Pablo Gamba VIART O CÓMO PREMIAR UN CORTO ESTUDIANTIL

El Gran Premio que ganó Sublimación de Ronald Kanzler en el Festival Iberoamericano de Cortometrajes Universitarios Viart de este año no es sólo motivo de celebración porque una película venezolana haya sido distinguida por primera vez con el principal galardón en los quince años del certamen. Parece ser también una respuesta al problema de qué criterios seguir cuando se premia un filme estudiantil, en un concurso en el que, además, los ejercicios de clase compiten por igual con las tesis de grado e incluso con trabajos de posgrado.

Al tomar esa decisión, y al haberle otorgado además la distinción como mejor cinta de animación a Sublimación, el jurado parece haberse decantado por utilizar el premio como estímulo para un realizador en formación, estudiante de la Escuela de Artes de la UCV, en vez de otorgárselo, por ejemplo, a Luminaris de Juan Pablo Zaramella, en cuyo currículo figuran un Gran Premio Coral del Festival de La Habana y dos Cóndor de Plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, entre otros galardones. Otra pregunta sería por qué fueron admitidas Luminaris y En la ópera, también de Zaramella, en un festival de cine estudiantil. El cineasta argentino es un artista consagrado en el circuito internacional. Si bien Viart tuvo este año por primera vez una sección de películas profesionales, en ella no participaron filmes de animación. Sólo cortos de ficción con actores.

En Viart se destacaron como siempre los documentales. El premio de la categoría recayó en Palabras armadas de Liliana Matsuyama, coproducción española y colombiana sobre Yezid Arteta Dávila, un ex comandante guerrillero de las FARC que cumplió condena de cárcel en su país y vive exiliado en España. El criterio que llevó a galardonar a Sublimación no fue seguido aquí, puesto que se trata de una película hecha con criterios de calidad profesional, aunque ceñida a los patrones convencionales de la vertiente televisiva del género. No es un documental de creación, como otros que formaron parte de la selección.

De la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, en Cuba, fueron seleccionados este año tres documentales. Dos de ellos, Sustento de la mexicana Juliana Fanjul y Cisne cuello negro, cuello blanco del cubano Marcel Beltrán Fernández, sobresalen por la manera descarnada con la que tratan el problema de la miseria en la isla, con énfasis en los detalles de una alimentación que podría ser calificada de nutrición, pero no es lo que culturalmente se entiende por comer bien. En ambos se profundiza la línea crítica de La película de Marcela Zamora, ganadora del Gran Premio Viart en 2007, y Revolución azul de Diego Fabián Archondo, que recibió el premio al mejor guión en 2008, realizadas también en la Eictv. Es una suerte que el festival siga abierto a esta vertiente del cine hecho en Cuba, que contrasta con la imagen de la isla que difunde la propaganda del gobierno nacional.

El premio al mejor corto venezolano otorgado a Caracoles y cascabeles de Gustavo Rondón Córdova, que competía en la sección profesional, es un acto de justicia para este filme, que quizás ha pasado inadvertido en relación con otros cortos nacionales recientes más llamativos para los jurados, como Mar blindado de Gerard Uzcátegui y Soja de Gabriel la Cruz. Es una película que se destaca por el trabajo con el sonido, que el realizador logra convertir en un personaje de la historia, así como por la manera psicológicamente sutil como son tratados los temas de los miedos infantiles y la relación de un padre con su hijo varón. Es una obra importante de la filmografía venezolana reciente en ese formato, cuyo valor puede apreciarse mejor a medida que se la ve una y otra vez. Eso no ocurre con todos los cortos.

El ambidiestro de Antonio Palomino Rodríguez, de España, ganadora del premio en la categoría de ficción, es en cambio uno de esos ejemplos del cine fácil que pretende ponerse por encima de los conflictos, juzgando la guerra desde la cómoda olímpica de los defensores de la paz, como ocurre en este caso. Es más un sketch que una película: un hombre que ha perdido la memoria vuelve en sí entre las trincheras de republicanos y nacionales, en la guerra civil española, y es sometido a un interrogatorio por ambos bandos para tratar de determinar a cuál pertenece. La conclusión es que los dos adversarios tienen algo de razón en lo que buscan pero ambos se equivocan al defender su causa por las armas. Eso es, además de una muestra de desconocimiento de la historia, puesto que la República se vio obligada a hacer frente a un alzamiento militar fascista, una actitud cómoda disfrazada de imparcialidad.

Ese discurso, en todo caso, resultó más convincente para el jurado que la fantasía de La lavadora de Ana Aurora Rodríguez y Andrea Correa Quiroz, de España, que ganó el premio del público, y que los otros pocos filmes de calidad, como La huida de Víctor Carrey, también español. En términos generales la muestra de ficción estuvo caracterizada por los lugares comunes y el desnivel. Incluyó desde los que no parecían más que ejercicios hasta Noche adentro del paraguayo Pablo Lamar, estudiante de la Universidad del Cine en Buenos Aires, cuyos dos cortos han sido seleccionados para la Semana de la Crítica de Cannes.

El festival todo estuvo un poco de capa caída este año en comparación con ediciones anteriores. Se echó en falta el catálogo, por ejemplo, y la calidad de las proyecciones en el Centro Cultural Chacao disminuyó. Entre filme y filme había una parada para cambiar de DVD, lo que no es propio de una exhibición profesional, y a las condiciones del local semiabierto, que no son las mejores para el cine, sobre todo por el ruido, se añadieron la constante presencia de una luz que caía sobre parte de la pantalla y el descuido de no cambiar el formato de 4:3 a 16:9 cuando la película lo requería.

La asistencia también estuvo lejos de la de ocasiones anteriores, cuando la gente echada en los cojines de la sala era acechada por los espectadores de las sillas o de pie, listos para quitarle el cómodo puesto a cualquiera que se levantara del suelo. Viart es un festival venezolano que ha logrado consolidarse como parte de un circuito internacional, por lo que lo ocurrido debería llamar la atención del CNAC para que acuda en su rescate.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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