La piel que habito LA PSICOPATÍA DEL PIGMALIÓN, por Alfonso Molina

Almodóvar establece la identificación entre un moderno Pigmalion y su creación humana. y su

Son muchas las ideas que cruzan la trama de La piel que habito, tal vez la obra más compleja de Pedro Almodóvar, pero puestos a encontrar un planteamiento medular en una película muy dura y poco complaciente como ésta, me inclino a pensar en la ilegitimidad ética del control externo sobre las emociones, preferencias y conductas de los seres humanos. ¿Por qué? Porque el cirujano plástico Robert Ledgard pretende definir las coordinadas afectivas y sexuales de una persona que ha permanecido seis años bajo su control absoluto. Ha moldeado su conducta, su sensualidad y sus razonamiento, pero la psique de esa prisionera se revela indomable y retoma su curso vital.  Para perfilar esta idea central, el realizador manchego se vale de una trama muy bien elaborada a partir de la novela Tarántula del francés Thierry Jonquet. No se limita a adaptarla y se nutre, desde luego, de ciertos elementos de la novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley. Pero la influencia fundamental en el film se halla en la leyenda mitológica griega Pigmalion, contada por Ovidio, según la cual ese rey termina enamorándose de la bella estatua femenina que esculpió y pide a la diosa Afrodita que le dé vida como criatura humana. En la Toledo contemporánea, Robert Ledgard termina enamorándose de la mujer que ha creado en su clínica. Cree haber encontrado el amor finalmente. Pero la vida, como se sabe, va más allá de la mitología.

A sus sesenta y dos años, con dieciocho filmes a sus espaldas y luego de haber obtenido dos Oscar, dos Globo de Oro, dos BAFTA y seis Goya, más otros reconocimientos culturales, Almodóvar evidencia una madurez creadora que se plasma en un film muy particular. La piel que habito revela la lucha entre la realidad y las apariencias. Por algo comienza con el carnaval y con un baile de disfraces, es decir, con la representación de otra identidad. La máscara, la tela y el secreto se convierten en extensiones de la epidermis humana. De hecho, Robert trabaja en la elaboración de una piel sintética, más bella y resistente, cuya implantación en personas es cuestionada por la sociedad médica. Allí, en la clínica El Cigarral, Robert experimenta con su nueva piel y va creando a su Vera: hermosa, perfecta, sumisa, quien vive entre cuatro paredes, vigilada por distintas cámaras de video, observada en cada uno de sus actos. Vera es su protegida pero también su víctima. La relación entre ambos se va mostrando poco a poco a los ojos del público, sin mayores explicaciones. Todo lo cual, en realidad, constituye sólo el punto de partida dramático.

Narrada con una estructura multitemporal, la película reconstruye el presente de uno y otro personaje con un detallismo pasmoso, pero además introduce las características muy particulares de otros personajes que matizan el hilo central de la narración. Allí están Marilia, la ama de llaves de El Cigarral, dominada por su amor maternal; Zeca, el hijo brasileño de Marilia vinculado secretamente con Robert; Gal, la esposa del cirujano que fue carbonizada en una accidente automovilístico cuando escapaba con su amante; Norma, la atormentada hija de Robert y Gal trastornada por una agresión sexual; y Vicente, el chico que vive drogado y que termina siendo una pieza trágica de este engranaje, según un guión que va de sorpresa en sorpresa. Todos estos personajes se articulan a una línea conductora que avanza incontenible hasta un final inevitable.

El rasgo determinante en la personalidad de Robert —muy bien interpretado por un Antonio Banderas también más maduro— se encuentra en la psicopatía del Pigmalion como expresión de un autoritarismo científico y afectivo. El apreciado investigador que viaja por el mundo dando conferencias sobre las nuevas posibilidades de la ciencia es el mismo hombre que ejecuta su venganza de manera despiadada, con la complicidad de la enigmática Marilia, protagonizada por la eterna Marisa Paredes, ante la ineficacia de la policía. Todo ocurre al amparo de la complicidad y el encubrimiento. Robert y Marilia manipulan sus marionetas dentro de un espacio cerrado y vigilado tecnológicamente, marcado por la obra pictórica de Tiziano, con especial énfasis en el cuerpo humano y sus volúmenes. Es el lugar de las obsesiones, los secretos y el dolor.

En el otro ángulo del cuadro de personajes, Vera representa la raigambre de la naturaleza humana, con sus fortalezas y debilidades. Ella puede haber sido moldeada, trastocada, acondicionada y manipulada pero su mirada íntima está condenada a regresar al pasado, a lo que fue y no ha podido dejar de ser. Su conducta sexual ha variado pero su cerebro manda otras señales. Porque no es lo mismo elegir una sexualidad alterna -y abundan los casos que así lo demuestran- que ser condenado a asumirla. La actuación de Elena Anaya es sorprendente, compleja, sostenida.

Es evidente que Almodóvar se inspira en su admirado Alfred Hitchcock para la  creación de ciertas atmósferas dramáticas y en la definición muy precisa de los espacios donde suceden los hechos. Personajes perfilados al límite, lugares definidos con rápidos trazos, situaciones insólitas y resoluciones aún más insólitas remiten a Vértigo, por ejemplo, o a Psicosis. También me recordó mucho al Polanski de El inquilino. La fotografía del magnífico José Luis Alcaine —grande entre los grandes— y la música de Alberto Iglesias —un dramaturgo de la partitura— son fundamentales en la concepción de este clima dramático.

La piel que habito se mueve entre lo grotesco y lo poético. Genera rechazo y complicidad simultáneamente. Aparentemente funciona como film de suspenso pero pienso que al final es un cuento de terror que da para hablar y escribir mucho más. Participó en la Sección Oficial del Festival de Cannes del año pasado y se estrenó en España en septiembre. Ha dividido opiniones, como se esperaba, y ha recibido dieciséis postulaciones al Goya de este año. Creo que es una gran obra.

LA PIEL QUE HABITO, España, 2011. Dirección y guión: Pedro Almodóvar, inspirado en la novela “Tarántula”, de Thierry Jonquet. Producción: Agustín Almodóvar y Esther García. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: José Salcedo. Música: Alberto Iglesias. Elenco: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Jan Cornet, Roberto Álamo, Blanca Suárez, Eduard Fernández, José Luis Gómez, Bárbara Lennie. Distribución: Cinematográfica Blancica.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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