El libro de Esther NOSTALGIA DEL AMOR PERDIDO, por Alfonso Molina

Tras doce años de haber sido publicada por Lengua de Trapo en Madrid, la segunda novela de Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) recibió el año pasado una segunda edición en Caracas por parte de Relectura, sello de la cooperativa Lugar Común, que la rescata de la desmemoria nacional y la ubica en su espacio natural. Aunque la anécdota de El libro de Esther se estructura sobre un viaje a Tenerife en busca del amor de la adolescencia, su médula expresiva se sitúa en las fragilidades de un joven observador de su tiempo, a través de su narración en primera persona. Aquellos años ochenta del siglo pasado, signados por el comienzo del declive económico y social de Venezuela y por el agotamiento de un modelo político —estamos hablando del viernes negro de febrero de 1983, de la transición de Luis Herrera Campíns a Jaime Lusinchi al año siguiente, del reconocimiento de la famosa década perdida en América Latina, de la renuncia a la inocencia manifestada en el doloroso 27 de febrero de 1989, entre otras cosas— conforman el entorno que abriga el encuentro entre el narrador y su amor perdido, momento añorado que más de un dácada después lo hará montarse en un avión a las islas Canarias, mientra intenta convencer a un anciano que muchas más personas muere viajando por tierra que por el aire. Claro, hay cosas más graves.

Había leído y escuchado elogios sobre El libro de Esther pero sólo fue a finales del año pasado cuando pude sumergirme en sus páginas para descubrir una pieza primeriza en la producción literaria de Méndez Guédez, que no sólo expuso en su momento su talante creador sino también sus vertientes narrativas que —tras recibir influencias de Garmendia, Massiani, Balza— han tenido injerencia en la carrera de otros escritores venezolanos. La adolescencia como patria afectiva, la promesa del sueño, el amor inasible, el presente insatisfactorio, la huida de la realidad. No en balde Eleazar es periodista. Define su circunstancia vital. Tampoco deja de tener sentido su disputa con Villalba, jefe de la redacción. Es el personaje que reseña la realidad, la cotidianidad, lo que sucede ante sus ojos pero se siente incapaz de asumir su vida ni el recuerdo de Esther ni mucho menos el amor de Marilyn ni lo que se espera de él. Es un marginal de la corriente normal de un país y su gente, que se aferra a su nostalgia por el amor perdido. Y ya se sabe que la nostalgia tiene que ver con muchas cosas pero no con la realidad.

El carnaval de Tenerife conforma otro escenario propicio para ese viaje de evasión. Todos juegan con sus máscaras pero siempre prevalece la memoria de las raíces, sobre todo a través de la conciencia del inmigrante. Esa heterogénea noción de la venezolanidad que combina el béisbol con la Billo’s o las fiestas del Círculo Militar con el primer amor en el liceo, sin ningún aire de epopeya o de idealismo o de proyecto personal o de país, define la geografía personal de Eleazar: sus mujeres, su empleo, su dolor, sus ansias. su historia es muy personal, muy individual, definitivamente solitaria. Su avión se desplaza espacial y temporalmente para ubicarlo en una realidad distinta pero afín, reconocible, que matiza la búsqueda de aquella muchacha que no ha visto en trece años y que un día se marchó a la tierra de su padre, tal como éste había llegado a Venezuela décadas atrás. Viajes de aquí hacia allá o viceversa en pos del futuro pero que, a la vuelta de una esquina cercana o lejana,  conducen al pasado.

El narrador barquisimetano demuestra El libro de Esther el pulcro dominio narrativo de lo que parece una experiencia personal. Cuando la publicó por primera vez, en 1999, contaba treinta y dos años, en la víspera de un nuevo y desconocido milenio que ha sido determinante para los venezolanos. Podría decirse que es una obra de juventud que debe  prefigurar una trayectoria más densa, tanto en la prosa corta como en la novela. Por su frescura y su rigor sigue siendo recordada y alabada como pieza importante en el panorama literario de este lado del Atlántico. Me dejó las ganas de leer otras obras suyas.

EL LIBRO DE ESTHER, de Juan Carlos Méndez Guédez. Relectura. Lugar Común, cooperativa editorial. Caracas, 2011.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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