuenta en esos momentos que ya no había nada que decir. El pueblo aterrado, como en otras situaciones históricas que no quisiera aquí mencionar, llamado a elegir entre la libertad y la tiranía, eligió la tiranía. Como el ciudadano político que era, Will Kane tomó nota de la decisión popular, pero también reconoció su derecho a ejercer la oposición. Sin insultar a nadie, sin siquiera replicar, se retiró respetuosamente del recinto para practicar el último resquicio legal que le garantizaba la Constitución: el derecho a la desobediencia civil.

En la Iglesia había tenido lugar una discusión democrática entre tres “partidos”. Uno era el partido del comercio y de la economía, representado por la mayoría del pueblo. Otro era el partido de la moral y de la tradición, representado por el Pastor. El tercer partido era el de la libertad representado por Will Kane y la anónima mujer que tuvo la osadía de apoyarlo. Como suele ocurrir, el partido de la libertad estaba en absoluta minoría.

Will Kane tomó entonces la decisión de enfrentar solo al Mal. No tenía otra alternativa. Cierto es que ya no era sheriff, pero el mismo ya lo había dicho: “Con la estrella (de sheriff) o sin la estrella yo soy el mismo”. ¿Podía como ciudadano aceptar que la polis fuese arrasada por una tropa de cuatreros des-almados (sin alma) enemigos de toda ley? ¿Podía como persona religiosa aceptar el triunfo del mal por sobre el bien? ¿Podía como persona privada convivir consigo dividido entre dos voces, una diciéndole: “salvaste tu pelllejo” y otra respondiendo: “traicionandote a ti mismo”?

Will Kane, desde su punto de vista político, no tenía más alternativa que enfrentar a Frank Miller y los suyos, aún al precio de su propia vida. En ese momento Will reconoció, sin haber leído jamás a Platón, ese principio socrático que dice: “más vale morir solo y abandonado en la verdad, que convivir con los demás en la mentira”.

Lo filosófico, lo teológico y lo político

Detrás de la decisión política de Will Kane hay una inocultable dimensión filosófica. Para él, la política no era el lugar del pensamiento sino de la acción, pero a la vez es imposible imaginar una política sin un pensamiento que la preceda. Ahí reside precisamente la enorme importancia para-política de la filosofía. Ese pensamiento filosófico –redundancia intencionada: no hay pensamiento que no sea filosófico- adquiere en las decisiones del sheriff una dimensión existencial, es decir, ellas fueron tomadas mirando de frente a los ojos vacíos de la muerte. De tal modo, si alguien al leer a Heidegger (segunda sección de “Ser y Tiempo”) no ha entendido el sentido de ese “ser que avanza a través del tiempo en dirección a la muerte”, vale decir, “ese ser que va siendo, sabiendo y conociendo la posibilidad de su no-ser”, lleva -en circunstancias límites como eran las que estaba viviendo Will- a encontrar el exacto sentido de la vida, o lo que es lo mismo: a saber y evaluar con cierta precisión aquello por lo cual vale la pena vivir y aquello por lo cual vale la pena morir.

La muerte de Will Kane estaba anunciada a partir de las 12 en punto: a pleno sol. Como los condenados a muerte, o como quienes viven con el anuncio de una enfermedad terminal, a Will le fue anunciada su finitud, algo que todos sabemos, aunque casi nunca a plazo fijo. En cierto sentido el actor principal de la película es un reloj de pared en representación de ese tiempo que a medida que avanza —o mejor dicho, a medida que el sheriff avanza en el tiempo— refuerza la decisión de vivir en Will, decisión que sólo puede asumir derrotando a la muerte eliminando a sus heraldos, que al fin eso eran Frank y sus bandidos.

Pero la confrontación con la presencia de la muerte no sólo forma parte del patrimonio de la filosofía existencial. Ese es también el sentido íntimo de cada religión, y en el caso de High Noon, es parte de ese trasfondo inconsciente de la vida política norteamericana que es el cristianismo. Y he escrito “inconsciente” porque ni al director Fred Zinnemann ni al guionista, Carl Forenam —ambos judíos, agnósticos, e incluso socialistas— es posible suponerles intenciones catequizadoras cristianas. Y, sin embargo, no sólo de un modo inconsciente sino además latente, la historia neo-testamentaria, sobre todo la que relata la pasión del nazareno, asoma de modo persistente en el film.

