Con las fotos de Carlo Ricardi LA DOLCE VITA VIVE, por Antonio Mendoza Wolske

A sus 86 años, el paparazzo Carlo Ricardi rememora los años de Fellini y su célebre película.

Roma, Vía Véneto, finales de los cincuenta e inicios de los sesenta. La empinada avenida que nace en Piazza Barberini (engalanada con dos fuentes diseñadas nada màs y nada menos que por Gian Lorenzo Bernini) y culmina en los vetustos muros de la Porta Pinciana (antesala del más espectacular de los parques de Roma: Villa Borghese) pululan las Very Important Persons… y de otras muchas cosas. Reyes, nobles, actores y artistas se entremezclan en los night-clubs y restaurantes con fotógrafos de asalto, reporteros de chismografía, gigolós y starlets en busca de “protectores”, y variopintas criaturas de diversas especies. El ex rey Farouk cena con su flamante esposa italiana, tan joven como entradita en carnes; Walter Chiari le cae a puños a Tazio Secchiaroli, culpable de haberlo fotografiado en la dulcísima compañía de Ava Gardner. Un film da nombre a este triste/alegre pandemónium: La Dolce Vita (1960) de Federico Fellini. Un film escandaloso —el Vaticano lo declaró pornográfico— e incómodo a muchos que hoy, a medio siglo de distancia, se nos muestra como una severa “Danza de la Muerte” que denuncia el vacío espiritual de una locura colectiva hija del exhibicionismo frívolo, de la moda y de la curiosidad morbosa de quien quisiera estar y no está. Pareciera que esta “dulce vida” hubiese muerto; pero para los enamorados de Roma que conocemos bien la Urbe existen aún rescoldos de la antigua llama. Para muestra un botón —!y qué botón!—: la Serata del Cantagiro en el Billions Via Veneto, ex Rupe Tarpea, el miércoles 11 de julio a las 19.30 horas.

La excusa (entre paréntesis, cuando se trata de inventarse un motivo para un guateque, la imaginación de los romanos se vuelve hiperférvida): los cincuenta años del Cantagiro, festival sonoro creado por Ezio Radaelli en 1962, e ideado según la leyenda justamente en la entonces nomenclada ‘Rupe Tarpea’, hoy ‘Billions’. Se trata de una caravana canora que recorre Italia ofreciendo shows en vivo en busca de nuevos talentos, animada con la presencia de artistas consagrados: Domenico Modugno, Adriano Celentano, Rita Pavone o Wilma Goich, por citar algunos. Una especie de San Remo itinerante que lanzó nombres como Amedeo Minghi, vencedor de la edición 1990 y premiado durante la soirée, y que aún transita el Bel Paese a la caza de gargantas áureas. De todas maneras, más que la música la protagonista de la velada fue la imagen pictórica y fotográfica, como luego veremos.

El lugar de los hechos: el Billions, vía Vittorio Véneto (el nombre completo de la celebérrima avenida) número 13, a un paso de la Casa Argentina y de la morbosísima Cripta de los Capuchinos, tétricamente decorada con millares de huesos humanos. Autodefinido “location de relax diversificada en dos niveles”, el piso inferior —Billions Luxure Gaming Hall— de este night-club/sala de juego/lugar de eventos dispone de ‘slot machines’ a disposición de los amantes del azar; el piso superior —siempre bajo el nivel de la superficie, bautizado Billions Multimedia Café— acoge iniciativas culturales y mundanas de diversa índole, bajo la supervisión y promoción de Antonella Ferrari y Mónica Mabelli. En este espacio, el mismo en el que en los años sesenta pululaban Marcello Mastroianni, Frank Sinatra, Liz Taylor, Richard Burton y pare usted de contar, una fiesta/performance tan ‘light’ de carácter como densa de contenido nos deleitó con músicas, trajes (el look Dolce Vita era ‘de rigueur’), personas y personajes y, sobre todo, con protagonistas de aquella mundanidad de ensueño, algunos presentes en espíritu y otros vivientes y coleantes. Nos referiremos a dos de ellos: la pintora Novella Parigini y el paparazzo Carlo Riccardi.

Novella Parigini (1920-1993) tenía su atelier en la histórica vía Margutta y murió exactamente un mes antes que su vecino y amigo Federico Fellini. Bella, desprejuiciada, talentosa y famosa (Kennedy le encargó un Cristo, que no fue entregado por imprevistos y luctuosos motivos), fue amante de media Hollywood y hay quien dice que de tres cuartos; sus enemigos la denostaban acusándola de ser una artista complaciente y facilona, que se había impuesto gracias a sus potentísimas amistades y a su sentido de la autopromoción. Símbolo de la Dolce Vita como artista y como personaje, tarde o temprano la Historia del Arte devolverá a Novella a las alturas que se merece (como ha sucedido recientemente con Tamara de Lempicka, y un poco antes con Frida Kahlo), pues su obra —y que se roan los envidiosos— es fascinante y de indiscutible calidad, y sobre todo porque no está en manos de todos crear una iconografía. Entre sus numerosas correrías se cuentan los frescos de la Iglesia de San Pedro de los Chaguaramos en Caracas; id a verlos, pues valen su peso en oro.

Así como la expresión dolce vita ha pasado a ser multilingüe y paradigmática, la palabra paparazzo es hoy patrimonio del entero planeta. Inventado por Fellini ‘ad hoc’ para el film, el término en italiano asume por lo general connotaciones peyorativas; Carlo Riccardi no es de esa opinión. “Carletto” para los amigos, ostenta juvenilmente sus casi 86 años y fue el primero —y tal vez el único— en hacer que colocasen en su cédula de identidad el desdeñado patronímico. Autor de dos millones de fotos —entre ellas centenares de tubazos—, es famoso por su señorial y educada discreción y por su refinado y elegante estilo fotográfico; en palabras de Sofìa Loren: “¿Cómo hace Carletto para tomarme esas fotos tan bellas y no molestarme?”. Su presencia vital y positiva en la noche del Billions resultó el epicentro de un festejo de veras festivo, de la alegre y colorida celebración (a las fotos nos remitimos) de un período inmortalizado por la memoria y que Roma, la Urbe de las Mil Sorpresas, no ha querido apagar del todo. A Roma vienen todos, y no es raro encontrar a Elton John haciendo compras en Vía Condotti o a Juan Carlos en bicicleta en Piazza di Spagna. Y descubrimos que la Dolce Vita es una de las mil manifestaciones del espíritu de la Dea Roma que, como buena diosa, es inmortal y de vez en cuando se deja ver. Digámoslo en italiano: “LA DOLCE VITA VIVE!”

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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