Caballo de guerra LA MIRADA INFANTIL, por Pablo Gamba

Los niños de las películas de Steven Spielberg no son sólo personajes. Son además un recurso de focalización. A través de su mirada, que no es inocente sino ingenua –¿acaso no es ingenuo que creer en la inocencia de los niños?–, el cineasta se concede la licencia para sustraer de sus historias las consideraciones propias de una mente adulta. La bomba atómica, por ejemplo, es un fascinante resplandor en el horizonte, seguido de arabescos de colores en el cielo que contempla el niño protagonista de El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987), no la consecuencia de un sucio cálculo utilitarista de bajas militares propias y civiles muertos del adversario. Tampoco hay enemigos en ese filme: los aviones de combate japoneses son el referente real de los juguetes, al igual que el P-51 estadounidense, y el ritual de los pilotos kamikaze impresiona por su belleza, no por la eficacia destructiva de la aeronave bomba. Considerar la guerra de esa manera no es sino una regresión intelectual. No se trata de la representación verosímil de las cosas desde una perspectiva infantil sino de infantilismo.

La importancia focalizadora de esa mirada es subrayada en Caballo de guerra (War Horse, 2011) por el hecho de que el protagonista es un animal. Sin la relación con los personajes niños, que más bien son adolescentes infantilizados en la película, el caballo sería simplemente análogo al tiburón que le da título en español a un emblemático filme de Spielberg (Jaws, 1975): una criatura que no puede ser considerada inocente en comparación con quien no lo es, puesto que no puede sino ser fiel a su naturaleza. Tiene, sin embargo, un componente melodramático, puesto que el caballo protagonista es un animal de noble condición, llevado por azares de la vida a sufrir las privaciones del agricultor arrendatario pobre que lo adquiere como un desafío al rico, al principio, y la necesidad de venderlo lo lleva al frente de batalla después. Para que cristalice su representación como víctima de un destino injusto es necesario el niño que cree que es capaz de enseñarle a tirar del arado, por ejemplo. De esa manera el caballo demuestra que no sólo es bello sino que además es noble porque es útil. Igualmente, para que se sienta que está fuera de lugar en el campo de batalla son necesarios los jóvenes alemanes que se valen de él para creer que pueden evadirse de la guerra en la que se encuentran. El mayor logro de Caballo de guerra en materia de verosimilitud histórica es que no salen volando como los niños en bicicleta de E. T. (1982).

Podría argumentarse que en la manera como trata la guerra Spielberg en este filme, al igual que en El imperio del sol, subyace una crítica del patriotismo como causa de que unos pueblos emprendan la lucha contra otros. Ese sentimiento es por completo ajeno al protagonista del filme de 1987, que se identifica con el enemigo y hacia el final es adoptado por los estadounidenses como uno de los suyos, aunque es inglés. En Caballo de guerra el caballo, que un ser que no puede tener nacionalidad, pasa de manos de los ingleses a las de los alemanes y viceversa, con similar fortuna y desgracia. Encuentra corazones inocentes dispuestos a ocuparse de él en ambos bandos, cosa que sólo es posible en la Europa de la Primera Guerra Mundial en un filme del director de La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993). Pero si eso lo esencial del discurso antibélico es la hipótesis rousseauniana implícita, según la cual todos los hombres son por naturaleza iguales y hermanos, y son las naciones las que los dividen y los llevan a enfrentarse, eso es lo que se desprende lógicamente del infantilismo de la focalización. Spielberg trata a sus conciudadanos y a los espectadores de cualquier país como si se chuparan el dedo al criticar la guerra con un argumento como ese.

Hay en la filmografía del realizador obras en las que la mirada es más madura, como La lista de Schindler, Amistad (1997) o Munich (2005). Si algo tiene en común Spielberg con John Ford, además de tratar de copiarse la representación de la familia, es que en Ford, así como hay Las viñas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), está La ruta del tabaco (Tobacco Road, 1941), y a la Irlanda de El delator (The Informer, 1935) le hace contrapeso la de El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952). La diferencia es que la relación entre películas buenas y malas parece ser inversamente proporcional en el caso de Spielberg, quien a lo largo de su carrera ha sido principalmente un astuto director, que fue capaz de vender a los estudios la serie B y los seriales del pasado como base de los blockbusters que se han impuesto desde finales de los años setenta. Aunque las que han llegado a ser identificadas como más característicamente spielbergianas sean las películas que siguen la línea almibarada de E. T, quizás lo más auténtico de su cine está en filmes como Duelo (Duel, 1971) y Tiburón, o las rocambolescas aventuras de la serie de Indiana Jones (1981-2004) y de la que ha comenzado con Tintín (The Adventures of Tintin, 2011). Caballo de guerra, en todo caso, es una cinta que parece destinada a pasar pronto al olvido porque no aporta nada esencial a su obra.

CABALLO DE GUERRA

War Horse, Estados Unidos, 2011

Dirección: Steven Spielberg. Guión: Lee Hall, Richard Curtis, basado en la novela de Michael Morpurgo. Producción: Steven Spielberg, Kathleen Kennedy. Diseño de producción: Rick Carter. Fotografía: Janusz Kaminski. Montaje: Michael Kahn. Sonido: Gary Rydstrom. Música: John Williams. Elenco: Jeremy Irvine (Albert Narracott), Peter Mullan (Ted Narracott), Emily Watson (Rose Narracott), Niels Arestrup (abuelo), David Thewlis (Lyons), Tom Hiddleston (capitán Nicolls), Benedict Cumberbatch (mayor Jamie Stewart), Celine Buckens (Emilie). Duración: 146 minutos. Formato: filmado en Super35 mm con intermedio digital, exhibido en35 mm anamórfico o D-Cinema, 2,35:1, color y blanco y negro, sonido SDDS, DTS o Dolby Digital.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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