Pienso incluso que esa plataforma cristiana inconsciente y latente donde fue edificada la película es la razón principal que explica su tremendo éxito taquillero. En efecto, High Noon alude al inconsciente religioso de miles de ciudadanos, sean estos religiosos o ateos.

Por de pronto, el sheriff Kane es un “salvador” (redentor), y lo es hasta el punto de ofrecer su vida por amor al prójimo. Y tal como ocurrió en el relato de los evangelistas sinópticos, quienes primero siguieron al nazareno fueron los simples de espíritu, en este caso, un niño y un borrachín. Del mismo modo, quienes le fueron fieles hasta el último eran mujeres. Como ocurrió con las tres Marías —María la virgen, María la de Magdala y la “otra María”— Amy, Helen y la mujer anónima de la iglesia, señalan a Will que a pesar de todo él no estaba solo en este mundo.

Quién más se aproxima al ideal mariano es sin duda Amy, religiosa y fundamentalista hasta el exceso, pero portadora de un amor sin límites. Helen, a su vez, con sus caderas anchas, con sus ojos de carbón encendido y su orgullo de puta altiva, es la Magdalena redimida por la pasión del sheriff Kane. La mujer anónima de la iglesia es, por su parte, un grito milenario que surge desde el fondo del pueblo frente a la maldad que anuncia la llegada de los bandidos quienes —como ocurre siempre con las tropas invasoras— harán de las mujeres sus primeros botines de guerra.

¿Y no es asombrosa analogía la entrada de Will “el salvador” al templo (en este caso una iglesia evangélica) enfrentado a un sacerdote que como ya ocurrió puso la ley por sobre el amor, la letra del mandamiento por sobre su espíritu, la religión por sobre la fe? ¿Y no argumentaron los ciudadanos como los mercaderes del templo al situar sus intereses económicos por sobre toda otra razón? Pero todavía más: ¿no fue abandonado Will Kane por los mismos que ayer lo aclamaban?

Las similitudes y las analogías entre el cristianismo originario y las escenas fílmicas son muchas como para pasarlas por alto. Pero dejémoslas hasta aquí, pues también hay una diferencia radical entre la pasión del sheriff y la del redentor judío. Y es ésta: Will Kane no era portador de ningún mensaje, ni profético, ni utópico ni religioso. Esa es la razón por la cual hemos definido al sheriff como un ser esencialmente político. Su reino no es de este mundo, pero tampoco del otro. Su pasión comienza en la lucha en contra del mal, pero también termina ahí. La suya es una lucha de resistencia. Nada más.

El amor y la muerte

Al final, gracias a la ayuda de Amy, Will Kane liquidó a Frank Miller y a su banda.

Amy, la bella Amy, es la gran heroína de High Noon. No sólo luchó por amor junto a su hombre sino también en contra de sí misma. Puesta frente al dilema de seguir la estática letra bíblica o eliminar a los representantes del mal, optó por la última alternativa. Su reacción fue moral. Pero no fue la reacción que surge de una moral y de una religión ritualizadas, sino de una decisión que no precisa de ninguna reflexión ni lectura previa. Matar al malvado fue para ella —aunque parezca contradicción— un acto de amor. En una fracción de segundo, Amy “supo” que la opción por el amor no tiene sentido sin combatir a los representantes del odio, y que el bien sólo puede crecer en su lucha —a veces a muerte— en contra del mal. De modo que quien no ha entendido el mensaje paulino que dice: “el amor es más fuerte que la muerte” haría bien en mirar las escenas finales de “High Noon”.

El film termina cuando los ciudadanos del pueblo salen de sus madrigueras y rodean con admiración a Will Kane. El sheriff los contempló con despreció y arrojó la estrella de la justicia al suelo. Yo he visto muchas veces esa escena y nunca me he cansado de leer en los ojos de Gary Cooper las palabras que no pronunció al desprenderse de la estrella de sheriff. ¿Qué dijeron esas palabras nunca pronunciadas? Algo muy simple; esas palabras dijeron:

– “Métansela por ahí mismo”

Escuchar: Do Not Forsake Me (la canción de High Noon)

* Publicado en http://polisfmires.blogspot.com/

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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