Django sin cadenas ESPAGUETIS A LA TARANTINO, por Ricardo Pineda

tarantino“No conocerás los hechos hasta que hayas visto la ficción”. Dicho eslogan es atribuido al afiche promocional de la película Pulp Fiction (1994) y el mensaje se ajusta al tipo de filmografía que viene elaborando su mismo realizador, Quentin Jerome Tarantino, desde que alteró los capítulos de la Europa nazi con Bastardos sin gloria (2009) y ahora el tema de la esclavitud del siglo XIX en Django sin cadenas (2012), que ya se exhibe en los cines de Venezuela.

Mientras Steven Spielberg se apega con exactitud a los eventos políticos que condujeron a la emancipación, en Lincoln; Kathryn Bigelow expone al detalle todo el engorroso trabajo de inteligencia para dar con el paradero de Osama bin Laden, en La noche más oscura y Ben Affleck recrea un verídico y desclasificado rescate en Irán con la ayuda de productores hollywoodenses, en Argo; Tarantino va en dirección opuesta.

Tan sólo se vale de un contexto histórico de su país para dar rienda suelta a personajes con diálogos muy propios y situaciones cinematográficas que a la larga representan su carta de fan enamorado a los spaghetti westerns, aquellas producciones italianas donde los vaqueros del Viejo Oeste iban en busca de un botín, la venganza o la gloria. Como referencia, tomó prestado el nombre del protagonista de la saga original Django, iniciada en 1966 por el director Sergio Corbucci y con el actor Franco Nero, quien en Django sin cadenas cuenta con una “participación amistosa”, como se anuncian en los créditos.

Esta nueva encarnación, bajo la piel de Jamie Foxx, no ha sido exenta de controversias. El calificativo nigger (que traduce: negro) es usado 213 veces, que según los historiadores era empleado con absoluta normalidad, como decir: “Hey, chico”. Pero en la sociedad actual es considerado un insulto racista –incluso en Venezuela, donde también existió el yugo, ahora el término políticamente correcto es afrodescendiente-. Cuando se estrenó el día de Navidad en Estados Unidos el cineasta Spike Lee criticó a su homólogo y denunció a través de Twitter que no vería la cinta “por respeto a mis ancestros. La esclavitud en América no fue un ‘spaghetti western’ de Sergio Leone. Fue un holocausto”.

Por muy irresponsable que parezca, Tarantino ofrece cero excusas para hacer el tipo de  películas que quiere. Nadie le reprochó su idea de enviar a un pelotón de judíos para acabar con Hitler y su régimen en la farsa Bastardos sin gloria, aún cuando se estaba sirviendo de un pasaje real para construir un relato con su insigne sello de violencia y humor. “Escribo sobre lo que se. Es mi versión de la verdad tal y como la conozco. Mi única obligación son con los personajes y ellos vienen de donde yo he estado”, compartió en una entrevista quien sacara 160 puntos en el test de coeficiencia intelectual. No vale capitalizar el resentimiento, lo suyo es hacer catarsis de las heridas.

Tampoco llegó para dar una cátedra de historia; todo lo contrario: siempre le huyó a eso. “Cuando me preguntan si fui a una escuela de cine siempre respondo que no. ¡Fui al cine!”. Con esta frase el hijo de una enfermera, que ante el abandono del padre en el hogar se crió con las series de televisión y las películas (preferiblemente, de serie B), pasó a convertirse en la excepción de la regla en las lindes independientes de Hollywood con Reservoir Dogs (1992), que relata el antes y después del robo a una joyería, que nunca es mostrado, a pesar de la múltiple perspectiva de los miembros de una banda criminal.

Aunque nació en Knoxville, Tennessee, el 27 de marzo de 1963, desde temprana edad su vida transcurrió en Torrence, California. En la adolescencia osó abandonar la secundaria en su afán de convertirse en actor, faceta que siempre ha sido su talón de Aquiles ante los críticos. Consiguió empleo como acomodador en un cine porno (cuando todavía se proyectaban en celuloide) y luego en la tienda Video Archives, donde dice la leyenda que en ciertas oportunidades los clientes regresaban enfurecidos por los títulos que recomendaba. En ese período su voraz lectura y pasión por los spaghetti westerns, el cine de Howard Hawks, Jean-Luc Godard, Brian DePalma y Martin Scorsese (sus directores favoritos), más las cintas de kung fu y de blaxploitation, lo llevaron a un primer cortometraje, La fiesta de mi mejor amigo (1987), cuyo royo final se perdió para la posteridad en un incendio.

