Mi encuentro con Antonio Lauro en la Piazza Della Signoria, por Mary Carmen Argelich.

Esta era mi última tarde en Florencia. Ahora comprendo por qué al mencionar esta ciudad la reacción más habitual de quienes escuchan es un nostálgico suspiro. No hay nada más hermoso que presenciar el ocaso desde Ponte Vecchio, donde una lluvia de oro colorea el escenario. Las fachadas amarillas y ocres se tornan doradas y extienden su reflejo en las dormidas aguas del Arno, que más bien pareciera convertirse en un espejo.

No es fácil perder en la memoria las portentosas obras de arte que gracias a Lorenzo de’ Medici  y su corte de artistas dan vida a esta ciudad. La casa de Dante Alighieri, que nos recuerda su viaje por el infierno, el purgatorio y el paraíso;  la  Catedral  Santa María del Fiore con su cúpula de Brunelleschi;  la puerta del Baptisterio con los relieves de  Ghiberti, a quien el mismo Miguel Ángel la hizo merecedora de ser La Puerta del Paraíso; y  La Noche de Miguel Ángel, esa figura desnuda que duerme  realmente un sueño tranquilo sobre la tumba de Giuliano de’ Medici,  y que al menor  ruido puede abrir sus ojos, volver a la vida, y recuperar la libertad perdida.

Durante mi estancia, recorrí sus calles sin pasar ninguna por alto, todas llenas de recuerdos e impregnadas de una procesión de grandes hombres como Dante, Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci; sin olvidar a Maquiavelo, quien supo recordarle a Lorenzo “El Magnífico” los deberes de quien se encuentra al frente de un Estado.

Las comparaciones no tardaron en llegar. He sido testigo de la transformación del país donde nací, Venezuela. La desconozco en mi fracaso por encontrar un sin fin de cosas que dejaron de existir. Un país escaso y sediento de lo que tanto le sobra a esta maravillosa ciudad que vio surgir el Renacimiento. Lamenté el semblante de las sucias calles de mi capital,  el menoscabo de la cultura y el arte ante el casi inexistente apoyo del Estado, la escasa libertad y la delincuencia, el exilio de mis amigos; y lo que es peor aún, quizás el mío. Recordé lo que había sido Caracas, la hermosa ciudad de los techos rojos, cuya belleza no está en grandes obras de arte ni museos, sino en la prodigiosa naturaleza y su gente que tanto me gusta. Era la contemplación de un pasado desvanecido que pareciera no volver. Comencé a soñar con una Venezuela libre de la barbarie y de ideas revolucionarias que nos conducen al inevitable camino de la servidumbre, pobreza y auto destrucción.

Así continué mi camino, sin dejar de grabar en mi mente las últimas imágenes que me regalaba la ciudad florentina y llevarlas conmigo a Venezuela.

Llegué a la Piazza Della Signoria. Un verdadero museo al aire libre. La fuente de Hércules en el mismo lugar donde Savonarola, con su alma republicana y usando el Evangelio como arma de su revolución, fue quemado en la hoguera como un hereje; el Palazzo Vecchio, en cuya entrada permaneció hasta 1873 el original del héroe bíblico que había derrotado al gigante Goliat y a quien Miguel Ángel convirtió en una espléndida estatua de mármol llamada David. Allí me quedé observando a Menelao,  rey de Esparta, sujetando el cuerpo de Patroclo, los atletas con marcados músculos arrebatando sobre sus hombros a las sabinas desnudas, y al célebre Perseo de Cellini, mostrando en alto la cabeza de Medusa.

Mientras, Justyna Janiczak sentada al pie de Hércules venciendo al centauro y con una guitarra en sus manos, tocaba una melodía que demostró la perfección de su arte frente al público. Mis ojos, clavados en tan fastuosas esculturas, se voltearon hacia la rubia muchacha  rodeada de un grupo de admiradores.

Esa música me era conocida, sabía que la había escuchado en otras oportunidades, pero no lograba recordar ni el título ni el autor. Seguí disfrutando de tan bella melodía hasta que logré recordar su procedencia. Pasaron solo segundos para que de mis ojos cayeran las primeras lágrimas producto de la nostalgia por mi patria, la que minutos antes comparaba con rabia, decepción y dolor con la hermosa ciudad Toscana. Eran las notas musicales del vals venezolano compuesto por Antonio Lauro llamado El Negrito. Me acerqué a Justyna, y le dije con orgullo que era venezolana. La joven muchacha rubia, de cabellos cortos y tez muy blanca me regaló su CD donde aparece dicho vals. Sonriendo, me hizo saber en inglés pero con acento de algún lugar de la Europa del Este su admiración por la música de Venezuela. Siempre, con deleite, la interpreta en cada uno de sus recorridos. A partir de ese momento, comprendí que la belleza no solo es redentora, sino que permanece latente en los rincones más extraños de nosotros mismos.

Fueron muchas las relaciones que dejé en esta ciudad como para olvidarme de ella. Miguel Ángel, el Dante y Ghiberti encabezan la lista, pero la más importante resultó ser la que mantuve con Antonio Lauro en la Piazza Della Signoria.

 


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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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