Las aventuras de Tintín LA MÁQUINA DE AVENTURAS, por Pablo Gamba

En Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio (The Adventures of Tintin, 2011) Steven Spielberg parece haber hallado el método para que los actores sean tan eternos como los años treinta, cuarenta y cincuenta, que para él son la época de las aventuras y no parte de la historia universal, sin el envejecimiento que exhibe Harrison Ford en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008). Se trata de la motion capture o mocap, mediante la cual las actuaciones son registradas, introducidas en una computadora y transformadas en animación fotorrealista. Si el modelo se pone viejo o se muere, se cambia por otro para que la aventura no pierda su vigor. El personaje se hace inmortal para el cine sin perder su referencia a la carne y huesos mortales.

El cambio de técnica es correlato de la llegada de un nuevo socio. Peter Jackson entró como productor en sustitución de George Lucas, con el que Spielberg creó Indiana Jones. Con él vino Weta Digital, la empresa neozelandesa que se ocupó de la animación, mientras que el trabajo de captura de movimientos estuvo a cargo de Giant Studios. Lucas está ahora en la competencia: Industrial Light & Magic, su compañía, le disputa a Tintín este año el Oscar con Rango de Gore Verbinski (2011), su primer trabajo de animación de largo metraje.

Rango tiene la ventaja de las críticas que le han hecho a la traslación al fotorrealismo del estilo gráfico del protagonista del cómic belga en el que está basado Tintín. “Ni completamente humano ni completamente animado, el Tintín de Spielberg se parece a la creación de Hergé y, sin embargo, es misteriosamente diferente, como si, al igual que Pinocho, su transformación a la forma humana hubiese sido prematuramente interrumpida. El problema es que Spielberg erró por el lado de la verosimilitud con una tecnología que, porque es una simulación de la vida, funciona mejor con criaturas de otro mundo, como los pandoranos azules de Avatar. Dibujado con un estilo simple y elegante, conocido como de línea clara, el Tintín de Hergé tiene una cabeza esférica, una nariz de rama cortada y óvalos negros de ojos. Sus cejas en semicírculo se asientan sobre su rostro como signos de acentuación y, junto con las mejillas enrojecidas y las gotas de sudor que constantemente le brotan de la cabeza, le dan una sorprendente expresividad”, escribió A. O. Scott en una crítica publicada en el New York Times.

Amid Amidi señaló en Cartoonbrew otro problema: “El fotorrealismo del diseño choca con el comportamiento inquietantemente alocado de los personajes. Ver a una figura flexible, que se estira y encoge, como el Pato Lucas, enredarse en la hélice que gira de un avión y salir disparado es cómico; ver al fotorrealista capitán Haddock interpretar el mismo gag en Tintín parece forzado e incómodo”.

Dejando de lado esas críticas, Las aventuras de Tintín es un regreso sin arrepentimientos al anything goes de la canción en chino cantada por una rubia estadounidense, en el número musical del comienzo de la segunda película de la serie del aventurero arqueólogo encarnado por Ford. El director de ET (1982) hizo una autocrítica con respecto a esa cinta, que recoge Marcial Cantero en el volumen que le dedicó la colección Cineastas de Cátedra: “De volver a hacerla, probablemente le echaría el freno. Cuando George Lucas y yo diseñamos Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984) se nos olvidó poner un sistema de frenos en el mecanismo”. Pero Tintín es una repotenciación de ese motor, con una técnica de animación con la que la imaginación no encuentra límites.

Hay que admitir que el resultado es a primera vista fascinante, y es la genialidad de un cineasta la que regresa a las fuentes del cómic y los seriales de Universal, Columbia y Republic Pictures en los años treinta y cuarenta, para traer de vuelta los lugares comunes elevados al cuadrado. Se ve en secuencias como la persecución del carro en el que se llevan secuestrado a Tintín por su perro, Milou, o la carrera tras el halcón que tiene los manuscritos en los que está la clave del enigma del tesoro del legendario capitán Haddock. Si lo hace con humor, no incurre por ello en la ironía ni en el kitsch.

