El cinturón de castidad MITO ÚTIL DE UN OBJETO INÚTIL, por Antonio Mendoza Wolske

La exposición «Los cinturones de castidad – Mito y realidad» en el Palacio Falconieri, en Roma.

Desde Roma. Un soldado (el popular cómico Pippo Franco) regresa de las cruzadas y se enamora de la mujer del vecino (la pimpante Edwige Fenech); éste (Umberto D’Orsi) trata a su vez de ponerle los cuernos, mas el exguerrero celoso y en celo ha blindado la virtud de su mujer (la bellísima Karin Schubert) con un cinturòn de castidad. Sólo que la astuta fémina posee una copia de la llave… Es el inicio del film Quel gran pezzo dell’Ubalda tutta nuda e tutta calda -dejemos la traducciòn en manos del lector malicioso-, dirigido por Mariano Laurenti en 1972 y que, tan aborrecido por la critica como aplaudido por el público -costó  noventa millones de viejas liras y ganó setecientos millones-, es hoy un cult del trash pulp gracias entre otros a Quentin Tarantino, quien confesó que la Fenech era punto de partida y de llegada de sus juveniles fantasías onanistas. Lástima que, tras haber visto la exposición ‘Los cinturones de castidad – Mito y realidad’ en el Palacio Falconieri, sede de la Academia de Hungría en Roma (organizada por el Museo, Biblioteca y Archivo de Historia de la Medicina de Budapest del 17 de febrero al 18 de marzo), venimos a saber que el centro de las intrigas e intríngulis del film -el cinturón de castidad- gozó de una existencia únicamente metafórica y virtual hasta los albores del siglo XIX; y que el mito del cruzado que cree exorcizar los cuernos con el mágico artilugio es una de las numerosas supercherìas que la «Historia» con mayúsculas y entre comillas nos ha endilgado por centurias.

En efecto, la temprana literatura referida al cingulum castitatis no se refiere a un objeto real y concreto, sino a una actitud moral que blinda la impolutez de los íntimos recovecos feminiles. Es el caso del papa San Gregorio Magno (siglo VI), Alcuino (siglo VIII), San Bernardo de Claraval (siglo XII), Nicolaus Gorranus (siglo XIII) y nada más y nada menos que de Giovanni Boccaccio, quien habla del virtual «cinturón de la virtud» sólo en sus escritos filosófico-morales en latín; jamás lo menciona en el Decamerón, compendio por antonomasia del Eros del siglo XIV y sucesivos. Tampoco Geoffrey Chaucer lo menciona en sus salaces Cuentos de Canterbury, ni el picantísimo Rabelais en ninguno de sus escritos. Hay que esperar al siglo XVI para encontrarnos con el Señor de Brantome, chismógrafo oficial de la corte de Francia, el cual refiere la historia de un mercader florentino que, habiendo comprado en París un cinturón de castidad y habiéndolo ampliamente recomendado a sus amigos, descubre que todas y cada una de las usuarias habían encontrado el modo de forzar la cerradura. Sólo que esta simpática historieta aparece, no en los manuscritos originales, sino en la ediciòn de las obras de Brantome hecha en el siglo XIX por Prosper Merimée. Como luego veremos, el autor de Carmen tenía una marcada obsesión por él en más de un sentido mítico objeto; y, de todas maneras, confirma una observaciòn del Lèxico Universal de Johann Zedler (1732-63): «Es de cualquier manera dudoso que el cinturón pueda ofrecer adecuada seguridad, ya que la mujer puede fàcilmente eludir sus funciones cambiando la posiciòn del cuerpo» Igualmente, las refinadas malas lenguas de Tallemant Des Réaux y de Madame de Sévigné habìan ya, un siglo antes, puesto en duda la eficacia del cinturón como barrera y vacuna contra el adulterio.

