Argo PRODUCTORES Y AYATOLLAHS, por Héctor Concari

Argo 3La realidad siempre termina por copiar al cine. En 1997 una película llamada Mentiras verdaderas se tomó a broma la posible connivencia entre el cine y el poder. En realidad su título era intraducible. Wag the dog aludía a la posibilidad de que fuera la cola quien moviera al perro y por elevación a la trama de la película. Ante un escándalo de tipo Lewinski, la Casa Blanca contrata a un productor  de cine para montar una guerra imaginaria contra Albania y distraer la atención. (Pocos años más tarde el pretexto para invadir Irak sería más siniestro y la operación mediática más global con lo cual la realidad le daría a la película una insólita candidez). El hecho es que de tanto en tanto el acercamiento entre el poder y el cine sale a flote para recordarnos que ambos abrevan en (y al mismo tiempo nutren) el imaginario colectivo. Argo parte de esta premisa y de un hecho real. En 1979, en medio de la turbulencia creada por la fuga del Shah y el ascenso del ayatollah Khomeini, unos estudiantes islámicos ocupan la Embajada americana y toman rehenes. Seis diplomáticos logran escapar y refugiarse en la residencia del Embajador canadiense disparando un problema de proporciones. Pero para todo hay un experto en el mundo desarrollado y en este caso la tarea le toca a un agente ducho en exfiltraciones (en fugas, pues). La idea es en sí un libreto. Fingir la filmación de una película para camuflar a los casi rehenes y huir por la puerta grande del aeropuerto de Teherán. La trama es una delicia por supuesto pero no deja de tener el veneno del final conocido (el tan mentado spoiler  de la historia contada).

El libreto rinde justicia a la historia en un breve prólogo que, si no justifica la salvajada de invadir una embajada, al menos la contextualiza, explicando la barbaridad de haber instalado y mantenido al Shah en el poder durante décadas. Y luego empieza una de las cruzas de thriller político con comedia más entretenidos de los últimos años, porque el acento estará en la historia pero a través de sus personajes. Un james bond más bien bohemio, que de temible operario de la CIA tiene poco, como para no enlodar la imagen muñeco de torta de Ben Affleck. Pero por debajo de él varios polos se desarrollan. Están los burócratas cansados de Washington, que le dan cara a una de las administraciones americanas más vapuleadas de la historia  y, a falta de mejor idea, aprueban el disparate. Están por supuesto los rehenes, para quien la cosa no es chiste y la película describe con precisión y destreza los distintos tipos humanos aprisionados en una situación extrema. Y están, para beneficio de los amantes del humor los productores del caso, dos perdedores insignes, con pocos logros en su haber pero un instinto imbatible para armar una producción poniendo de acuerdo o torciéndole la mano al que venga. (Si crees que los Ayatollas son malos, espera a que conozcas al sindicato de escritores, dice uno por allí). Y la película, por supuesto se llama Argo, y no es más que un refrito de La guerra de las galaxias. Es además, en esencia, lo que toda película es en un estado industrial de gestación. Una idea para la cual  los productores buscan financistas y montan  una gran presentación en sociedad. Queda el segmento final, que es el de la salida propiamente dicha y donde es difícil no reprocharle a la película algunas escenas previsibles.

Es cierto que Affleck hace una vez más un muy buen trabajo de dirección (su anterior entrega The town, era un policial con talento) pero la escena confrontacional con el sebinesco agente de seguridad en el aeropuerto y las llamadas in extremis de una punta a la otra del globo están del lado de allá del ridículo, así como la persecución en carro en la pista. Peor aún es el cliché en el que caen todos los  iraníes. O son  una masa de hermanazos bárbaros, que avanzan como toda masa, según la tautología tenemos razón porque tenemos razón  o, en el plano individual son  policías con caras de malos o subnormales que disfrutan con los dibujos semieróticos de la película. Tal vez ese sea un reproche para el libreto, porque aún los malos de la película merecían la complejidad brindada a los rehenes. Pero, claro, las fronteras entre la realidad y el cine son difusas y este triple salto mortal de talanquera entre uno y otro merece ser visto, si no como tragedia, al menos como comedia, según un chiste irrepetible entre los productores sobre el final.

ARGO.USA 2012. Director Ben Affleck. Con Ben Affleck, John Goodman, Alan Arkin, Bryan Cranston.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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