Atacar al CNE ¿QUIÉN GANA Y QUIÉN PIERDE?, por Trino Márquez

Que se sepa, hasta ahora nadie en su sano juicio ha pensado que el CNE, órgano del régimen chavista, funciona como un ente neutral, que vela porque las elecciones sean procesos transparentes en los que se imponga la imparcialidad y la trasparencia. Todo el mundo sabe que la autocracia, luego de controlar la Asamblea Nacional a su antojo, producto de la abstención en las elecciones legislativas de 2005, impuso su mayoría en todos los poderes del Estado. Entonces, constatar lo evidente —que el caudillo domina todos los poderes, incluido el CNE— carece de originalidad.

¿Qué hacer frente a esa realidad inmodificable? ¿Exigir cambios que no se darán? ¿Abstenerse? ¿Descuartizar al organismo electoral? Creo que lo único posible, dadas las circunstancias en las cuales nos encontramos, es exigirle a la autoridad electoral que le imponga normas mínima al candidato presidente y que reduzca su desmedido ventajismo y abuso de poder. Convertir al  CNE en un adversario, en un enemigo a vencer, en objeto de denuncias implacables, constituye un grave error que solo contribuye a que se estimule la abstención y se “enfríe” un volumen de votos que pondrían en un grave riesgo el triunfo el 7 de octubre.

Quienes lo hagan, se equivocan de plano. La confrontación con el CNE solo favorece la estrategia del régimen, interesado en que los votantes democráticos se convenzan de que no tiene sentido votar porque las elecciones están amañadas y los resultados preestablecidos por un mecanismo perverso que de antemano fijó los resultados que darán como ganador a Hugo Chávez, independientemente de cuál sea  la voluntad del electorado. Pierden de vista que el problema fundamental no reside en el CNE, sino en los partidos y fuerzas que se oponen al Gobierno. Estos grupos deben garantizar que todas las mesas electorales estén atendidas que haya testigos en cada una de ellas y que cada una de la fase del proceso electoral sea atendida con eficacia y cada problema que surja resuleto con diligencia. Todo lo demás es pastoeo de nuebes.

Las dictaduras —o semidictaduras— se derrotan con los instrumentos que ellas mismas proporcionan. Ese fue el caso de los sandidnistas, obligados a convocar elecciones por la presión del contexto internacional, o de Augusto Pinochet, forzado por las circunstancias internas. En ambos entornos, los sectores democráticos nicaragüenses y chilenos se vieron forzados a participar en proceso comiciales en los que ellos no podían imponer, ni exigir, condiciones equilibradas porque, simplemente, las elecciones no se habrían realizado. A pesar de la atmósfera adversa, de las asimetrías, de las injusticias impuestas por esos gobiernos abusadores, la voluntad popular logró imponerse. En Nicaragua ganó, contra todos los pronósticos, Violeta Chamorro; en Chile triunfó el voto que impidió que el autócrata permaneciera por un período adicional  en el poder.

Los ataques despiadados al CNE solo benefician al teniente coronel y a la camarilla que lo apoya. Fomentar leyendas urbanas como el cable submarino a Cuba o el satélite chino, únicamente contribuye a desmovilizar a los votantes de la oposición y sembrar dudas y resquemores en las filas del electorado opositor. Este enfriamiento del electorado le interesa al Gobierno. Congelar votos opositores por la duda y la desconfianza es lo que persigue el régimen. No hay que complacerlo.

Nuestra labor tiene que consistir en invitar a votar. Cubrir con nuestra presencia todas las mesas de votación. Llenar de optimismo y confianza a los votantes, a pesar del ventajismo que propicia y avala el CNE y cuidar cada etapa del proceso. Frente a la voluntad de pueblos decididos a salir de unos gobernantes pésimos y corruptos no hay argucia ni triquiñuela que valga.  Esta verdad la han demostrados numerosas naciones.

 El único que obtiene beneficios con los ataques desmedidos al CNE es el Gobierno: Capriles ha comprendido este axioma, por eso no  pierde tiempo en denuncias que carecen de sentido. Con esas acusaciones, a dos meses de las elecciones, gana el régimen   y pierde la oposición.

 @tmarquezc.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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