Silvia Dioverti ESA COSECHA SE PERDIÓ…

El ingenio popular venezolano acuñó esa frase para indicar que un hombre es afeminado, no sé si es aplicable también a las mujeres, nunca la oí en ese sentido. Pero, en todo caso, no es a la cosecha de espermatozoides a la que aludiré en este artículo, sino a una que se comieron los caracoles –ya sean africanos gigantes o esos simpáticos y locales a los que se les solía cantar “caracol col col, saca tus cuernos al sol”–; a una que tuvieron que echársela a los cochinos o que la lluvia terminó de pudrir porque se quedó bostezando en las almacigas para nido de las babosas y sus huellas iridiscentes.

Se perdió como se perdieron, de la noche a la mañana, las vasijas de barro que con sus papagayos rojos alegraban algunas avenidas de la ciudad, como se están perdiendo las telas tricolores que cubren los troncos de los árboles, como se pierden –y van dejando claros que dan escalofrío– los papagayos de la avenida Libertador. Antier vi a una indigente con varios de ellos en lo brazos, no sé si cambiándolos por algo de comida o por un pase de crack, pero sospecho que otras manos, no tan menesterosas, también hicieron con los adornos florales y efímeros su agosto en diciembre.

Se perdió la cosecha que venía de El Jarillo y, según dicen, también las que venían de otros lugares más lejanos a la capital; me enteré esta mañana cuando, como todos los sábados, fui al mercadito que se instala en la esquina de mi casa para comprar los vegetales de la semana. “Fuerte la lluvia, ¿no?, le dije al vendedor, no pudieron venir el sábado pasado”. Me miró y miró para los lados, metió la cabeza entre los brócolis y como si sólo a ellos les hablara, dijo: “No fue por las lluvias, fue porque no se podían ocupar las carreteras”. “Por el peligro de las lluvias”… quise insistir para que me entrara en la mollera lo que no quería que me entrara y que el hombre acababa de decir. “No, porque estaba la cumbre esa y querían que todo se viera bonito”. “Ah, para que todo se viera bonito…” Y también yo metí la cabeza entre los brócolis para que no se me vieran las lágrimas de arrechera. Para que él no notara demasiado que venía de asestarme –sin quererlo– un golpe mor(t)al que acaba de llevarse lo que quedaba de mis maestros de primaria y la frase con la que trataron de edificar mi infancia: el trabajo dignifica.

Su comentario me acababa de despojar de los textos escolares –tesoro que creía inmarcesible y que me sostuvo todos estos años desde algún lugar del corazón– en los que se nos enseñaba que un país que trabaja, que siembra, que cultiva, es un país grande, próspero, digno de verse, digno de tomarse como ejemplo. “¿Qué vinieron a ver?, ¿una caña agitada por el viento?”. La frase de Juan el Bautista me saltó a la memoria y ya no pude dejar de formularme la contrapartida: ¿qué se les quiso mostrar a los insignes visitantes? ¿Un cuento de hadas, una ciudad de tarjeta postal, un país de carreteras impolutas, vacantes, sin embotellamientos, sin camiones destartalados que transportan alimentos y que funcionan por bondad divina y pura obcecación humana?

¿Cuánto dinero perdieron los campesinos de El Jarillo, cómo lo recuperan, a quién le importa? ¿De cuándo acá una carretera desolada, sin gente yendo a sus naturales ocupaciones laborales, es más digna de mostrarse? ¿O sería esa otra ya “natural ocupación” en que se ha convertido el miedo la que privó en este caso? Miedo a los atentados, miedo a las protestas, miedo a que la superficie se resquebraje y deje ver lo que hay en el fondo. Miedo a que los demás vean lo que nosotros vemos a diario, miedo a aceptar que nos estamos alejando, a la velocidad de la luz, de aquello hacia donde pretendemos ir.

Esa cosecha se perdió, CELAComieron los caracoles, la terminó de pudrir la lluvia cuando, apenas acabada la recolección, se quedó inútil sobre los rastrojos.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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