La crisis que viene PARA DESMONTAR UN MITO, por Juan Francisco Misle

Devaluación 1Al leer este artículo mis amigos me matarán, algunos me llamarán irresponsable, los más generosos dirán simplemente que me equivoco. Lo que voy a plantear no es un pronóstico ni tampoco una convicción que está profundamente arraigada. Es más bien una simple corazonada. Se trata de lo siguiente: creo que por el bien de Venezuela quizás convenga que el 14 A Nicolás Maduro gane las elección presidencial y asuma, como lo ha anunciado, la profundización del proyecto del socialismo del siglo XXI. En mi defensa les diré que votaré por Capriles como lo he hecho siempre que se ha lanzado como candidato, y que desde el pasado mes de octubre tengo completa mi plantilla 1 x 10 que votará también por él. No sobra decir, y con esto espero fortificar los muros de mi última línea de defensa, que no intento influir en ninguna persona para que haga lo contrario a lo que me dispongo a hacer, ni reforzar la abstención entre mis allegados. ¡Dios me libre!

Aunque se trata de una corazonada muy personal, tengo la impresión que este planteamiento es compartido por alguna gente. Quizás por más gente de lo que podría pensarse.

Fundamento mi posición en los siguientes argumentos: después de las prolongadas exequias del líder de la revolución y de la costosa, saturante y muy abusiva campaña publicitaria del gobierno para elevarlo a la categoría de deidad criolla, corremos el riesgo de que su influencia se extienda fatalmente por generaciones, a menos que el pueblo que dice haberlo amado experimente en carne propia las consecuencias de las políticas que dejó en marcha y cuyo heredero, Nicolás Maduro, promete profundizar. No tengo problema en admitir que la casi mitad de la sociedad que lo adversó no merece vivir las penurias que le aguardan. El problema es que no hay manera de aplicarle un bisturí al asunto. Asumiendo un tono bíblico diría: pagaremos justos por pecadores.

Como lo expresó recientemente Gerver Torres en un artículo el pasado domingo, el difunto presidente tuvo la suerte, prudencia o sabiduría de partir de este mundo justo a tiempo, y con ello evitó tener que dar la cara a la hora administrar la dolorosa crisis que se presenta en la puerta de Venezuela. Esa crisis, incubada trás catorce  años de piratería, ignorancia e irresponsabilidad gubernamental, luce inevitable y sería una tragedia que sea Capriles a quien le toque cargar con ella. Es mejor dejar “ese honor” a un gobierno chavista. Que su gente descubra por sí misma y sin lugar a dudas la gigantesca estafa que significó este socialismo de pacotilla, que no solo no resolvió ninguno de los problemas que encontró en 1999 sino que los multiplicó, y de ñapa nos dejó país criminalmente dividido y lleno de odios. Una nación extraviada.

La prognosis del país es aterradora en muchos frentes. Empecemos con un vuelo rasante por el sector petrolero, generador casi exclusivo de divisas en Venezuela. Lo primero que hay que resaltar es que la Agencia Internacional de Energía prevé que los precios internacionales del petróleo tenderán a estancarse aun cuando no descartan que puedan bajar debido al auge en la producción de hidrocarburos en Estados Unidos y al bajo crecimiento económico mundial previsto para los próximos años. Ese escenario de precios estancados, o a la baja, no agarra bien preparada a PDVSA. El flujo de caja de PDVSA no es lo suficiente grande como para cubrir las inversiones requeridas para aumentar la producción petrolera y al mismo tiempo financiar el gasto público. Téngase en cuenta que los volúmenes comprometidos con China (600 mil barriles diarios) no generan recursos adicionales y nadie sabe cuánta plata hay ahorrada en el famoso Fondo Chino. Si algo se conoce al respecto, es que ese dinero fue utilizado para financiar parte del descomunal incremento del gasto público de 2012. Las empresas socias de PDVSA en la faja seguirán posponiendo las inversiones proyectadas en espera de que PDVSA cumpla con su cuota-parte. El problema es que ésta carece de los recursos para esos efectos. Además se sabe que los únicos barriles que se venden a contado y sin descuentos son los 900 mil b/d que se envían a los Estados Unidos, los únicos que hacen sonar la caja registradora. Los otros son dólares que solo aparecen en los libros de contabilidad de la empresa, en el apartado de “cuentas por cobrar”. A Cuba se le regalan 100 mil barriles diarios, y a los miembros del ALBA y PetroCaribe se les financia a largo plazo buena parte de la factura petrolera. La situación financiera de PDVSA se ha tornado muy difícil a la luz de la gigantesca deuda que pesa sobre ella y que alcanza los 47 mil millones de dólares. El sector petrolero venezolano seguirá entonces estancado no se sabe hasta cuándo.

