Pablo Gamba CONTEMPLACIÓN Y COMPROMISO

La ópera prima del colombiano Óscar Ruiz Navia se mueve entre dos posiciones.

El vuelco del cangrejo de Óscar Ruiz Navia (2009), ganadora del premio de la Fipresci en el Forum del Festival de Berlín en 2010, entre otras distinciones, y que se exhibe en el Festival de Cine Latinoamericano, es una película colombiana en la que están planteados problemas éticos como los de Agarrando pueblo (1977), que se ha convertido en un clásico del cine latinoamericano. El estilo contemplativo, que ha devenido en fórmula comercial que abre las puertas al circuito de los certámenes internacionales, intenta ser combinado en el filme con la tradición de compromiso del cine que se ha hecho en América Latina sobre los problemas sociales y políticos. No es una crítica brutal como la que Luis Ospina y Carlos Mayolo hicieron del negocio de la pornomiseria en su corto, pero sí una interrogante sobre el tipo de verdad que puede hallarse en la contemplación de los que tienen una vida que se califica de simple, y se les atribuye un contacto con la naturaleza que se ha perdido con el progreso.

La forma como el cine mira al pueblo es análoga en el filme a la del protagonista, un forastero blanco que llega a la localidad de habitantes negros de La Barra, en la costa del Pacífico de Colombia. Está de paso, con la intención manifiesta de partir en lancha a no se sabe dónde ni por qué. Pero en el entretanto permanece en la comunidad como un observador que va descubriendo problemas e interesándose por quienes los padecen, aunque esté al margen de lo que ocurre y no pueda hacer nada para solucionarlos. El suyo no es un descubrimiento de verdades esenciales de la vida, como le sucede al protagonista de Japón de Carlos Reygadas (2002), por ejemplo. La verdad que se revela es existencial y metafísica en la medida en que conduce a un compromiso moral con una realidad que les da la razón a unos en su enfrentamiento contra otros. Y a la vez marca la distancia: esa lucha es la de esos otros.

Pero el espectador llega a saber más que el protagonista y también cosas de las que parecen no percatarse algunos habitantes de La Barra, aunque son el núcleo de sus problemas. Como contrapartida hay una secuencia en la que el viejo y sabio Cerebro le dice al forastero que observe un animal que se escucha en el manglar. “La verdad es que usted está como ciego”, es más o menos lo que le dice cuando Daniel le confiesa que no ve nada. Tampoco lo muestra la cámara, lo que es una manera de reconocer su incapacidad de llegar hasta el fondo de todas las cosas relativas a la vida sencilla de los habitantes del pueblo, y a su conocimiento de la naturaleza. No obstante, hay otras realidades en las que sí se alcanza a ahondar lo necesario.

Planos de noticias sobre el conflicto armado como se ve en la televisión, los anuncios de la emisora de la Armada, una canción sobre Carlos Castaño y el paso de un grupo de militares por la playa contextualizan la pequeña historia de El vuelco del cangrejo en el problema general de la violencia en Colombia. La simetría del enfrentamiento por la propiedad privada o colectiva de la playa entre dos personajes que se dedican a dar hospedaje subraya que la película es también una representación del conflicto, a través de la ficción del cine. Algo similar ocurre en los planos fijos de lugares vacíos en los que entran los personajes: aparecen de la nada, como para dejar claro que se los ha inventado. El cine forastero de El vuelco del cangrejo, que está de paso por La Barra al igual que el protagonista, precisa así el alcance de su compromiso: llevar al público a reconocer la necesidad de cambiar las cosas, sin dejar de hacerle recordar que lo que ha visto es una historia imaginaria, que se ha enterado de los problemas en calidad de espectador, y que quizás por ello es capaz también de saber cosas de las que no se dan cuenta los que están allí. Para pasar a la acción debe encontrar su lugar.

EL VUELCO DEL CANGREJO. Colombia-Francia, 2009. Dirección y guión: Óscar Ruiz Navia. Producción: Óscar Ruiz Navia, Diana Bustamente, Guillaume de Seille, Gerylee Polanco. Fotografía: Sofía Oggioni Hatty, Andrés Pineda. Montaje: Felipe Guerrero. Sonido: Miguel Vargas, Isabel Torres, Fréderic Thery. Elenco: Rodrigo Vélez (Daniel), Arnobio Salazar Rivas “Cerebro” (Cerebro), Jaime Andrés Castaño (Paisa), Yisela Álvarez (Lucía), Karent Hinestroza (Jazmín), Miguel Valoy (Miguel), Israel Rivas (Israel).

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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