A propósito del film de Carlos Oteyza SIEMPRE HAY UN CAMINO, por Rodolfo Izaguirre

Durante el siglo XX, para no ir más lejos, tres dictaduras militares se enseñorearon en el país. Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez y en lo que corre del siglo XXI, el autoritarismo de otro militar. No es precíso detenernos en ellos para reconocer la brutalidad de sus desempeños políticos. Pero si hay algo que distancia a Cipriano, a Gómez y a Pérez Jiménez del actual mandatario es que Cipriano, Gómez y Pérez Jiménez, pese a todo, amaban al país y Hugo Chávez no lo ama; lo desprecia cada vez que nos ofende.
El extraordinario documental de Carlos Oteyza muestra la crispante presencia del militarismo, las trampas electorales, el reino del miedo y de la autocensura pero también la aparente apatía o indiferencia de un país que termina sin embargo estallando, de pronto, después de soportar diez años de penalidades. Si hay semejanzas con la Venezuela de esta hora es algo que el film de Carlos Oteyza no muestra taxativamente.

Cada espectador sacará sus propias conclusiones o conjeturas pero la revelación de una época nefasta queda expuesta en imágenes aterradoras e impactantes. No fui estudiante universitario en el momento en que debí serlo porque me aterraba la presunción de que alguno de mis compañeros de aula pudiera ser espía de la Seguridad Nacional, la policía política en tiempos de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. !Un temor así puede definir perfectamente al fascismo; pero la miseria del perezjimenismo residía en el hecho de que se trataba de un fascismo ordinario, miserable y vulgar. El día que bajé a los sótanos de la Seguridad Nacional como un nuevo preso político creí que nunca más iba a salir de allí y entendí el desaliento de Edmundo Dantés, el futuro conde de Montecristo, cuando encontró al abate Farías en el calabozo del castillo de If porque vi a muchos de mis amigos con barba hasta el pecho.

No era usual llevar barbas en la Caracas de los años cincuenta del pasado siglo. Básicamente, la barba significaba longevidad, el lento paso del tiempo; y las barbas de mis amigos me decían que de aquel lugar no se salía. Me ví en un pabellón de quince o veinte metros de largo al que le habían agregado un pequeño cuarto en el que diariamente aplicaban electricidad a los presos comunes. Se le conocía como el “cuartico de la televisión” porque se oían sus gritos y las amenazas e improperios de los carceleros. El propósito era el
de someter a los presos políticos, a una tortura psicológica para ablandarnos, para desmoralizarnos. Era monstruoso escuchar aquellos gritos de dolor. La tortura alcanza refinamientos tenebrosos. El torturador se hace sibarita y sabe detectar la frágil sensibilidad del detenido para aplicarle torturas más sofisticadas. Recuerdo que a Juan Liscano lo tuvieron durante todo un día sentado en un pasillo y de vez en cuando pasaba uno de los esbirros arrastrando a un detenido, medio ensangrentado. Y aquello era suficiente para quebrar a un ser sensible como Liscano. Es lo que explica el cuartico de la televisión.

Sin embargo, tengo que recordar en este momento a Simón Sáez Mérida porque gracias a él evité algunas de las torturas más frecuetes en la Seguridad Nacional. El me enseñó que si me adelantaba al torturador éste no ejecutaba la orden. Por ejemplo: antes de que te ordenen subir al ring tú te montas. “¡Mira, coño de tu madre!” (porque ese es el lenguaje que se practica allí) “¿Quién te mandó a montarte en esa vaina? ¡Bájate de ahí hijo de puta!” Y uno se baja. Pueden hacerte otra cosa, pero esa de encaramarte en el ring ya no te la hacen porque al torturador lo que le gusta es ser él quien da la orden; ser él el que te humilla y te destroza.

Teníamos que soportar, además, a Aparicio, el sádico carcelero que gritaba, maldecía todo el tiempo y odiaba la vida que llevaba. Lo que más me perturbaba era no tanto la procacidad de su lenguaje sino su atropello. Cuando sorprendía, por ejemplo, a alguno de nosotros cuchicheando con otro de los presos en tiempo indebido, gritaba: “!Ep¡ Mucho
conversándome con cuyo detenido¡” Y oir el maltrato del idioma era como si Aparicio estuviera clavándome en el pecho un cuchillo de palo.

Si me remonto a aquellos días inciertos es porque también en aquel sótano se encontraba Guillermo Sucre. Y si hay algo que he adorado en él; si hay algo que recordaré hasta el fin de mis días era la facilidad con la que él lograba entonces escapar de tanta desventura.
“Vámonos”, me decía. Y mientras íbamos de un extremo a otro de aquel sótano, de aquel pabellón, nos encontrábamos de pronto en París caminando por el Boulevard Saint Michel, conversando sobre poetas y poesía; tomando una copa de vino en Les Deux Magots de
Saint-Germain-des-Prés o bebiendo una cerveza en Montparnasse, en La Coupole. Y el infierno quedaba atrás y los vejámenes de Aparicio no nos rozaban siquiera. Guillermo me enseñó a escapar de cualquier cárcel; a escapar, incluso, de mí mismo; me enseñó a imaginarme. Y al igual que hicieron Adriano González León y Salvador Garmendia, también me enseñó a desentrañar la presencia del autor entre las páginas del libro; a descubrir los aromas y colores ocultos tras las palabras, a celebrar la aventura del pensamiento y el milagro de vivir.

