Don Armando VIDA ÍNTIMA DE UN GASTRÓNOMO CARAQUEÑO

Armando Scannone con al periodista Rosanna Di Turi. Foto de Marcel Cifuentes.

Se trata de una mirada interior, íntima, muy personal, sobre el hombre que persiste detrás de una obra reconocida por legos y conocedores. La perspectiva desde la cual Jonathan Reverón observa la obra de Armando Scannone le permite revelar motivaciones, manías y pequeños detalles que se amparan detrás de su actitud ante la cocina y la vida. Porque Don Armando, ópera prima del joven realizador, no sólo celebra la trascendencia de un recetario que transformó la visión de los venezolanos sobre nuestra propia culinaria sino que ofrece un homenaje a una concepción de la amistad, la sensibilidad, la disciplina, la exigencia de calidad, el placer  de la vida. Pero sobre todo permite conocer y comprender, en su cotidianidad, a este exitoso ingeniero civil que cuando tenía sesenta años inició una cruzada personal e intransferible que marchó al rescate de la memoria gustativa de una ciudad y su gente. Esta película es una mirada amable y nada simplista hacia un ser humano que cambió el rumbo de su vida e influyó en la vida de los demás. Menuda proeza.

Hace casi tres décadas, cuando Scannone publicó Mi cocina a la manera de Caracas, conocido como el “libro rojo”, se inició una trayectoria culinaria que ha marcado al país y la comprensión de la manera como nos alimentamos. Recopilación de las recetas que marcaron una cultura del gusto, este primer recetario abrió los fuegos del rescate de la sazón criolla cuando los restaurantes franceses imperaban en estos predios, antes del Viernes Negro y de la “latinoamericanización” de Venezuela. En esa época la cocina venezolana era mal vista, poco apreciada en los restaurantes. Scannone desafió las voces agoreras que condenaban al fracaso aquella primera edición -en quince días vendió cinco mil ejemplares- y compartió la forma como se cocinaba en su casa, muy familiar, muy rigurosa y especialmente muy caraqueña. Lo que siguió es historia y no vale la pena llover sobre mojado.

Afortunadamente Reverón trascendió la visión del reportaje tradicional y propuso su óptica como documentalista que prioriza los rasgos humanos de su personaje sobre su obra. Ante su cámara se encuentra Scannone, desde luego, pero también Magdalena Salavarría, con un humor encantador que combina con su sapiencia en los fogones. O el sacerdote jesuita Rafael Baquedano, sesudo contertulio de muchos temas, quien reconoce en su amigo una suerte de apostolado. O la periodista Rosanna Di Turi, rigurosa y exigente, con su indagación sobre las recetas del asado negro, el mondongo, el pabellón, en unas secuencias realmente suculentas. Y también la cocinera Mercedes Oropeza, con su admiración sincera. Más allá se encuentra el también cocinero José Luis Álvarez, cuya devoción por el maestro no le impide una visión crítica. A través de miradas colaterales el cineasta va construyendo la vida íntima del gastrónomo caraqueño. El entorno es tan importante como el núcleo de la historia.

Reverón contó con el trabajo de colaborador esenciales. La muy expresiva y hermosa fotografía de Branimir Caleta, el revelador sonido de José Enrique Suiera y Eliécer Paredes y la precisa mezcla de audio de Stefan Gosewinkel, la cuidada dirección de arte de Franciest Poller y la muy eficaz edición de Carolina Aular. Todos al amparo de la producción ejecutiva de Eloísa Maturén. Don armando tiene un nivel de calidad formal poco usual. Como discurso audiovisual ostenta una sensualidad que conduce rápidamente al apetito, al deseo de paladear, a la necesidad de explorar sensualidades.

La casa de Scannone es fundamental en el film. Constituye el hábitat donde se desarrolla esta visión íntima del personaje. En su cocina, en sus jardines, en sus orquídeas, en su mesa al aire libre, se manifiesta el hombre y sus predilecciones. La película logra atrapar esas atmósferas para comprenderlo. Son muy pocas las oportunidades en que abandona su lar. Cuando recibe el único doctorado honoris causa que ha obtenido un gastrónomo latinoamericano, en la Universidad Metropolitana, cuando revisa la edición de uno de sus libros y, oh sorpresa, cuando se aventura a pedir un perro caliente callejero “con todo”. La verdad, Reverón es un cineasta atrevido.

DON ARMANDO, Venezuela, 2011. Dirección y guión: Jonathan Reverón. Producción ejecutiva: Eloísa Maturén. Fotografía: Branimir Caleta. Edición: Carolina Aular. Dirección de arte: Franciest Poller. Sonido: José Enrique Shiera y Eliécer Paredes. Mezcla de audio: Stefan Gosewinkel. Con la participación de Armando Scannone, Rosanna Di Turi, Magdalena Salaverría, José Luis Álvarez, Mercedes Oropeza, Rafael Baquedano, entre otros.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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