Pablo Gamba LA MATERIA DE LA DESILUSIÓN

El rumor de las piedras (2011) es otro intento del cine venezolano de mostrar a través de la ficción la dura realidad de la vida en los barrios pobres. Es una preocupación emblemática de los años setenta que ha vuelto a cobrar importancia en los últimos años, en películas como Cyrano Fernández de Alberto Arvelo (2007), La clase de la Villa del Cine (2008) y Hermano de Marcel Rasquin (2010). Antes el interés se había desplazado hacia los marginados de entre los marginados, expulsados incluso del barrio: los niños de la calle que se refugian bajo los puentes en filmes como Huelepega de Elia Schneider (2000) y Maroa de Solveig Hoogesteijn (2006). No es difícil hallar en ello consonancia con el desastre social causado por el ajuste macroeconómico del gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1989.

La cinta de Alejandro Bellame despeja un misterio que había quedado en el aire en la obra fundacional del cine de malandros en Venezuela, Soy un delincuente de Clemente de la Cerda (1975), e incluso en Hermano. En esas dos películas la madre sacaba adelante a su familia sin padre haciendo empanadas o tortas en casa, respectivamente. En El rumor de las piedras se descorre el velo que cubría ese inverosímil milagro de la economía doméstica. Delia (Rossana Fernández) trabaja en una planta industrial de la cual obtiene el principal insumo con el que mantiene una actividad complementaria: la venta de arroz con pollo que sirve de almuerzo a otros trabajadores. La abuela (Aminta de Lara) le ayuda en la cocina y su hijo menor, Santiago (Juan Carlos Núñez), también colabora en el negocio y además estudia.

Esa descripción minuciosa de cómo se gana la vida la gente de los barrios, autoexplotántose, es el principal mérito del filme. Muestra además cómo hay familias que logran recomponer su vida de esa manera, después de haberlo perdido todo junto con sus casas en derrumbes o desastres naturales como los que se produjeron en el estado Vargas en 1999 y en 2005. La economía del barrio, además, está claramente vinculada con la de la sociedad en su conjunto, y no mediante el robo, como en Soy un delincuente, ni el tráfico de droga, como Hermano. Hay perspicacia en ello: queda sobreentendido que la fábrica puede pagar salarios que no bastan para subsistir porque provee a los trabajadores de un insumo con el que pueden completar, con horas extras de trabajo, lo que necesitan para vivir y “progresar”.

No puede parecer más marxista la explicación. Sin embargo, Bellame se aparta de esa doctrina en su escepticismo con respecto a la posibilidad del cambio social. La del título es una metáfora bien lograda, en el sentido de que compara, a través del ruido de un terremoto, la inestabilidad del subsuelo, tan aparentemente sólido, con la de una sociedad en la que hay que hacer demasiado esfuerzo para que las cosas puedan mejorar, y en la que la violencia de la naturaleza y la del crimen amenazan constantemente la vida y lo poco que se ha logrado avanzar. Los pobres no sólo no pueden cambiar la sociedad sino que pagan las consecuencias cuando todo lo que construyen se derrumba o los matan, por causa natural o por azar.

El rumor de las piedras marca distancia también con Cyrano Fernández y Hermano, y sobre todo con La hora cero de Diego Velasco (2010), en su renuncia a hacer del tratamiento del tema la pobreza y la delincuencia un pretexto para el espectáculo, o viceversa. El hermano mayor de Santiago, William (Cristian González), opta por la vida del crimen como consecuencia de su renuencia a trabajar y la familia vive en un ambiente en el que al salir de la casa por la mañana la gente encuentra muertos en las escaleras del cerro. En cualquier momento hay que echarse al suelo dentro de la casa porque se desata un tiroteo y una bala perdida puede alcanzar a cualquier inocente incluso allí. Por eso Delia quiere sacarlos a todos del barrio: para salvarlos de la violencia. No hay un redentor, como el fútbol profesional en Hermano, ni una banda de justicieros protectores liderada por el cuasisuperhéroe Cyrano, como en la cinta de Arvelo. La secuencia del crimen que llama la atención de la prensa sobre los personajes del filme está puesta hacia el final del relato, no al principio para que sirva de gancho, como pueden prescribir las reglas del cine de acción.

Pero lo que contrapone Bellame a todo eso es un abismo de desengaño y autoinculpación del que no pareciera haber salida realista, por más que se trabaje y se estudie. En vez de dirigir su ira hacia la sociedad, como ocurre al final de La clase, los personajes de El rumor de las piedras sienten rabia por ellos mismos, por no poder enmendar los errores que han cometido. El harakiri moral se debe a que, a pesar de la densidad que logra darles el realizador en la representación de sus condiciones de vida, no se elevan a la altura de un drama existencial como el de los jóvenes de los filmes de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, que se hallan siempre al borde de la condición humana, no sólo al margen de la sociedad. Tampoco tienen la profundidad psicológica de la protagonista de Macu de Solveig Hoogesteijn (1987). No son otra cosa que personajes de melodrama, aunque con una excepcional materialidad.

Sobre todo falta en el filme la dimensión política que tiene actualmente el problema de la vivienda en el país. Los planos de gente que espera pasivamente, echada en el suelo, frente a la sede de un organismo gubernamental, no se corresponden con el planteamiento del asunto como una cuestión de vida o muerte para huir de la violencia. La carencia de un lugar decente donde vivir pareciera que afecta a pocos, además, a juzgar por el número de personas que aparecen en esas imágenes, y en realidad no es así. Si los guionistas quisieron mostrar que las promesas demagógicas del gobierno al respecto son una estafa, o se prestan para la corrupción, la subtrama respectiva es tan inverosímil como la ingenuidad del personaje de Chela (Verónica Arellano) en su relación con el Fauna (Laureano Olivares).

También se echa de menos en El rumor de las piedras la manera corajuda y frontal como las películas venezolanas denunciaban los problemas sociales en los años setenta, desenmascarando la podredumbre del sistema sin tapujos y dándoles vuelta a los falsos valores para mostrar a los delincuentes como héroes, y a los policías como villanos crueles y corruptos, por ejemplo. Lo que de esa época persiste en el filme, en cambio, es la narración excesivamente convencional. El estilo predominante es del montaje clásico, con un trillado uso de la música. Si en varias ocasiones se emplea con acierto el picado, que representa la perspectiva característica de la gente que vive en una pendiente, el realizador no se abstuvo de recurrir al gran plano general, consagrado como representación institucionalizada del barrio, visto desde el punto de vista socialmente dominante de los que viven lejos de él. A algunos los acompaña el ruido de los disparos, como si la violencia fuera su banda sonora natural. El filme también da cuenta así de las contradicciones de la sociedad que lo produjo.

EL RUMOR DE LAS PIEDRAS, Venezuela, 2011. Dirección: Alejandro Bellame. Guión: Alejandro Bellame, Valentina Saa. Producción: José Ernesto Martínez. Fotografía: Alexandra Henao. Montaje: Félix Colina, Moisés Durán, Ángel Manrique. Música: Daniel Espinoza. Elenco: Rossana Fernández (Delia), Cristian González (William), Juan Carlos Núñez (Santiago), Aminta de Lara (Raiza), Alberto Alifa (David), Verónica Arellano (Chela), Arlette Torres (Marisol), Laureano Olivares (el Fauna), Zapata 666 (el Mota), Yonaikel Burguillos (Yeyson). Duración: 110 minutos.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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