Deseos culpables UNA ADICCIÓN FEROZ, por Robert Gómez

El inesperado titulo Deseos culpables ilustra poco o casi nada los verdaderos padecimientos que sufre Brandon Sullivan, el protagonista de Shame/Verguenza, el controversial y perturbador film de Steve McQueen, ese feroz director con nombre de actor feroz que tambaleo los cimientos de las carteleras mundiales de 2011 con este film oscuro e inquietante.

Nacido en Londres (1969), McQueen sorprendio con Hunger (2008), cronica de la huelga de hambre que lidero Bobby Sands a favor del IRA: ello dentro de los muros de una prision de maxima seguridad en Irlanda del Norte a principios de los ochenta.

En Shame/Verguenza, el hambre se transforma en infierno. El  que vive Brandon va en la piel, en las entrañas. Una pulsion que nunca le abandona y le arrastra hasta el oprobio. La culpa no está presente, eso sí, la verguenza de la que habla el titulo original, no tarda en aparecer, en acosarle.

Su incapacidad para establecer una relacion verdadera con otro, incluida su inestable hermana menor, es el motor de esa pulsión, tan fría como su apartamento. Tan lacerante e incómoda como la mirada que lanza sobre sus potenciales amantes.

La adicción de Brandon es voraz. Su actitud insaciable es alimentada por su vacío existencial. Un vacío aparentemente confortable que su hermana perturba. Brandon se mira a sí mismo, solo cuando el espejo fraternal desfila por su estancia.

McQueen practicamente prescinde de las palabras para elaborar este riguroso retrato sobre la adicción sexual. El arranque del film es toda una declaración de principios, estéticos y sobre aquello que cuenta.

Complice crucial acá –después de su actor protagonista, Michael Fassbender, el mismo de Hunger–, es la partitura compuesta por Harry Escott (Camino a Guantanamo, 2006). Los acordes sostienen al personaje y mantienen hipnotizado al espectador. Le seducen y sumergen en ese viaje subterraneo.

Suma otro tanto ese empeño en fragmentar y deconstruir el devenir del tiempo. Esa sugerente capacidad para abolir las reglas de la física en favor de una atmósfera tan incómoda como exquisita.

Fassbender borda un personaje amargo, distante, frío, furioso. Un lobo solitario que enloquece ante la llegada de esa hermana frágil que grita a los cuatro vientos una manifestación de afecto. Mulligan traza el contrapunto ideal, convirtiéndose en esa fuerza devastadora que tuerce la inquietante perfección del mundo de Brandon.

Éste a ratos se comporta como un verdadero serial killer. El hombre es una criatura al acecho y como tal desanda las calles de Nueva York, incluso allá donde intenta expiar su comportamiento. Este único revés de un film que en nada necesitaba ese aderezo de moralina que aflora casi al final, pero que por fortuna logra recuperarse en ese cierre abierto, pasto de la angustia.

McQueen compone los círculos infernales a la medida de los demonios de su personaje. Y en ese principio y fin que sacuden a contracorriente el control de Brandon, emerge la mejor y mayor carga provocadora del film y su realizador.

Twitter: @cinemathon

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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