Arte, tecnología e industria LO QUE DEJÓ EL OSCAR, por Pablo Gamba

El Premio de la Academia a la mejor película que recibió The Artist, y el espíritu retro de otras nominadas al Oscar, como Hugo, The Descendants, Moneyball y War Horse, han sido vistos como expresión de nostalgia. Se los ha considerado como muestras de que existe en el cine de Hollywood actual un deseo de volver a tiempos pasados que se considera mejores para el espectáculo cinematográfico y también para la sociedad, por efectos de la crisis económica mundial. Sería principalmente escapismo de un presente atemorizante.

Pero no se trata de algo tan chato, al menos en lo tocante a la película francesa ganadora. En la actualidad el cine atraviesa la transición del soporte fílmico a las tecnologías digitales de grabación, procesamiento de la imagen y proyección; los efectos visuales se desarrollan cada vez más, y un nuevo sistema de 3D se abre paso como alternativa para competir en las salas con el entretenimiento casero y las pantallas portátiles individuales. En la segunda cinta muda premiada con el Oscar desde 1929 hay una toma de posición en relación con todo eso, sobre lo que constituye la verdadera esencia y la fuente de la vitalidad del arte cinematográfico.

No se trata únicamente de que The Artist relate la historia de una estrella del cine mudo que, caída en desgracia por la llegada del sonido, encuentra la forma de conjugar la expresión del pasado con la nueva tecnología y hacerse partícipe así en la puesta al día del arte con las cintas musicales. Michel Hazanavicius, el director y guionista, se remontó a aquella otra época de transición tecnológica para demostrar que en el cine cambiante de hoy es posible, no sólo volver a hacer un filme parecido a los de finales de los años veinte, y que pueda impresionar por eso a los programadores del Festival de Cannes y a la Academia de Hollywood, sino también un producto que The Weinstein Company considere capaz de encontrar un público lo suficientemente amplio para que sea comercialmente viable.

Si los realizadores no tuvieron reparo en tomar prestado también de numerosas películas de la historia del cine sonoro, como notablemente ocurre con el Citizen Kane y también con Vertigo, en el caso de la música, además del eco de A Star is Born y Singing in the Rain que hay en la historia, eso respalda la idea de que el verdadero poder del cine no está en los aparatos nuevos que llegan a estar a disposición del cineasta. Se encuentra en todo el legado de 100 años de historia que hoy está disponible para usar. Esa es la verdadera caja de herramientas del cineasta, de acuerdo con la toma de posición que se desprende de The Artist.

Martin Scorsese añade con Hugo la necesidad de educar a los espectadores, con filmes para niños como el suyo, para que aprendan de qué se trata el cine que inventó el mago Georges Méliès. Pero podría replicarse que ese no es un planteamiento particularmente profundo. No hay nada allí sobre las preguntas acerca de Dios y la existencia humana, como en los filmes de Ingmar Bergman o Andrei Tarkovski; ni sobre la alienación, como en Michelangelo Antonioni. Tampoco es expresión de las inquietudes sociales y políticas que han encontrado cabida en tantas obras maestras del cine. Las películas no parecen ser para Michel Hazanavicius sino básicamente una forma de entretenimiento, y da la impresión de que Scorsese podría compartir hoy la misma idea, a pesar de su propia obra. De lo que se trataría es de hacer que el producto sea lo más refinado posible para los paladares experimentados.

La exclusión de Tintin de entre las nominadas, lo cual sólo puede atribuirse a las dudas acerca de que la técnica de captura de movimientos sea animación; el hecho de que el Oscar a los mejores efectos especiales no haya correspondido a Rise of the Planet of the Apes, a pesar de los avances en el desarrollo de la tecnología que permitieron la realización de ese filme, e incluso el premio para una cinta en 2D como Rango, sugieren además que la actitud predominante en la Academia de Hollywood con respecto a los cambios tecnológicos no es el optimismo de Hazanavicius. Parece ser, por el contrario, el temor y el rechazo a lo nuevo.

Es un fantasma que ha perseguido al Oscar en los últimos años, cuando se ha decantado por galardonar a las cintas que sobresalen por el dominio de las técnicas de la realización y de la actuación, como The Hurt Locker y The King’s Speech notablemente, en vez de aquellas que han introducido cambios tecnológicos de importancia histórica, como Avatar, o han ido más allá del virtuosismo para indagar en las fronteras de lo representable a través del cine, como ocurre con la fotografía de poca luz con cámara electrónica y en la búsqueda del umbral mínimo de lo comprensible en la mezcla de diálogos y ruido en The Social Network.

Lo mismo ocurrió este año con los cinco Oscar técnicos otorgados a Hugo. El filme de Scorsese se impuso con su fotografía espectacular a la más trascendente exploración de Emmanuel Lubezki de las posibilidades de movimiento de la cámara en The Tree of Life, y sus efectos visuales, que incluyeron el uso de las viejas maquetas y modelos a escala en la secuencia del accidente del tren, obtuvieron un inexplicable triunfo sobre Rise of the Planet of the Apes, una película que marca otro paso adelante en el desarrollo tecnológico.

Si bien la capacidad técnica de recuperar el cine mudo tendrá éxito en una cinta de 15 millones de dólares como The Artist, ese no es tampoco el camino principal que sigue el cine hoy. El desarrollo del espectáculo indica que el futuro será de los que aprovechen el avance de los efectos visuales creados por Weta Digital, la compañía de Peter Jackson, para Rise of the Planet of the Apes, no de los que continúen ensanchando la trocha para dar vuelta en U abierta por Hazanavicius. Si la audaz independiente Weinstein Company logró derrotar en número de premios a la líder del mercado mundial, Paramount Pictures, más relevante en ese sentido puede ser lo que ocurra en el futuro con la incursión de Industrial Light & Magic, la empresa de efectos visuales de George Lucas, en los largos de animación con Rango.

El verdadero sabio de los premios de la Academia sería entonces Woody Allen, quien en Midnight in Paris se burla de los que creen en la posibilidad del retorno a las edades de oro, como ocurre también con la nostalgia de los años setenta, en los casos de Alexander Payne, director de The Descendants, y Bennett Miller, realizador de Moneyball, o en el afán de ir aun más atrás en el tiempo, como Steven Spielberg en War Horse, su poco cristalizada mezcolanza de John Ford, David Lean y Stanley Kubrick. Irónicamente, el director de Annie Hall y Hannah and Her Sisters recurrió al homenaje a un clásico, Les belles de nuit de René Clair, para compartir la divertida crítica que hace ese filme de 1952 al culto al pasado. En este momento deben estar envolviendo la estatuilla al mejor guión original para enviársela a Nueva York, de donde Woody Allen prefiere partir a hacer cine a Europa, no a Hollywood.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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