Érase una vez un barco TRADICIÓN DE MAR, TRADICIÓN DE VIDA

Alfredo Anzola vuelve a sus orígenes una y otra vez. A finales de los sesenta, cuando aún era estudiante de Antropología en la UCV, comenzó su filmografía con documentales de fuerte tono social y político –Cómo la desesperación toma el poder (1969), Santa teresa (1969), La papa (1970) y La fiesta de San Juan (1971)– para luego abrir un largo camino en el campo de la comedia urbana donde han brillado Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia (1977), Manuel (1979) y Coctel de camarones (1984), entre otras, siempre con un tono trasgresor dotado de mucho humor que trabaja los personajes de la cotidianidad. Ciertamente continuó haciendo documentales, tanto en cortos como en largometrajes, y ahora regresa a las salas comerciales con uno de carácter especial: Érase una vez un barco. Aguda y amena visión de una tradición de corte artesanal que no sólo no se extingue sino que crece en los puertos del Oriente venezolano. Todavía se hacen barcos de madera, a la vieja usanza y con los antiguos métodos. Los hacen unos seres humanos empecinados en crear mundos mejores. Anzola siempre regresa a sus pequeños héroes.

Esta vez recurrió al comediante Emilio Lovera para mostrar cómo se hace un barco en las localidades de Paria en Sucre y de Macanao en Margarita. Hombres, mujeres y niños comienzan desde cero para levantar un buque. Sin fibra de vidrio ni plástico ni otros materiales. Sólo madera. La moldean, la conducen, la articulan hasta levantar la obra con el trabajo de varias personas. Se toman su tiempo, comparten vivencias, aportan sus labores, esperan sus resultados. Construir un barco se revela como el proceso de construir acuerdos. Hay una cierta visión religiosa en la manera como se organizan estos pobladores para llevar adelante su cometido. La misma mirada cristiana que se manifiesta en la posición de Anzola como director de un proceso desconocido. Como en Santa Teresa o en La papa, sus documentales precursores, o en Manuel, su polémico largometraje sobre un sacerdote que incurre en el pecado de amar a una mujer y de defender a los habitantes de un pueblo costero ante los avances del progreso.

Esa óptica desplegada por Anzola caracteriza el discurso del film. Observa un trabajo, no un empleo. Admira la pasión de construir y no el compromiso laboral de terminar una obra. De una manera muy definida rinde homenaje al placer de crear con las propias manos en abierta rebeldía ante a la hegemonía tecnológica de nuestros tiempos. ¿Una mirada arcaica? Puede ser, pero también es válido el retorno a los orígenes, a la labor rural, a la existencia aldeana. Una tradición de mar convertida en tradición de vida. En esa atmósfera se estrechan los vínculos entre esos personajes y los espectadores.

Lovera abandona esta vez su condición de humorista para convertirse en el cálido y eficaz presentador de un proceso humano y colectivo, ajeno a la polarización política que padecemos. Muestra a seres distintos con puntos de vista diferentes que convergen alrededor de un proceso que los une y no los separa. Esos personajes de la vida real andan ocupados en construir su barco, en crear su mundo, desde el plantado de su quilla hasta su lanzamiento al mar. Sin usar planos y con una tecnología transmitida de padres a hijos. Este proceso es seguido por un trabajo de cámara que funciona como un testigo o un personaje más de la construcción.

Érase una vez un barco es, en definitiva, una película distinta, muy fresca y sonriente, hecha con el evidente cariño de un artista y a la vez artesano del cine. Pareciera que construir un barco es como producir una película. Paso a paso, con el concurso de muchas personas y con un puerto a donde llegar.

ÉRASE UNA VEZ UN BARCO, Venezuela, 2011.. Dirección y guión: Alfredo J. Anzola. Producción: Laura Oramas, Silvino Armas, Najla Raidan. Fotografía y cámara: Michael Montes, Ismael Torrealba, Joseduardo Tovar, John Marquez, Marco Salaverría, Paolo Collarino, Belzhaid Garantón. Montaje: Alfredo J. Anzola y Germán Anzola. Sonido: Marco Salaverría. Música: Jacky Schreiber. Conducción: Emilio Lovera, con los fabricantes de barcos del oriente venezolano. Distribución: Cinematográfica Blancica.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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