Pablo Gamba “LOS VIAJES DEL VIENTO”: UNA LEYENDA SUTIL

Hay un marcado contraste entre dos de las imágenes principales de Los viajes del viento de Ciro Guerra (2009), que se exhibe tardíamente en Caracas como parte del Festival de Cine Latinoamericano. Una es casi un signo más que un símbolo por su claridad: el instrumento con cuernos de la leyenda del acordeón del diablo, que cuenta que fue tomado por primera vez por Pacho Rada a los cuatro años de edad, y nunca lo pudo dejar. Parece una caricatura sacada de una película como Delicatessen de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro (1991), al igual que el personaje del Hombre de la Silla de La sombra del caminante (2004), la opera prima del realizador. La otra imagen es sutil. No se capta de inmediato su sentido sino que invita a detenerse a contemplar y a meditar. Es la sombra fugaz que crean las nubes a su paso sobre la tierra, arrastradas por la brisa. Tiene como correlato el fuerte ruido del viento al golpear contra el micrófono, y contrasta también eso con la música endiablada del acordeón.

Ambas imágenes son metáforas del destino. Una representa el estar sujeto a él como por obra de un pacto diabólico, con la única posibilidad de liberarse devolviendo el acordeón a la persona que quizás también intentó zafarse de la maldición entregándolo. La otra el dejarse llevar de un lugar a otro por la vida. El viaje que emprende el acordeonista Ignacio Carrillo, el protagonista, luego de la muerte de su esposa, es el de una búsqueda de sí mismo entre esas dos posibilidades: lo que ha sido escrito para siempre y lo que es como llevado por el viento. Fermín Morales, el muchacho que aparece en el campo siguiéndolo, también se busca a sí mismo en el recorrido que emprende tras el acordeonista endemoniado. El espectador del filme ha de participar igualmente en una búsqueda para poder hallar una verdad sobre sí mismo, en el sentido de un relato con el que se intenta llegar al fondo de lo que se ve y lo que se cuenta, y no a un desenlace como el que se espera que tenga una narración convencional.

La búsqueda de la película se abre a otras dimensiones inquietantes. La más espectacular es la de la relación entre el destino humano y la cautivadora inmensidad de la geografía. Los viajes del viento es también una película sobre la costa del Caribe y la Guajira en Colombia, fotografiada en un Super 35 que contrasta con la degradada grabación en video en blanco y negro de la Bogotá miserable de La sombra del caminante. El misterio de la música es también el de la tierra y el de la insignificancia del hombre en el paisaje. También una pregunta acerca de cuál es el lugar que le corresponde, que para el realizador no es la ciudad.

La relación de la persona individual y la cultura en el filme es otra interrogante sobre el destino del artista. El acordeón, dice un personaje, es un instrumento solitario. Se basta a sí mismo aunque se toque con acompañamiento, pero su música fue creada por un pueblo de blancos, negros e indígenas, y eso aparece en la película. La posesión diabólica que se atribuye al virtuoso del acordeón es la maldición del solista, que se deshumaniza en su búsqueda individual de una perfección sobrehumana en la música. Es un embrujo que persigue a los ejecutantes de habilidad prodigiosa como Paganini, que los marca como endemoniados y los excluye del común de la misma gente a la que hechizan con su arte.

La trama de Los viajes del viento se sostiene sobre la base de la tensión de opuestos entre la direccionalidad del viaje de Ignacio Carrillo, que se encamina hacia el encuentro con el anterior dueño del acordeón, y todo aquello que rodea el recorrido e invita a detenerse y dispersarse en la reflexión y en la contemplación. Una tensión similar da entre la estructura de road movie en burro y a pie, y las pausas en las que se convierte en un musical sobre el vallenato, sus duelos de acordeonistas y la posibilidad que tiene el músico de conmover al público hasta hacerlo enmudecer, aunque con ello no gane premios en los concursos.

De esa manera Guerra construye una película que no arrastra al espectador sino que lo lleva delicadamente de la mano, y de vez en cuando lo suelta para que se entretenga con el placer de ver, escuchar y meditar, y luego siga su camino junto con los personajes. En eso el arte del cineasta se distingue del de Ignacio Carrillo, que se posesiona del ejecutante para que pueda a su vez embrujar al público. La fuerza expresada en la metáfora del viento también lo expande y lo eleva hasta la altura que requiere la consideración del arraigo en lo popular y en la realidad del mundo, tal como sólo pueden considerados honestamente: como problema.

LOS VIAJES DEL VIENTO, Colombia-Alemania-Argentina-Holanda, 2009. Dirección y guión: Ciro Guerra. Producción: Diana Bustamante. Diseño de producción: Angélica Pereda. Fotografía: Paulo Andrés Pérez. Montaje: Iván Wild. Sonido: Ranko Paukovic. Música: Iván Ocampo. Elenco: Marciano Martínez (Ignacio Carrillo), Yull Núñez (Fermín Morales), Agustín Nieves (Ninz), José Luis Torres (Mello), Carmen Molina (tendera), Erminia Martínez (mujer guajira), Justo Valdez (Batata), Juan Bautista Martínez (marimbero mayor). Duración: 117 minutos. Formato: Super 35 mm exhibido en 35 mm anamórfico, 2,35:1, color, Dolby Digital.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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