Pablo Gamba UNA DISCAPACIDAD DEL CINE

En Entre sombras y susurros (2011) Samuel Henríquez se propone hacer algo para lo que el cine no está bien capacitado: un documental sobre las experiencias de una persona que no puede ver ni escuchar. El realizador venezolano pudo optar por una épica de Miriam Torres, una sordociega que ha logrado salir adelante en la vida. Se trata, además, de un personaje de los que logran cosas que parecen humanamente imposibles, por lo que una referencia obvia podría haber sido Werner Herzog. Pero Henríquez quiso ir más allá, sobre el filo de la paradoja que significa llegar, por medio de las imágenes y el sonido, hasta lo que ni siquiera la frase del título –cita de Torres– alcanza a expresar con exactitud. Para el sordociego puede que ni siquiera haya sombras, tampoco susurros; el silencio y la oscuridad pueden ser totales.

Al comienzo de la película Torres dice: “Hace algunos años intenté recordar la última imagen que vi y escuché en mi vida. Siempre me dije ‘algún día lo recordaré’, y alguien me pondrá al final de una película, enmarcada entre dos cuadros negros. Si ellos no ven la imagen, al menos verán mi oscuridad”. Hay allí una cita de Sin sol de Chris Marker (Sans soleil, 1983) que plantea irónicamente la paradoja del filme: está excluida la posibilidad de representar en una película la oscuridad y el silencio en los que se halla sumida la sordociega, pero dado que el espectador puede percibir todo aquello que le es imposible ver y escuchar al personaje, si toma plena consciencia de esa diferencia al menos será capaz de imaginar mejor lo que significa vivir sin eso. Es cruel el planteamiento, y a ello se añade que las imágenes que representan los que vendrían a ser los recuerdos o sueños de Torres son de una cuidada belleza en la puesta en escena y en la fotografía, al igual que es minucioso el diseño de sonido. Pero, ¿acaso la sordoceguera no es una ironía de la vida terriblemente injusta?

Hay que aclarar también que la representación de los sueños y recuerdos del personaje, que giran en torno a su madre, no se corresponde con lo que dice en la película. Torres cuenta que recuerda la manera como la peinaba y le hacía moñitos, la que es una imagen táctil, no visual, y en un momento llega a decir que está olvidando el olor de su madre. Pero, ¿cómo puede una persona que ve y oye hacerse una idea de lo que puede recordar o soñar una sordociega?

En esas secuencias el cineasta recurre a planos generales para hacer manifiesto que el punto de vista es el de alguien que sólo podría imaginar lo que siente el otro desde una larga distancia. Se hace evidente, además, en las escenas en las que la niña sigue los pasos de la madre, y la cámara sigue a la niña. Así como ella persigue metafóricamente un recuerdo que se escapa, el punto de vista es el de alguien que se queda atrás en el afán de captar eso. Sólo al final mira directamente a la cámara el personaje que hace de la madre joven, cuando ya al espectador le ha quedado claro que recordar así ese rostro es imposible para la Miriam Torres que narra, y aparecen planos que evocan suvenires sin sentido para ella: las fotos familiares. Quizás alcanza allí la ironía el máximo de crueldad, que no es nada en comparación con la crueldad que ha tenido el azar de la vida para con un sordociego.

A ese empleo de las imágenes, cercano también por la reflexión que plantea a Sin sol, lo acompañan otros dos registros más claros y próximos a las convenciones del documental. Ellos dan a Entre sombras y susurros la verosimilitud que se habría perdido sin el anclaje del personaje del sordociego en sus actividades cotidianas. El uso del blanco y negro en ellas es también una manera de evocar lo insípida que puede resultar la vida para Torres –algo dicho por ella misma–, y a través de algunos planos, que la perspectiva del observador distante conecta con los de los recuerdos y los sueños imaginarios, se evoca la desolación contra la que también lucha el personaje. Son particularmente conmovedoras la secuencia de la visita a la tumba de su madre, en un cementerio de sepulturas deterioradas, y la de ella sentada en un parque abandonado, sobre un manto de hojas secas y contra un muro de piedra.

Entre sombras y susurros es una película que no dejará de plantear preguntas. En primer lugar, la de si puede ser considerada o no como un documental, porque hay personajes que actúan y la protagonista lo hace también en las secuencias de los sueños o recuerdos, y no puede saberse si en el resto de la película sigue un guión o se desenvuelve espontáneamente. En el cine venezolano está Araya, de Margot Benacerraf (1959), para advertir que ese dilema podría tener muy poco sentido si el resultado consigue ser fiel a la realidad. Pero, ¿de qué realidad captable por el cine se estaría hablando en el caso del filme de Samuel Henríquez, si por el mismo hecho de ver y escuchar la película se es infiel a lo que el personaje percibe? Puede ser válida la crítica de que, al hacer el filme que hizo, el cineasta se fue por la tangente y, con todo y la belleza del intento, construyó el mundo interior de un personaje imaginario que no puede ser la Miriam Torres de la vida real. Pero no intentarlo habría sido quedarse corto en relación con la experiencia de lucha del personaje para superar la limitación de sus sentidos: habría sido no tratar de vencer una discapacidad del cine.

ENTRE SOMBRAS Y SUSURROS Venezuela, 2011. Dirección y guión: Samuel Henríquez, basado en los diarios de Miriam Torres. Producción: José Ernesto Martínez, Marianela Illas. Fotografía: Alexandra Henao. Montaje: Gustavo Rondó Córdova. Sonido: Frank Rojas. Música: Vicente Avella. Con la participación de: Miriam Torres, Ybrahinn Cordero, Nazareth Salazar, Mireya Torres, Claret Mendoza, Freddy D’Elia, Oscar Acevedo.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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