Django sin cadenas EL GRAN SILENCIO DE CORBUCCI Y QUENTIN, por jlamotta23

Django 2

Dos años antes de estallar la Guerra Civil Americana (1861-1865), King Schultz (Christophe Waltz), un cazador de fugitivos alemán que le sigue la pista a unos asesinos, le promete al esclavo negro Django (Jamie Foxx) dejarlo en libertad si le ayuda a atraparlos. Terminado con éxito el trabajo, Django prefiere seguir al lado del alemán y ayudarle a capturar a los delincuentes más buscados del Sur. Se convierte así en un experto cazador de recompensas, pero su único objetivo es rescatar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), a la que perdió por culpa del tráfico de esclavos. La búsqueda llevará a Django y a Schultz hasta Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), el malvado propietario de la plantación “Candyland”

Desde que Pulp Fiction (1994) deslumbrara a propios y extraños hace ya casi veinte años (Reservoir Dogs, 1992, fue descubierta entonces por la mayoría), el estreno de una nueva película de Quentin Tarantino se ha convertido en uno de los acontecimientos cinematográficos más esperados de cada temporada. El director nacido en Tennessee ha conseguido expandir su éxito y figura más allá de lo puramente cinéfilo. Se ha convertido en uno de esos ídolos pop de los que siempre se ha declarado públicamente fan. Pocos directores lo han conseguido: Hitchcock, Godard, Scorsese y pocos más. El secreto de su celebridad no es otro que su desatada cinefilia, su excelente gusto musical, su talento para descubrir películas clásicas a toda una generación, sus rebuscados diálogos y su innegable y desinhibido ingenio formal. Muchos echaran en falta la palabra “original” como una de sus virtudes. Me explico. Tarantino me parece un gran dialoguista, un cada vez mejor director con un consumado dominio de la técnica del guión. Sin embargo, para alabar todo eso es necesario entenderlo como el mejor plagiador de la historia del cine. Esto, aunque parezca un insulto, no tiene porque serlo.

Él mismo ha reconocido que saquea sin piedad las películas que le fascinaron de pequeño, aquellas que le marcaron. Por tanto, no es descabellado afirmar que, en muchos casos, más que homenajearlas las plagia directamente sin ningún tipo de pudor. Como muestra, solo hace falta volver a ver el final de Inglorious Basterds (2009) y el de la notable The Dirty Dozen (Robert Aldrich, 1967), idéntico en su mayoría. ¿Es por ello Tarantino mejor o peor? No, simplemente es diferenciar entre un simple homenaje y un corta-pega realizado con, eso si, un impecable gusto y estilo. En este caso, el director de CSI Grave Danger (2005), ha dedicado todo su esfuerzo a poner de manifiesto su amor por el western, el spaghetti y el southern con una arriesgada historia sobre la esclavitud y el racismo en América. Esto le ha costado las críticas del pesadísimo y cargante Spike Lee, azote de los blancos (ya tuvo sus más y sus menos con Clint Eastwood, entre otros), que no estaba de acuerdo con frivolizar sobre la esclavitud de su pueblo. Afortunadamente, si hay alguien a quien las críticas le resbalen ese es el amigo Quentin y, haciendo oídos sordos, ha compuesto una estupenda y dramática comedia negra sobre uno de los hechos más lamentables de la historia de Estados Unidos. Drama más tiempo es igual a comedia y, en el Siglo XXI, dudo mucho que haya que pedirle permiso a Lee para hablar sobre el racismo o cualquier otro tema. El cine no debe ser jamás didáctico (si hay un formato que se ajusta más a esos términos es el documental) ni perseguir la instrucción del espectador como objetivo principal, sino tratar de entretenerlo, divertirlo, conmoverlo, aterrarlo, sacudirle todo su ser…pero siempre tratándolo de igual a igual. Y eso el didactismo no lo permite.