Siempre han pesado sobre el país los oscuros y perversos nubarrones del militarismo que tanto malestar y oprobio han causado al pensamiento y a la libertad que se requiere para expresarlo; aunque, en sentido contrario, hayan servido para impulsar y activar nuestra
conciencia civil.

Yo tenía cuatro años cuando muere Juan Vicente Gómez. No padecí su oprobio pero lo sufrieron mis hermanos mayores. En plena juventud me tocó padecer la dictadura de Marcos Pèrez Jiménez y hoy, en mi senectud, la miserable autocracia del llamado socialismo del siglo XXI. Pero lo que hizo Pérez Jiménez con los integrantes de mi generación es algo abominable y criminal porque obstaculizó durante diez años nuestros procesos creativos e intelectuales.

Tuvimos que esperar una década y en algunos de nosotros un tiempo mayor para que unos y otros comenzáramos a producir y revelar los frutos de nuestra actividad creadora. Las ricas, aunque difíciles vivencias acumuladas antes y durante el perezjimenismo, tardaron años en revelarse a través de la literatura, del teatro o de las artes plásticas.

Apoyándose en la tenebrosa Seguridad Nacional aquel militar que fue Pérez Jiménez, apenas un teniente coronel cuando conspira contra Isaías Medina en octubre de 1945, detuvo nuestra vida intelectual y paralizó la revelación de nuestras vivencias; desarrolló
el país económico pero aterrorizó al país espiritual y cometió un crimen nefasto al impedir que fluyera el pensamiento. Cerró las puertas y cegó las ventanas; obstaculizó las esclusas de la aventura intelectual. ¡Nos convirtió en víctimas! Y mi generación fue una generación tardía.

En El día y la huella publicado por la editorial Bidandco, Jesús Sanoja Hernández al referirse a los integrantes de Sardio y de Tabla Redonda, los dos movimientos o grupos literarios y artísticos activos en aquel momento, afirma que el mejor título para designar a estos grupos que consumen la edad del sueño en compromisos y destierros es el de la “otra generación” porque no se salvó ninguno de ellos en el momento de cruzar ese Cabo de las Tormentas que se dobla cuando se llega a los treinta años. Esa “otra generación”, dice Sanoja, ha tenido la  desventaja (o la ventaja) de cuajar tardíamente, en plena adultez, en el período en que ya el autor empieza a ser material biográfico.

“En 10 años, escribió Sanoja, apenas si Adriano González León y Juan Calzadilla y a última hora Guillermo Sucre, tuvieron la oportunidad de publicar notas en el Papel Literario; modo de “aver mantenencia” más que la expresión de lo que llevaban por dentro. Los otros eran unos desterrados en el sentido radical de la palabra, o unos sepultados por el cataclismo. Rafael Cadenas, en la poesía, necesitó rebasar los treinta años y su primer libro importante se titula precísamente Cuadernos del destierro. Salvador Garmendia, en la narrativa, llegó a esa edad sin haber escrito más que libretos radiofónicos. A Zapata, nadie lo conocía. Anibal Nazoa, a quien estaba reservado escribir la novela fantástica de Venezuela, el esperpento o el “grottesco”  de la violencia, reventó, en su estilo de humor trascendente, ya traspuesta la treintena… ¡Allí están! Pertenecen a la “otra generación”

De modo que el régimen militar impuesto por Pérez Jiménez hizo que la nuestra fuese una generación que durante diez años paralizó (para bien o para mal) su proceso de realizaciones creativas. Pero así como el día comienza a la medianoche así también las dictaduras generan lo que las niega. Enfrentados al militarismo fascista apenas sí eramos un grupo de jóvenes idealistas. ¡Sí! Pero supimos encontrar la manera de escapar al miedo que generaba el  perezjimenismo reuniéndonos asiduamente para hablar de literatura y al hacerlo, protegíamos y reverenciábamos la vida que se nos negaba.

Durante el día, cada uno asumía su responsabilidad cívica, de resistencia clandestina. Todos andábamos en éso, conspirando, haciendo contactos. Yo intentaba vender “Tribuna Popular”, la publicación del Partido Comunista. Confieso que jamás llegué a vender un ejemplar. No por vergüenza o miedo a exponerme sino por temor a que no me la compraran. Y para no ser calificado por los camaradas de pequeño burgués miserable ponía de mi mesada lo que calculaba seria un saldo más o menos aceptable y dejaba los números de Tribuna en algún lugar para que los cogiese quien quisiera.

Pero, en la noche, nos reuníamos en los bares para exorcisar al país militar hablando y discutiendo sobre literatura, jugando juegos surrealistas y desenterrando cadáveres exquisitos. De la emoción de tales encuentros surgió el grupo literario Sardio y luego, la revista del mismo nombre. Fueron, también, los mismos tiempos difíciles que tornearon al grupo Tabla Redonda. En cierto modo, de aquella odiosa noche del perezjimenismo emergió el hombre que soy en la hora actual. ¡Porque siempre hay un camino!

* Palabras pronunciadas en el Cine Foro Tiempos de dictadura, el sábado 29 de septiembre de 2012 en el edificio El Nacional con la participación de Simón Alberto Cosalvi, Alexis Correia, Rocío San Miguel y Carlos Oteyza.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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