Spielberg tampoco cree que el cine haya perdido su capacidad de deslumbrar, aunque se sepa que el reflejo de las maquetas del Unicornio anticipa un detalle importante de la historia, ni a pesar de que cuando muestra una represa es porque pronto va a ocurrir algo con ella. Incluso rodeos como el episodio de la billetera robada de Tintín enriquecen la trama sin engordarla, al dar cabida al personaje del carterista Silk y el disparate encantador de la secuencia de los dos policías en su guarida.

Pero no hay que perder la perspectiva de que todo eso es el equivalente cinematográfico de otros productos de tamaño extragrande: una estrategia para competir en un mercado sobresaturado con una inversión de 130 millones de dólares que hay que recuperar. Tratar de borrar el trasfondo político que se atribuye a los cómics es otro requisito necesario para darle a la película el atractivo comercial de la aventura en estado de pureza.

En la serie de Indiana Jones los nazis y los comunistas no son otra cosa que los malos malísimos y en Las aventuras de Tintín se diluye también la connotación del nombre ruso del villano, Sakharin, que también alude al sabor azucarado que Hergé le atribuía a lo que para él era veneno soviético. Es descendiente, además, del pirata Rackham el Rojo, por si no hubiera quedado clara la relación. Pero esa referencia tampoco es significativa en la cinta de Spielberg. Sin embargo, el dominio mundial de las potencias colonialistas está sobreentendido en el viaje del héroe al norte de África, y se hace explícito en la presencia de extranjeros en uniforme junto al príncipe árabe amante de la ópera de Bagghar, un lugar que es identificado además como del Tercer Mundo.

Se siente también en esta película, al igual que en las cuatro de Indiana Jones, la falta del toque que distingue el estilo del realizador en sus filmes más emblemáticos, como Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977) e ET: la capacidad de hacer creer que las cosas extraordinarias pueden ocurrirle a la gente corriente. Tampoco está presente lo que para Manohla Dargis es el trasfondo del optimismo de Spielberg, que según ella trasciende lo meramente almibarado. “Elegir la compasión y la consolación requiere una dosis de obstinación, una voluntad bruta y muscular que también es una forma auténtica de gracia”, escribió en el New York Times, en una nota sobre Caballo de guerra (War Horse, 2011), el filme con el que el realizador también aspira a ser nominado al Oscar a la mejor película y al mejor director este año, entre otros premios. La de Tintín no es una voluntad sino una sed. “¿Cómo está su sed de aventuras?”, pregunta el héroe al final de la película. “Insaciable”, le responde el borrachín del capitán Haddock, que ha encontrado en eso una forma sobria de embriagarse.

“¿Cómo podéis preferir estos cuentos que carecen de sentido y que nadan significan?”, interroga el sabio sultán Dulug a las sultanas aficionadas a Las mil y una noches y otras obras del mismo estilo en Zadig o el destino. “Precisamente por ello nos gustan”, le responden. Si eso es una ironía en la obra de trasfondo filosófico de Voltaire, no lo es en esta vertiente del cine de Steven Spielberg, en la que no hay moraleja sino eslogan comercial: más aventuras por su dinero. Habrá que esperar todavía por el musical sobre el Partido Republicano que en tono de broma el cineasta prometió rodar hace algunos años, como también había hablado durante largo tiempo de llevar al cine Tintín.

LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO

The Adventures of Tintin, Estados Unidos-Nueva Zelanda, 2011

Dirección: Steven Spielberg. Guión: Steven Moffat, Edgar Wright, Joe Cornish, basado en la serie de cómics Las aventuras de Tintín (Les Aventures de Tintin et Milou) de Hergé. Producción: Steven Spielberg, Peter Jackson, Kathleen Kennedy. Dirección de arte: Andrew R. Jones, Jeffrey Wisnieswki. Dirección de animación: Jamie Beard. Efectos visuales: Joe Letteri, Scott E. Anderson. Montaje: Michael Kahn. Sonido: Dave Whitehead. Música: John Williams. Elenco: Jamie Bell (Tintín), Andy Serkis (capitán Haddock), Daniel Craig (Sakharin, Rackham). Duración: 107 minutos.  

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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