Trino Márquez PARADOJAS DE UNA HECATOMBE

A partir de los atentados a las Torres Gemelas el mundo occidental comenzó a enterarse con detalles de una dimensión del Islam que le era casi totalmente desconocida: Al Qaeda, los talibanes, las madrazas, la yihad, los fedayines, el fundamentalismo islámico, el fanatismo religioso como arma de guerra e instrumento de venganza. El choque de civilizaciones anunciado por Huntington se hizo patente de forma dramática e inesperada.

Lo que conocíamos de los grupos políticos cerrados y de las sociedades totalitarias provenía fundamentalmente de los países comunistas, colapsados una década antes, de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Podríamos agregar en la lista a la China de Mao, a Corea del Norte y a Cuba. Del totalitarismo teocrático nos habíamos enterado por lo que ocurría en Irán luego de la revolución liderada por los ayatolas, y por las noticias —dispersas e insólitas— que se filtraban del Afganistán dominado por el oscurantismo talibán, luego de la retirada de los rusos a finales de la década de los ochenta del siglo pasado. Era ese un mundo lejano que no ponía en peligro a la democracia liberal ni a la economía de mercado, símbolos del fin de la historia previsto por Fukuyama.

En medio del optimismo provocado por el desplome de la Unión Soviética y del socialismo, en general, se produjeron los ataques del 11-S, expresión de un antinorteamericanismo rabioso y, más allá, de los valores más arcaicos y conservadores opuestos a las sociedades abiertas. Osama bin Laden y el grupo de fanáticos suicidas que cumplió sus órdenes en esa orgía destructiva, al acabar con el World Trade Center atacaron algunos de los principios básicos sobre los que se levanta el sistema democrático: la sociedad plural, la libertad de pensamiento, el Estados laico, la separación entre el Estado y la religión. A la democracia, hasta ese momento desprevenida, le montaron una emboscada, al punto que los terroristas se habían adiestrado en academias norteamericanas. El fundamentalismo escogió para demoler, el símbolo más conspicuo del progreso. Demostraban así su desprecio por la modernidad. Occidente de pronto se vio sacudido por un evento que nadie pudo prever, ni siquiera imaginar.

Diez años después de la hecatombe, el integrismo, aunque golpeado y arrinconado a espacios reducidos, continúa su labor letal. El peor enemigo de esa forma bárbara de pensar y actuar, sin embargo, no se encuentra en los misiles y soldados estadounidenses, sino en la oleada de jóvenes del Oriente Medio y del Magreb decididos a luchar, hasta el martirio, por acabar con tiranías sanguinarias e ineptas, y con grupos confesionales que empobrecen el cuerpo y encarcelan el espíritu. Moisés Naím tiene razón: el extremismo religioso no es alternativa para esa gente sumida en el desempleo y la miseria. Esas masas sin porvenir buscan vivir con un mínimo de confort y sin ser castigados de forma cruel por pensar diferente o profesar un credo distinto al que impone una casta religiosa dogmática y déspota. Ni el fanatismo demencial, ni al antioccidentalismo de Al Qaeda han logrado cautivar a las mayorías juveniles de los países de la región. Esa organización, muy golpeada y penetrada por los organismos de seguridad, es una partícula minúscula, aunque muy dañina, del espectro político. Su discurso basado en el odio ha venido quedando aislado.

Pero, de los terribles acontecimientos del 11-S surgió una paradoja: se aprecia el fortalecimiento, precisamente en Norteamérica, de grupos como el Tea Party, semejantes —salvando las enormes distancias que los separan— a Al Qaeda. Esta similitud, también apuntada por Naím, reside en la intransigencia de sus líderes. Esta obcecación deberán enfrentarla sin titubeos los demócratas. En política, cuando aparece el radicalismo, se extingue la cualidad básica de su arte: la capacidad de dialogar, conciliar y llegar a acuerdos duraderos con los otros. La concertación es sustituida por la imposición y la hegemonía. El competidor es asumido como enemigo. Esta precisamente es la praxis de esa corriente del Parido Republicano, erizada frente a Obama y dispuesta, producto de su ceguera, a poner en riesgo los fundamentos de la democracia en la que pensaron los padres fundadores: Washington, Jefferson, Hamilton, Madison.

El mayor reconocimiento póstumo que los estadounidenses podrían brindarles a bin Laden y a su banda de asesinos, sería recrear en la política interna el esquema intemperante característico del fanatismo.

@tmarquezc

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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