Aclara que no es fanático de la violencia en la vida real, pero que en el cine eso le divierte, sobre todo cuando se presenta de manera exagerada y gratuita. No es una coincidencia que los chorros de sangre y la piel descarnada en Django sin cadenas sea una extensión de esa propia fascinación. En las entrevistas o galas de premiación es hiperactivo en su verbo y gestos, como si fuera un niño incontrolable dentro de una confitería. Prácticamente se le puede considerar una biblioteca de cine andante y todo eso se refleja en cada plano o puesta en escena.

Por eso cada estreno se ha convertido en cita obligatoria en todo el mundo: una película para cinéfilos hecha por uno como ellos. Ése es su privilegio. En el transcurso de todas sus películas parece mantener una conversación cinematográfica con aquellos que saben interpretar las referencias, desde la butaca. Para ellos el viaje que emprende un hombre para reencontrarse con su sometida esposa resulta altamente entretenido. Épica, además. Toma tiempo llegar de un punto narrativo a otro. Se suscitan gratos momentos a base de diálogos que construyen un clima de incertidumbre, confundiendo al espectador entre risa y asombro cuando se familiariza con tan excéntricos personajes.

El actor austriaco Christoph Waltz es el nuevo gran colaborador de Tarantino tras ganar el  Oscar como el quisquilloso coronel Hans Landa en Bastardos sin gloria. Aquí recicla toda esa lucidez en la persona del dentista y caza recompensas Dr. King Schultz, a bordo de una carroza con muela ornamental que sostiene un inquieto resorte. Es quien apertura la trama: detesta la esclavitud, libera a Django, lo entrena para matar y, tras una estrecha amistad, lo ayuda a conseguir a su amada. Su prosa deliberada y elegancia europea en un horizonte lleno de crudeza y maltrato humano es una bienvenida presencia estelar.

En primera instancia el realizador quería a Will Smith en el rol titular, pero tras semanas de conversaciones para llegar a conocerse ambos reconocieron de forma amistosa que no era el indicado. La segunda opción y eventual selección, Jamie Foxx, resultó acertada. Lo interesante es cómo el personaje va creciendo a medio camino de su increíble odisea. Si no fuera por su color de piel, pareciera casi invisible al principio; su virtud está en su silencio y contención (como probar un sorbo de cerveza), detalles que pintan pequeños, pero no. En el transcurso aprende a reforzar su carácter que luego lo llevarán a actuar (o ser parte de una charada) en circunstancias muy apretadas. Por ejemplo, mostrarse cruel frente a un hombre de su mismo color de piel que va a ser servido a los perros (llamado D’Artagnan, como de Los tres mosqueteros, sólo que con un destino menos afortunado). Para el tercer acto, su propósito de venganza, temática sempiterna en Tarantino desde Kill Bill, convierten a Django en el heroico vaquero negro del cine americano como rara vez se ha visto.

Otro fuerte son los personajes no estelares, esos que a pesar de aparecer en unos segmentos, prolongados o breves, igual se sienten protagónicos dentro de su mismo entorno. Uno de ellos sin lugar a dudas en Leonardo DiCaprio en el papel de Calvin Candie, el despiadado terrateniente y aficionado a las peleas de mandingos. Aquí ofrece un divertido villano que, de no ser por su criado y confidente, podría tratarse de otro decadente hombre blanco del montón, tercera generación de dueños de dueños en una plantación de azúcar. “¿Por qué no nos matan (a los blancos)?”, suelta en una constructiva e incómoda cena que termina con un ejemplo sobre la estructura craneal que separa a ambas razas en el tema de sumisión y servilismo. A la hora del postre ofrece, a modo sugestivo, torta blanca.

