Pablo Gamba PATAS ARRIBA: FAMILIA UNIVERSAL

La multinacionalidad es más que un detalle de coproducción en Patas arriba (Venezuela-Colombia-Brasil, 2011). También es más que la actuación del brasileño André Ramiro, el intérprete del personaje de André Matías en Tropa de Elite (2007) y su secuela (2010), que tiene como correlato el recuerdo de la esposa de Brasil del personaje del abuelo venezolano, y lo mismo ocurre con la participación del colombiano Ramiro Meneses, y la de la venezolana nacida en Estados Unidos Daniela Bascopé haciendo el papel de muchacha de Colombia. Lo multinacional deviene estética en el segundo largometraje de Alejandro García Wiedemann, como se evidencia en primer lugar en el aprovechamiento de la locación. Filmar en Galipán permite pasar de la ambientación montañesa a la marina, y de la metrópoli a lo rural sin solución de continuidad. Es un espacio X, y se saca partido de eso en la cinta en vez del color local.

El problema con esos lugares es el territorio de la imaginación al que pertenecen. A través de las convenciones de su lenguaje el filme trasciende incluso lo latinoamericano y adquiere la universalidad que tiene el medio con el poder necesario para llegar a todos los hogares en Colombia, Brasil, Venezuela y el mundo: la televisión. Por eso hay partes del cuerpo que no pueden ser mostradas, pero también deja en el aire una pregunta a la que no parecen dar respuesta algunas películas venezolanas actuales: ¿qué ofrecer de distinto para que el público vaya a los cines a ver algo que no está a su alcance a través de la TV de señal abierta o el cable?

Lo mismo ocurre con el evidente propósito de poner entre paréntesis los problemas sociales para concentrarse en cuestiones “humanas”, como la relación de los padres de edad avanzada con los hijos adultos. La inquietud social, que ha sido una característica constante en el cine venezolano, y una de las claves del éxito de las películas sobre la delincuencia y la marginación, se transforma en Patas arriba en sensibilidad humana. La diferencia consiste en que en el segundo caso se opta por no ir al fondo de muchos de los problemas, haciendo del disponer de una casa confortable y una camioneta para subir al cerro, así como del tener acceso oportuno a la atención médica, al parecer gratuitamente, y el no vivir paranoico por culpa de una delincuencia capaz de matar por cualquier frivolidad, una característica tan universal como el modelo de clase media que la televisión difunde.

Los conflictos acerca de quién atiende al abuelo y quién evade esa responsabilidad por comodidad, o el aprovechamiento del sacrificio como excusa para no atreverse a ser la persona que uno quiere ser, son cuestiones que quedan planteadas así un poco en el aire. En medio de las carencias y otras urgencias adquirirían matices menos abstractamente humanos, quizás, pero sí seguramente más verosímiles. Y lo mismo ocurre con los planteamientos de avanzada del filme acerca del divorcio, la aceptación de la medicina alternativa y el derecho de las personas a elegir morir, en vez de prolongarles el sufrimiento en un hospital, sin que por ello se deje de venerar la Virgen María. En ese medio social abstracto pueden borrarse de un plumazo las tradiciones que empañan la luz de la razón y conciliar todo fácilmente. Actuar de la manera correcta es básicamente allí cuestión de tener un poco de fuerza de voluntad.

Sin embargo, en la clase media idealizada de Patas arriba no deja de filtrarse un elemento de crudo realismo. Es el que hace ver que todo lo que son y pueden ser los personajes depende de lo que poseen, bien sean los sueños del abuelo o el presente y el futuro de los hijos. Ese es el verdadero sentido educativo del filme, y es de una validez tan universal como su narrativa: que los lazos de afecto que unen a las familias, al igual que los conflictos que surgen en su seno, también son expresión de lo que pertenece a cada quien, según consta por ante el registro o el notario. Es sensibilidad humana entre propietarios.

PATAS ARRIBA. Venezuela-Colombia-Brasil, 2011. Dirección: Alejandro García Wiedemann. Guión, diseño de producción y producción: Gabriela Rivas Páez. Fotografía: Iván Suzzarini, Alejandro García Wiedemann, Fermín Branger. Montaje: Gabriela Rivas Páez, Fermín Branger. Música: Alonso Toro. Elenco: Gonzalo J. Camacho (Renato), Michelle García (Carlota), Lourdes Valera (Montserrat), Marialejandra Martín (Anita), Erich Wildpret (Salvador), Basilio Álvarez (Mario), Dimas González (Jorge), André Ramiro (Rodolfo), Ramiro Meneses (cirujano), Daniela Bascopé (Natalia).

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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