Pavese, 62 años después REQUIEM PARA UN HOMBRE SOLO, por Silvia Dioverti

La cosa más secretamente temida sucede siempre

Escribo: Oh Tú, ten piedad. ¿Y después? Basta un poco de valor.

Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir y se debilita la idea de suicidio.

Parecía fácil, al pensarlo.

Y, sin embargo, hay mujercitas que lo han hecho.           .

Hace falta humildad, no orgullo.

Todo esto da asco. No más palabras.

Un gesto. No escribiré más.

Fue el viernes 18 de un agosto cálido y luminoso, mientras el verano en Italia alardeaba con su fasto de sabores y colores, cuando Cesare Pavese hizo las últimas anotaciones en su diario comenzado quince años antes, el 6 octubre de 1935. Y la melancolía que lo había acompañado de cerca, esa lúcida melancolía que le ganó a su instinto de conservación, lo llevó al suicidio –apenas nueve días después–  en un hotel de Turín.

“La cosa más secretamente temida sucede siempre”, repite Pavese en diferentes momentos de El oficio de vivir. ¿Había, pues, en Pavese –como para Orwell en su 1984–, una habitación 101 en la que los terribles fantasmas del ser humano, de cada ser humano, cobran apariencia y lo entregan, pies y manos atados, a lo indecible? ¿Era para Pavese esa habitación 101 el rostro de una mujer, el rostro de Constance Dowling? Quizá. Pero no el único rostro. Detrás de ella, sobre ella, abarcándolo todo –huella insoslayable en su propio sudario de Turín– el rostro de la vida, que no soporta ser mirado con demasiada lucidez, lo obsedía.

Signado por esa lucidez y por esa melancolía que nacen del conocimiento de sí mismo y del otro, Pavese estaba solo. Incapaz de “la fuerza de la indiferencia, aquella que ha permitido a la piedra durar inmutable durante millones de años,” el hombre y el poeta era una sola carne expuesta, erosionada, sensible hasta el martirio: “El dolor no es en modo alguno un privilegio, un signo de nobleza, un recuerdo de Dios. El dolor es una cosa bestial y feroz, trivial y gratuita, natural como el aire”.

Releyendo en este agosto de 62 años después El oficio de vivir, una inmensa tristeza, una inquietante melancolía me acosa: ¿de qué sirve que otros antes que nosotros hayan visto y nos hayan advertido? Dormimos, duramos. El grito de Pavese se ha vuelto inaudible para una sociedad que no tolera otra filosofía que la del carpe diem. “Quien no se salva a sí mismo no puede ser salvado por nadie”. No hay, pues, salvadores externos, fin de la utopía. Leo al hombre para quien el oficio de vivir pasaba por la laboriosa tarea de estar solo y no deja de obsesionarme esta pregunta: esa muerte “toda tiempo y toda eternidad”, ¿habrá venido, por fin, como él la había previsto: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos?

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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