El oportunismo político CUANDO LA INGENUIDAD MATA, por Silvia Dioverti

Ya todo ha sido dicho, pero como nadie escucha hay que repetirlo siempre.

André Gide

Dios perdona siempre,

los hombres a veces;

la Naturaleza no perdona nunca.

Adagio popular

La política tampoco. En sus predios, implacables como los de la Naturaleza, los errores se pagan. En ellos no existe la pos expresión de deseo que enmienda el acto, aquella ingenuidad de “yo lo que quería era…”, o esa otra de la mala literatura que se atreve a un “no es eso lo que quise decir…” cuando ya la cosa apareció negro sobre blanco; implacable como la frase de Pilatos, el error político se lava las manos y expresa con hechos: “Lo que he dicho, he dicho”. Y no hay vuelta atrás.

La ingenuidad política es suicidio, pero también homicidio. Pica y se extiende, salpica, destruye, aborta. Que lo diga Nixon si no, o cualquiera de los tantos incinerados políticamente. Pero también la Historia es implacable; ya habrá tiempo, seguro que lo habrá, para sacar otros trapos al sol, para desorbitar los ojos, para hacerse cruces y jurar sobre algún libro santo que “juro que yo no lo sabía”. Mientras tanto hay que aguantar el aguacero que trajo la ingenuidad, tan peligrosa –en este caso– como el mono y su hojilla, o más, porque el golpe fue dado con la propia mano, el tiro vino de las propias filas. “Tú llora y calla: creo que eso es lo mejor”, así invitaba Savonarola a Fray Silvestre a morir en silencio, puesto que lo esencial estaba dicho. Y aquí lo esencial ya fue dicho, hecho. Hay que morir callado entonces.

Pero quizá no tan callado. O no sin antes preguntarse por el árbol de Judas, aquel donde, según dicen, se ahorcan los traidores. Y no me refiero –que eso quede claro– al que recibió los treinta (o veinte) piches denarios. Me refiero al que urdió la trampa, al que se prestó al engaño, al que traicionó la confianza en el prójimo (aunque no próximo, ni siquiera cercano), esa confianza que, a duras penas, tratamos de sostener en estos tiempos. Porque si la ingenuidad política mata, ¿qué le hace la marrullería, el juego sucio, al alma del que la comete? ¿Está tranquilo el de la hazaña? ¿Se ríe, recibe palmaditas en la espalda? ¿Se siente héroe, se siente bien consigo mismo? ¿Qué siente alguien como él? Y, sobre todo, ¿qué sentirá después?, después, dentro de algunas semanas o de algunos meses o, ¿por qué no?, dentro de algunos años, porque todo es posible en el país de Jauja. Después, cuando el tiempo implacable pase arrancando máscaras, pase dejando al descubierto otros chanchullos, otros denarios (ni tan piches seguramente); después, cuando como Aponte Aponte y su “obediencia debida”, tenga que salir a vomitar las tropelías porque ya no habrá quien le dé palmaditas en la espalda, pero habrá, seguro, algún antiguo compinche que le acercará, contrito –en un intento de enmendar sus propias faltas–, la escalera para que suba al árbol de Judas.

De que todo ha sido dicho sobran ejemplos, la fábula de la zorra y el cuervo  ilustra desde hace siglos la torpeza de los cándidos que dejan caer el queso por creer que tienen buena voz para cantar solos. Aquí se trataba de no desentonar en el coro, compañero. ¿A quién se le ocurre creer, a estas alturas o a estas hondonadas,  en la buena fe de los zorros?

Si la ingenuidad política es muerte súbita, la marrullería política envenena despacio; pasa asolando vastedades, emponzoñando ríos, contaminando el aire, incinerando esperanzas. La primera es individualmente inexcusable, la segunda es un atentado de lesa humanidad: nos contamina a todos.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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