Un cuento chino LA VIDA A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Dos seres separados por la lengua y la cultura y unidos por la necesidad de afecto.

Toda una sorpresa ha resultado esta película sobre los pequeños seres de la cotidianidad que viven situaciones extraordinarias. Se ha convertido en un auténtico éxito de público en Argentina. Tiene todos los elementos para conectarse con el espectador de manera muy emocional. Una historia con tintes insólitos, un buen diseño de personajes en busca de amor y protección, una producción impecable, una dirección atenta a los detalles y al conjunto de las relaciones humanas y, cómo no, a varias actuaciones descollantes, con Ricardo Darín a la cabeza. Sí, damas y caballeros, el cine argentino avanza.

El tercer largometraje del porteño Sebastián Borensztein delata cierta afición por las pequeñas historias que se convierten en extraordinarias, como dije antes. Sobre todo porque él también escribió el guión a partir de una noticia perdida en el periódico. La película abre con una escena insólita en un remoto lugar de China (que no pienso decirles) y de inmediato se traslada al sencillo acto de contar las piezas que debe contener una caja cualquiera en una ferretería de barrio en Buenos Aires. Quien ejecuta esa labor obsesiva es Roberto, huraño, quisquilloso, obsesionado por el amor a una madre que murió cuando lo dio a luz. Es un solitario que se niega el placer del amor y que vive repitiendo cada día los mismos actos, con los mismos gestos, protegiéndose del mundo exterior. Ese mismo ser humano se topa accidentalmente, en las cercanías del aeropuerto de Ezeiza, con Jun Quian, un chico de 25 años venido de China y que no habla una jota de español. Voló a la capital argentina para buscar a su tío, el único pariente que le queda en este planeta. No tiene un peso en el bolsillo. Tampoco nadie que lo quiera. Un chino y un argentino, separados por la lengua y la cultura, pero identificados en sus carencias afectivas. El asiático acaba de perder a la mujer amada. El suramericano no quiere correr ese riesgo y se refugia en su soledad. Ambos tan distintos, ambos tan parecidos. Buen punto de partida para una película en tiempos de globalización, ¿verdad?

Roberto quiere deshacerse de Jun Quian pero no puede. Su bondad no se lo permite. Su solidaridad lo conduce a defender al desprotegido en una jefatura de policía ante el abuso de un funcionario, aunque minutos después llame a la embajada china para que se lo lleven. No lo soporta pero no puede abandonarlo. En realidad, el bendito chino le permite ser un mejor hombre, descubrirse a sí mismo, liberarse de sus fantasmas. Y el argentino es quien le abre una puerta al oriental en un mundo desconocido y hostil. Lo que une a ambos personajes es la obsesión de Roberto por las noticias insólitas coleccionadas en un extraño álbum. Tiene la tendencia a imaginarse a sí mismo y a la gente que lo rodea como protagonistas de esas noticias extrañas. Eso que a menudo llamamos un cuento chino, poco cierto o poco fiable.

De Jun Quian sabemos poco, salvo que quería casarse con su prometida y que busca a su tío en Argentina porque no tiene a nadie en el mundo. En cambio Roberto es un personaje con un pasado complejo, signado por la sordidez de la guerra de Las Malvinas, un ser humano que se halla determinado por el miedo afectivo. Se atrinchera en la veneración de una madre desconocida y en el recuerdo de un padre que vino de Italia para ganarse la vida en el sur de América. Pero es incapaz de asumir el amor de Mari, el tercer y muy importante personaje de la trama, quien descubre sus miedos y su bondad, su dureza y su nobleza. La mujer como elemento de transformación en el alma masculina. Personaje seductor, de gran belleza, que simboliza la vida, el futuro, la satisfacción, la liberación del amor. Una mujer.

A través del boca a boca, Un cuento chino ha venido ganando adeptos en las salas caraqueñas donde se exhibe. Es una opción diferente, muy argentina, sobre un tema universal, que puede suceder en cualquier lugar del mundo. incluso cambiar de ubicación: en vez de ser un chino en Argentina pude ser un argentino en China. Lo cierto es que ekl rostro, las palabras y los gestos de Ricardo Darín vuelven a atraer las miradas del público hacia Roberto, al lado de un desconocido Huang Sheng Huang, que le brinda angustia y candidez al personaje de Jun Quian, y de la versátil Muriel Santa Ana como la dulce y comprensiva Mari.

Un cuento chino no es una gran película ni lo pretende. Es una historia pequeña realizada con mucha sensibilidad y comprensión, a mitad de camino entre el relato realista y la trama fantástica. Su mayor virtud reside en la manera como se conecta con el público. Y el público responde.

UN CUENTO CHINO, Argentina y España, 2011. Dirección y guión: Sebastián Borensztein. Producción: Gerardo Herrero, Juan Pablo Buscarini, Pablo Bossi e Isabel García Peralta. Fotografía: Rodrigo Pulpeiro. Montaje: Fernando Pardo. Música: Lucio Godoy. Dirección de Arte: Laura Musso y Valeria Ambrossio. Elenco: Ricardo Darín, Huang Sheng Huang, Muriel Santa Ana, Enric Rodríguez, Iván Romanelli. Distribución: The Walt Disney Company Venezuela.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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