Luego está Samuel L. Jackson como el anciano mayordomo Stephen (¡vaya diferencia con su sonámbula encarnación de Nick Fury en Los vengadores!). Cualquiera podría asumir que se trata de alguien malvado, pero hay que llegar a entender la grandeza de su circunstancia aún cuando no se las alimentan a la audiencia con cuchara: nació esclavo, rodeado de ellos, pero de alguna forma llegó a ganarse la confianza de sus amos, al punto de ser la persona que administra y maneja la hacienda. Alcanzó un estatus (de sirviente, pero igual con privilegios) y lógicamente tras la llegada de los dos sospechosos huéspedes sabe que hay una amenaza de cambio… ¿social? Su atónita manera de decir: “¿Qué hace ese negro montado en el jamelgo?”, es motivo de carcajada. Es el actor que mejor ha sabido darle ritmo y fluidez a los parlamentos de Tarantino, como el recital bíblico Ezequiel 25:17 en Pulp Fiction, donde hizo del matón Jules Whinfield antes de encontrar luz espiritual o su monólogo inaugural en la poca valorada Jackie Brown (1997), interpretando al contrabandista de armas Ordell Robbie: “AK-47. Lo mejor que hay. Cuando absoluta y positivamente tienes que matar a alguien en una habitación, acepta ningún substituto”.

Para demostrar que no sólo era bueno creando personajes masculinos, Las siguientes películas de Tarantino abarcaron mujeres con suma personalidad en medio de circunstancias nada cómodas. Está la azafata Jackie Brown, La Novia o Beatrix Kiddo en los dos volúmenes de Kill Bill (2003-2004), pasticho inspirado en las clásicas cintas de samuráis y artes marciales; y el grupo de mujeres que escapan de un doble de riesgo al acecho en Death Proof (2007). El cineasta es famoso también por rescatar del olvido a grandes talentos cuyas carreras se habían eclipsado: John Travolta, como el matón adicto a la heroína en Pulp Fiction; la morena Pam Grier, icono del blaxploitation en los años 70, en Jacky Brown; o David Carradine, estrella de la serie Kung Fu, como el temible Bill.

En su más reciente vuelve a poner en la palestra a Don Johnson, recordado por la serie de los ochenta Miami Vice, en un breve pero eficaz personaje llamado Big Daddy, quien tiene dificultad el recibir a Django en su granja como un no esclavo. Hay flashbacks de tortura y vejaciones, a punta de latigazos o marcaciones de piel que hacen pensar en una época más cruda de lo que se aprecia en pantalla. Eso sí, no apuesta a la yugular del drama como lo hicieron La lista de Schindler, Amistad o El pianista.

Si el racismo no le preocupa a Tarantino, el cuestionamiento de la violencia en sus filmes es un asunto delicado. “No me hagas esa pregunta, la rechazo. No voy a morder el anzuelo. No soy tu esclavo y tú no eres mi amo”, se exaltó hace unas semanas durante una entrevista televisada con un periodista británico, dejando en evidencia que no piensa excusarse de lo que se considera su marca o sello personal, aun cuando el gobierno de los Estados Unidos y varias asociaciones civiles responsabilizan al cine y a los videojuegos como causas influyentes de las matanzas en el cine de Colorado y en el colegio Sandy Hook en Newtown, Conneticut, el año pasado.

Django sin cadenas (ya todos saben que la D es muda) está nominada al Oscar como Mejor película, Mejor actor de reparto (Waltz), Mejor guion original, Mejor sonido y Mejor fotografía a cargo de Robert Richardson, con alentadoras tomas en interiores y exteriores que huyen del tradicional gran angular propio del género, pero que al mismo tiempo se sienten clásicas. El director sabe cómo jugar con las expectativas del público, sobre todo de aquellos que lo veneran. Si fuera un juego de ajedrez, podría decirse que está a cuatro pasos de ventaja con respecto a lo que el espectador pueda pensar hacia dónde va o cómo debería ser la historia.