Después de un film horrendo como Death Proof (2007) y otro mediocre como Inglorious Basterds, Tarantino vuelve a lo que mejor sabe hacer, films desprejuiciados y socarrones sin ningún tipo de respeto por las reglas básicas del cine donde la sobreactuación y el exceso campen a sus anchas. Y eso Django Unchained lo consigue desde el minuto uno, con una sensacional escena de apertura-presentación del genial personaje interpretado por el amo absoluto de la función, un colosal Christoph Waltz (King Schultz), hermano gemelo del Klaus Kinski de la magnífica Il Grande silenzio (Sergio Corbucci, 1966). Es aquí cuando la película establece sus propias normas estilísticas, con una sangre más roja de lo normal, exagerados disparos a bocajarro y un negrísimo sentido del humor.

Tarantino no solo no se desprende de la calculada estructura narrativa de Inglorious Basterds sino que la sigue a ciegas, pudiendo establecer evidentes paralelismos rítmicos en el esqueleto de ambas películas. Afortunadamente, Django Unchained es mucho más Kill Bill que Basterds, por lo que salimos ganando en diversión, acción desenfrenada, ligereza y despreocupación por parecer una cinta “seria”. Es este un western atípico donde el negro es el héroe, el blanco el malvado y retorcido y la venganza no es el fin sino el medio. Encontramos diferencias y continuaciones en cuanto a la natural evolución en la dirección. Por un lado, Quentin sigue apostando por recursos artificiales como los descompensados y antiestéticos zooms que ya empleara en sus últimos trabajos, así como algunos molestos travellings circulares (esto es fobia personal, detesto los travellings circulares). También apreciamos como los planos largos fijos de Reservoir Dogs, Pulp Fiction y Jackie Brown mantienen una importancia capital de la que se benefician unos actores que ,sin duda, lo agradecerán ante monólogos como los que tienen que hacer frente Waltz o DiCaprio. Ambos son el alma de la película, junto a un divertidísimo Samuel L. Jackson, que demuestra que su vena cómica sigue intacta. El reparto es uno de los puntos a favor de Django Unchained, ya sea por las brillantes interpretaciones, por esperados (pero no por ello menos interesantes) cameos o por su total extravagancia (esos Don Johnson, Bruce Dern y Jonah Hill). Tarantino hace girar todo el peso dramático en tres apuestas seguras (DiCaprio, Jackson y Waltz) y descuida (estoy seguro que a conciencia) un poco el personaje de Django, prefiriendo equipararlo a los misteriosos y silenciosos Clint Eastwood, Lee Van Cleef y, en algunos momentos, incluso a Jean-Louis Trintignant. A pesar de ello, pienso que el personaje hubiera ganado en profundidad y en macarrismo si la elección final hubiera recaído en Idris Elba en lugar de un poco carismático Jamie Foxx (a pesar de que Foxx aporta su propio caballo…). Poco favor le hace el firmante del guión de From Dusk Till Dawn (Robert Rodríguez, 1995) al filmar en un mismo plano medio a Foxx y al gran Franco Nero, el Django original, donde el oscarizado actor palidece ante el porte del italiano. Hablemos de las tres apuestas seguras. Los temas tarantinianos por antonomasia son la maldad del ser humano, la inteligencia (o presunción de ella) del antihéroe y la cómica venganza retorcida. Y como estamos hablando de una película de Tarantino, son características inamovibles a sus historias pasadas. Un desenfrenado e histriónico DiCaprio (al que favorece este tipo de personajes para desencasillarse) representa el lado oscuro del hombre, orgulloso de serlo y sin ningún tipo de arrepentimiento ni escrúpulo. Sus semejantes pasados son Hans Landa, Bill o Mr. Blonde. El soberbio Christoph Waltz encarna sin esfuerzo al tipo brillante y astuto que todos desearíamos ser pero cuyas habilidades suelen ser usadas para propósitos sangrientos y siniestros. Es afín a Jules Winnfield, Max Cherry y Mr. Pink. Por último, el desternillante Samuel L. Jackson ejerce como símbolo de nuestra vergüenza más oculta, esa que sale a relucir en forma de risa incontrolable cuando se supone que la situación no lo permite. Próximo a Budd, Ordell Robbie y Stuntman Mike. La interacción entre los tres no hace más que poner de manifiesto la retroalimentación que existe entre la filmografía de Tarantino.

