Parque Central ¿METÁFORA DEL PAÍS?, por Mitchele Vidal

Hubo un tiempo en el que construíamos. Un tiempo donde grúas y enjambres de trabajadores formaban parte de nuestro paisaje. Un paisaje cambiante, con miras al futuro, con fuentes de trabajo; porque la industria de la construcción -gran generadora de empleo- mantenía activos a ingenieros, arquitectos, técnicos y obreros. Y no estoy hablando de aquellos años cincuenta donde se perfiló la nueva silueta de Caracas. Estoy apuntando a los no tan lejanos setenta que trajeron consigo el inicio de la construcción del Complejo Urbanístico Parque Central. Mega obra que incluye edificaciones para distintos usos: habitacional, corporativo, comercial, cultural y recreacional.

Recuerdo haber ido con mi papá a ver la maqueta. ¡Cómo olvidarla! Si en aquella representación, a escala y en plástico, las torres este y oeste casi alcanzaban mi estatura de entonces.

Desde 1979 (cuando se inauguró la Torre Oeste) hasta 2003, las dos torres llevaron el título de los rascacielos más altos de América Latina. Parque Central le ofreció a Caracas una nueva forma de vivir. No mejor ni peor. Nueva.

Una ciudad en crecimiento con una amplia oferta para sus residentes. Muchos de los apartamentos fueron adquiridos por músicos, escultores, arquitectos, gente ligada al arte. Clase media caraqueña que no le tuvo miedo a una propuesta urbana llena de dudas razonables planteadas en términos de densidad, escala y complejidad, apostando a lo novedoso de la propuesta. A medida que transcurría el tiempo esa oferta se enriquecía con nuevos espacios para el arte, la gastronomía, la cultura y el entretenimiento que fluía desde allí hacia los museos y más tarde (1983) hacia el teatro Teresa Carreño.

El Museo de Arte Contemporáneo, dirigido entonces por Sofía Ímber, ganaba terreno dentro del complejo e irradiaba artes plásticas hacia los espacios abiertos del conjunto. Hoy, quedan apenas vestigios de magníficas obras de Gego y Jesús Soto -por nombrar algunas- dignas representantes del arte contemporáneo venezolano. En cualquier país del mundo estarían conservadas como lo merecen porque forman parte de su patrimonio.

Pero la cimiente del futuro desastre fue sembrada junto a las fundaciones de las mega estructuras: falta de mantenimiento. Así lo dice Henrique Vera en entrevista a Daniel Fernández Shaw para la edición 58de la revista del Colegio de Arquitectos de Venezuela: “En Venezuela ‘mantenimiento’ es una mala palabra”. De modo que el Centro Simón Bolívar, empresa del Estado a quien pertenece la administración del complejo ha manejado “discrecionalmente” el mantenimiento, con el consecuente perjuicio que esto trae a cualquier edificación. Máxime a una de semejantes dimensiones.

Nuevos compromisos de trabajo me llevan cada día a recorrer sus espacios. Para llegar a la oficina debo subir cuatro escaleras, luego bajarlas y de nuevo volver a subirlas porque no sirven los ascensores y está interrumpida la conexión entre el núcleo de llegada y el de destino. Créanme, me crispa pensar en los que invirtieron sus ahorros en una propiedad allí y en los que la habitan.También en los que se esfuerzan en mejorarlo.

Hoy, Parque Central es una ruina contemporánea donde se avecinan toneladas de basura y los peores olores que uno pueda imaginar en un sitio que fue referencia de arquitectura. No hay un metro de piso sin una grieta; un tramo completo de cielo raso. Ni hablar de instalaciones eléctricas, estacionamientos y ascensores. No queda ni la sombra del antiguo Museo de Arte Contemporáneo, no tiene programación periódica y hay poca difusión de lo que ocurre. Eso sí, abunda la demagogia, como en el resto del país.

Parque Central sigue siendo sede de algunos ministerios, asimismo terreno fértil de “misiones”. Allí llegan camiones cargados de dádivas estatales; se improvisan tarantines que ofrecen caraotas, café y otros productos de la cesta alimentaria que antes producíamos y ahora importamos de China, Brasil, Argentina y otros proveedores de confianza del gobierno. Naturalmente, para acceder a esta mercancía hay que hacer largas colas. Pero hay banderas, mucho amarilloazulyrojo para ensalzar lo patrio, lo autóctono. Como si eso, cubrirlo todo de amarilloazulyrojo fuera suficiente para enaltecer lo nuestro.

Aunque alrededor todo huela a podrido.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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