Otras fuentes de financiamiento externo siguen cerradas. El endeudamiento internacional se torna cada vez más costoso para la república y para PDVSA. Los bonos venezolanos son considerados “bonos basura” por la percepción del alto riesgo que sobre ellos tiene el mercado. Al parecer ni los chinos quieren prestarnos más. Definitivamente las puertas comienzan a cerrarse para Venezuela. Esta semana misma semana uno de los directores del BCV se quejaba amargamente, en la reunión anual del Banco Interamericano de Desarrollo en Panamá, que el BID se negaba a gestionar préstamos a países miembros sin requerir de ellos el cumplimiento de cierta condicionalidad. Quién le va a prestar plata a un país como Venezuela que prácticamente regala a sus ciudadanos (y a los países vecinos) la gasolina que consumen y que significa un derroche de quince mil millones de dólares anuales de irracional subsidio; un país que no cobra completo su factura petrolera; un país que ahuyenta la inversión privada nacional e internacional?. Nadie.

En el contexto descrito, el gobierno que acaba de devaluar su moneda el 46 % nos acaba de anunciar que pondrá en funcionamiento un mecanismo de subasta de dólares con lo cual la devaluación del bolívar se profundiza aún más. En el fondo de lo que se trata es de financiar el presupuesto nacional a través de un impuesto inflacionario. El problema es que cada devaluación enriquece al gobierno y empobrece a sus ciudadanos. El sector privado criollo ha sido demolido hasta sus escombros y no está en capacidad para responder con producción propia a los estímulos del gasto público. Comenzamos a pagar el precio de la insensata política de expropiaciones y de la arbitraria regulación de precios que en ocasiones se extiende por varios años. Los resultados están a la vista y tienden a agravarse: la inflación de Venezuela que es la más alta del mundo será mayor aún; el desabastecimiento es generalizado, y las importaciones llegan a niveles insostenibles.

El próximo presidente tendrá que hacerle frente a decenas de contratos colectivos en el sector público cuyas negociaciones han sido pospuestas con la complicidad del liderazgo sindical chavista. Las expectativas sembradas desde el gobierno permite anticipar que los trabajadores demandarán remuneraciones más altas, mayores beneficios, y menos horas laborables. La falta de productividad para ellos es solo una preocupación capitalista. La meritocracia no es más que un valor pequeño-burgués prescindible.

Las empresas del Estado están en una situación deplorable. Son gerenciadas por comisarios políticos sin ninguna formación gerencial y cuestionada valoración ética. Sus nóminas se encuentran sobre saturadas de personal innecesario, buena parte del cual no cumple ninguna función distinta que la de hacer política. Acumulan un rezago tecnológico monstruoso y nadan en la corrupción. La producción medida en volúmenes no ha hecho sino descender en Ferrominera, Sidor, Venalum, y en casi todas las empresas de Guayana  Se comenta que el gobierno nacional ofreció venderle a los chinos la empresa Corpoelec y que ellos declinaron. Se entiende, no se puede esperar este tipo de solidaridad de nadie.

Se han exacerbado políticamente las expectativas populares de obtener viviendas regaladas a través de la Misión Vivienda a plena conciencia de que esas expectativas no pueden ser satisfechas de ese modo. El exceso populista que significó la nueva ley de alquileres hizo desaparecer instantáneamente el inventario viviendas de alquiler que existía. En general la infraestructura del país está en el suelo y los pocos proyectos en marcha son manejados por empresas extranjeras a precios exorbitantes.

La contribución del sector agrícola al PIB continúa mermando. Cerca del 70 por ciento de la comida que se consume en Venezuela es de origen importado. Las empresas más modernas del sector agro-industrial se han visto obligadas a desplazarse hacia Colombia y surtir desde allá las necesidades alimenticias del país. No pudieron con el acoso gubernamental ni con los controles de precio.

El entramado institucional del país está en la carraplana. El sistema judicial venezolano causa vergüenza y se ha transformado en una eficaz maquinaria de represión política en contra de los adversarios del gobierno. La libertad de prensa se encuentra seriamente comprometida. La hegemonía comunicacional que se propuso alcanzar el gobierno hace varios años es hoy una realidad que desinforma, ideologiza y aburre a los ciudadanos. Las bandas armadas chavistas actúan con total impunidad y a sus anchas. El alto mando militar se ha declarado chavista y dispuesto a “darnos por la madre” si ejercemos nuestros derechos ciudadanos a la protesta. Los cubanos gobiernan a nuestro país desde las sombras.

Como puede observarse entonces, la Venezuela que heredamos del difunto presidente está sumida en el caos y en la anomia. El problema es que al menos la mitad o más de la población lo ignora o simplemente rehúsa a darse cuenta de ello.

El país marcha aceleradamente hacia la ingobernabilidad. Por eso creo que lo mejor que nos puede ocurrir por ahora es dejar que Maduro se coloque la banda presidencial y responda ante sus seguidores por la estafa que heredó del gobierno que lo antecedió en el poder. Es la única manera de acabar con el mito. Liberados de él quizás podríamos recuperar el tiempo perdido en estos últimos catorce años.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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