Pero si queremos hallar la verdadera alimentación de Django Unchained hay que echar un ojo (o mejor los dos, porque son numerosas) a sus abundantes referencias/plagios/homenajes. El universo propio del director y guionista ha ido tomando forma gracias a años de visionados indiscriminados de todo tipo de cine. Como él mismo dijo, dejó atrás su etapa Godard (sus tres primeros films, sobre todo Reservoir Dogs y Pulp Fiction) para zambullirse de lleno en el cine de género y, en algunos casos, hasta subgénero: Blaxploitation, spaghetti western, kung fu o grindhouse han sido su fuente de inspiración desde Kill Bill hasta el film que nos ocupa. Ciñéndonos a Django Unchained, podemos reconocer fácilmente su amor por Sergio Corbucci y sus Il Grande silenzio (1968), Django (obviamente), Minnesota Clay (1965) y Vamos a matar, compañeros (1970). Los blaxploitation setenteros protagonizados por Fred Williamson (que también cuenta con cameo, por cierto), el Henry Hathaway de Nevada Smith (1972) del que imita su enérgica potencia visual, la comicidad disparatada de Blazing Saddles (Mel Brooks, 1974), parte de la temática de Mandingo (Richard Fleischer, 1975), The Birth of a Nation (D. W. Griffith, 1915) como parodia extrema y surrealista, historias sacadas directamente de Die Nibelungen: Siegfried (Fritz Lang, 1924), algún que otro saqueo a la saga de spaghetti western protagonizada por Sartana, la violencia descarnada de The Wild Bunch (Sam Peckinpah, 1969) y, faltaría más, la Trilogía del Dólar de Sergio Leone formada por Per un pugno di dollari (1964), Per qualche dollaro in più (1965) y Il buono, il brutto, il cattivo (1966). Musicalmente tampoco se queda corto, contando para ello con los mismísimos Ennio Morricone y Luis Enriquez Bacalov, mezclados sabiamente con Jim Croce, Riziero Ortolani, Rick Ross, Jerry Goldsmith o Elisa Toffoli, entre muchos otros. Particularmente, me sobra RZA. Entiendo que Tarantino es un director que se toma muchas libertades pero escuchar rap en el Oeste me causa la misma sensación que oír a The Strokes en Marie-Antoinette (Sofia Coppola, 2006). Por otra parte, uno de los inconvenientes del film es su duración, que si bien no se hace pesada, si podría haberse visto aligerada en su recta final, donde parece no saber acabar. Cuando hace un par de años murió Sally Menkes, la montadora de todas sus películas desde Reservoir Dogs, pensé que Tarantino se encontraba en su próximo film ante una prueba de fuego. Ya en Inglorious Basterds se acusaba un exceso de duración y, sobre todo, subidas y bajadas de ritmo que condicionaban la percepción de la cinta. En Django Unchained, sin Menkes, el ritmo interno del film sufre bruscas variaciones sobre todo en su mitad, lo que termina fragmentando en demasía la historia. Por suerte, la hora final es un tranquilo y tenso clímax en ascensión con una jugosa y adrenalítica recompensa para el espectador. Django Unchained está concebida para ser devorada por los fans de Tarantino y hacer las delicias de los, como yo, locos del western, spaghetti y southern con sus constantes referencias, salvaje violencia sin tabúes y un humor a prueba de los Spike Lee del mundo. Si cumples los requisitos, esta es tu película. Si no, la encontrarás grotesca, exagerada e innecesaria.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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