Por cuanto se sepa, el primer cinturón de castidad concreto y auténtico llegado hasta nosotros se encuentra en la colecciòn del Palacio Ducal de Venecia, y fue catalogado por primera vez en 1548; se atribuye su proveniencia a los haberes de Francesco II Da Carrara, último señor de Padua independiente. Atribución discutibilísima: el inventario del legado de Francesco, hecho en 1405, no lo menciona mínimamente. El porqué de la atribución: habiendo perdido la guerra, Francesco y su pequeño hijo fueron asesinados en la cárcel, y para justificar la anexión de Padua a los territorios venecianos se quiso crear el mito de un sátrapa sádico y depravado, bien contrario a lo que las crònicas refieren del desafortunado Francesco. Este armatoste -tan pesado y rústico que podría funcionar solamente como instrumento de tortura- fue visto y reseñado por miríadas de cronistas, que se divirtieron a divulgar y consolidar el mito de un adminiculo bárbaro y antihumano; y sirvió de modelo a numerosas falsificaciones. Los cinturones pseudomedioevales del British Museum y del Museo Nacional de la Edad Media de Cluny (uno de los cuales atribuido a Catalina de Médicis y adquirido, segùn los archivos, a un cierto «M. Merimée», ¿os dice algo este nombre?) no resistieron a las modernas técnicas de datación de objetos: eran falsificaciones realizadas en el siglo XIX. ¿Por qué esta obsesión por crear un mito tan estrambótico como equívocamente picante?

El siglo XVIII trató de demostrar, por las buenas o por las malas, que antes del Siglo de las Luces existió solo la Edad de las Tinieblas; atribuir al Medioevo un artefacto tan bàrbaro como infuncional daba lustre y brillo a la nueva era. La ‘Enciclopedia’ de Diderot y D’Alembert (1751) se deleita en describir este «instrumento tan infame como lesivo a la sexualidad»; ìdem otros compendios como la ‘Enciclopedia Económica’ de Johann Georg Krunitz publicada a fines del siglo XVIII. Voltaire, que de tonto no tenìa un pelo, propuso en su cuento en verso ‘Le Cadenas’ (‘El Candado’, 1724) una variante iluminada e iluminista del «cinturón moral» de San Gregorio Magno y compañía: el verdadero amor como garantía de fidelidad. La moral victoriana (que poco o nada tiene que ver con su epónima la Reina Victoria, tan avezada a los temas sexuales como conspicua fumadora de marihuana, importada para ella especialmente de la India) quiso justificar el propio uso y abuso del cinturón de castidad -que, a más de podar los cuernos, seria en grado de impedir el nefando «vicio solitario» tan aborrecido por los retorcidos cerebros decimonónicos- a través de falsificaciones «medievales» que repletaban por los museos, convalidadas por una historiografía pseudocientífica que, Dios y Freud mediante, hoy forma parte de lo que Margarethe Von Trotta llamó «el basurero de la Historia».

En fin, la muestra nos demuestra que el cinturón de castidad fue inventado como objeto tangible y utilizable en el siglo XIX, y su espuria historiografìa nace en el siglo XVIII. Como el monstruo de Loch Ness, el marciano de Roswell, el Yeti, Luis XVII y Anastasia (que hoy descansan en paz gracias a la prueba de ADN) o el cacique inventado por un barman del Hotel Tamanaco, el tan inútil como atractivo trasto es hijo de la mentira, y aborto de la «modernidad»; no del difamadísimo Medioevo. Pero la leyenda del cruzado que, antes de invadir otros países por «justas» razones económico/religiosas, coloca a su consorte el malfamado artilugio, resiste y resistirá en la mente de los papanatas como la historia de los leones en el Coliseo, el cual jamás presenció un martirio cristiano. Bien lo dijo Borges: «lo que uno cree es tan real como la realidad, si no más».

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a El cinturón de castidad MITO ÚTIL DE UN OBJETO INÚTIL, por Antonio Mendoza Wolske

  1. pues muy curioso saber que existio el cinturon de castidad yo creo que si existiera hoy en dia uvieran muchos suisidios de mujeres jovenes bueno por lo menos yo no lo soportaria

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