Nunca faltan en el universo de sus películas las acotaciones propias de la cultura pop, por ejemplo: metáforas sobre los penes grandes en cuanto a la canción Like a Virgin, de Madonna, en Reservoir dogs; o en Pulp Fiction, donde se discute que el Cuarto de Libra con Queso de McDonald’s es conocido en Francia como Royale con Queso debido a su sistema métrico. En su western se permite usar el clásico tema I Got a Name, de Jim Croce, donde el viaje en carretera es reemplazado por las montañosas praderas a caballo en años previos a la Guerra Civil. Ni hablar del cuento alemán Broomhilda, cuyo nombre corresponde por igual al de la amada del nuevo hombre libre. La morena Kerry Washington cumple con encanto dicho personaje.

Tarantino ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes por Pulp Fiction, que marcó a toda una generación de cineastas a partir de tres historias entrelazadas sobre el crimen en Los Ángeles. Contada de manera no cronológica, desafió los estándares narrativos de la época. Habla del honor y la redención de personajes pertenecientes al bajo mundo; en retrospectiva, fue filmada como un western más contemporáneo con espíritu de Rock’n’ Roll, con tomas de gran angular en una urbe peligrosa. Todavía es considerada su mejor obra.

Como todo artista ha tenido sus traspiés en la gran pantalla. Participó en el colectivo Four Rooms (1995), que quedó excluida del paquete Tarantino XX, ya disponible en BluRay; no así de Grindhouse, una experiencia de doble función que incluía Planeta Terror, de Robert Rodríguez y luego su propia Death Proof, que tras una pobre taquilla después se lanzaron por separado. Aunque no es perfecta, muchos la catalogan como un experimento fallido pero noble. Sin embargo, lo peor que ha realizado Tarantino no ha sido detrás sino frente a las cámaras: El destino sintoniza la radio y Del crepúsculo al amanecer son pruebas de que sus posibilidades como actor son escasas. Sólo funciona en papeles pequeños como el chistoso Mr. Brown en Reservoir Dogs, el inquieto Jimmy que tiene un cadáver en su garaje en Pulp Fiction o el forajido con mal acento australiano en Django, cuya adrede despedida es explosivamente hilarante.

Original es una palabra escurridiza, puesto a que todas sus creaciones provienen de un material (léase películas) previamente estrenado. La trama de Reservoir Dogs, su ópera prima que debutó en el festival de Sundance hace 21 años, es casi exacta al del filme japonés City on Fire (1987). Roger Avary fue el autor del mejor segmento en Pulp Fiction —El reloj dorado—, donde el boxeador encarnado por Bruce Willis va en busca de un amuleto de familia mientras lo persigue la mafia. Bastardos sin gloria parte del concepto (hombres con un misión) de una cinta italiana del mismo nombre y su octava producción, como ya es sabido, es de otra referencia previa. Todo lo transforma a su estilo.

Quentin Tarantino ha reiterado en numerosas ocasiones que piensa abandonar el cine antes de alcanzar los sesenta años. Eso deja abierto un radio de cuatro o cinco películas más en los próximos 15 años, aproximadamente. ¿El motivo? Considera que ni los mejores directores no dan lo mejor de sí cuando llegan a la tercera edad (una posición discutible  puesto a que Woody Allen y Clint Eastwood  todavía se mantienen activos y proclives). “Lo más probable es que me retire a escribir libros sobre la interpretación y el análisis cinematográfico, de artistas cuyos trabajos siempre me he sentido apasionado. Si no hubiera sido director, el único otro trabajo en el que me considero apto es como crítico de cine”, aseguró en una mesa de conversación junto con otros cineastas organizada por Los Ángeles Times.

Sin lugar a dudas, lo suyo es construir una filmografía inmaculada a partir de los géneros que le marcaron desde su despertar cinéfilo. Y siempre ha contado con el respaldo del productor Harvey Weinstein, jefe de la extinta Miramax y ahora The Weinstein Company, una colaboración que denota fidelidad profesional. Si la venganza es un plato que se sirve frio —como se profesa al comienzo de Kill Bill— el talento de Tarantino bien podría ser un plato de espagueti con bastante salsa roja para salpicar los gustos. Y muchos siempre quieren repetir.

Anuncios

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en Cine, Otras voces y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s