Portugal en la FIL de Bogotá LA NOSTALGIA DEL HÉROE, por Miguel Gómes

Portugal en la FIL de Bogotá

Portugal es el país invitado de la 26ª Feria Internacional del Libro de Bogotá que actualmente se desarrolla en la capital colombiana con un éxito sorprendente. La excelente revista El Malpensante ha preparado una edición especial titulada Capricho portugués. Un cabotaje por la cultura lusitana. En ese marco convocó los textos de un conjunto de autores en torno a la figura de Dom  Sebastião, también conocido como Sebastián I, décimosexto rey de Portugal y séptimo de la dinastía  Avís, llamado el Deseado y el Encubierto, héroe e inspirador de su cultura y su literatura. De la página web de El Malpensante hemos extraído la ponencia de Miguel Gomes, narrador, poeta y ensayista venezolano de origen portugués, cuyo título es La nostalgia del héroe. Explica la revista: “Lo que se ha dado en llamar sebastianismo constituye la espina dorsal de la cultura y la literatura portuguesas. ¿Qué es, a qué alude, de dónde surge ese poderoso mito cuyas ramificaciones llegan hasta nuestros días?”. Gomes propone su versión a continuación.

LA NOSTALGIA DEL HÉROE

UNO

Ocho años tendría cuando empecé a oír hablar de Dom Sebastião. Uno de mis tíos, Dinis, había arreado conmigo y me llevaba en auto al interior de la isla. Hacía un par de días que había nevado (en Madeira pasa de vez en cuando, pero es un secreto bien guardado para no ahuyentar el turismo nórdico), así que el paisaje montañoso estaba envuelto en un aura que cegaba, sobre todo cuando algún rayo de sol lograba colarse entre las nubes pétreas. Aprovechando la niebla, mi tío se proponía hacer algo ilegal: cortar un pino. Nuestra familia no concebía las pascuas sin pinheiro ni pesebre; el riesgo de una multa por deforestación era por una buena causa.

Llegamos al lugar. Recuerdo la sensación un poco opresiva de soledad en aquel bosque. Tío Dinis me dijo que me quedara en el auto y obedecí con gusto: la niebla se espesaba, se volvía un engrudo. La figura de mi pariente con un hacha se esfumó en segundos. Mientras esperaba, tratando de penetrar con la vista en aquella pared de vapores, imaginaba lo que creía saber que había alrededor del auto: árboles, hierbajos, peñas, nieve. ¿Dónde estaba el bosque en aquellas tinieblas?

El primer susto me lo dio un caballo, grotescamente peludo y enano, de raza asiática, que acercó los belfos a la ventanilla cerrada para empañarla con los resoplidos –después averiguaría que el gobierno regional los había hecho traer a las zonas frías del interior de la isla, como atracción para los visitantes–.

El segundo susto me lo dio mi tío, al abrir el maletero y meter a empujones el abeto que le robaba a la República Portuguesa. De sopetón, se puso al volante, encendió el motor y me miró sonriente, tal vez a la espera de que le celebrara la audacia. Debió de notar entonces que el sobrino estaba blanco del espanto, fuese por lo del caballo, fuese por la oscuridad, que a aquellas horas parecía de cuento gótico:

–Não acontece nada, pá… É nevoeiro bom; se calhar ainda vamos esbarrar no cavalo de Dom Sebastião.

“Es niebla buena, muchacho; a lo mejor todavía nos damos de narices con el caballo de Don Sebastián”: comencé a imaginar al personaje del que me hablaban como un rey mago. Pero no fue así. Lo comprendí meses después, cuando el tiempo mejoraba y salimos tío Dinis y yo de paseo, con el bisabuelo Lourenço. A este, en su juventud, el servicio militar se lo había traído a las islas; desde entonces, se enamoró del mar sin poder ni querer prescindir de él (con toda razón: había nacido en Trás-os-Montes, una de las zonas más elevadas e inhóspitas del Portugal continental, encajonada entre Galicia, León y el Duero). Aquel día, Dinis y el anciano tuvieron la ocurrencia de sacarme porque oyeron que en la playa la marea había dejado un enorme cachalote muerto. Hasta hoy no me explico cómo habrán llegado a la conclusión de que una cosa semejante podía interesarme. Nos detuvimos frente al monstruo solo unos minutos: apestaba tanto que daba dolor de cabeza. Lo que más recuerdo del paseo, sin embargo, fue lo que pasó cuando caminábamos de regreso a casa. Casi tan impenetrable como la del episodio de la tala navideña, una masa de niebla se adueñó de la costa; serían las tres de la tarde y hubo que encender el alumbrado público. Anduvimos como ciegos no sé cuánto tiempo. Mi bisabuelo refunfuñaba, esgrimiendo el bastón (era un montañés fuerte todavía: lo usaba más como instrumento de represión que como tercer pie); refunfuñaba, digo, y en una de esas se puso a reír, y luego suspiró, con una ternura que no le conocía:

–Já lá vem Dom Sebastião, e desta vez fica…

Cuento estas anécdotas menos por razones sentimentales que por haber leído en algunos historiadores recientes que el sebastianismo se ha disipado del todo y pertenece al pasado de la cultura portuguesa o a sus poetas. La experiencia y el “esta vez se queda” de mi bisabuelo me dicen que esas afirmaciones son falsas y, lo que es peor, ingenuas.

DOS

¿Quién fue Don Sebastián, el rey “deseado” (O Desejado) o, también, el “oculto” (O Encoberto)? Según las enciclopedias, el “décimo sexto monarca de la segunda dinastía portuguesa”, que asumió el trono a los catorce años de edad y desde el principio dio a conocer su proyecto de conquistar Marruecos para, desde allí, extender el cristianismo y su imperio personal por todos los territorios infieles del norte de África. En 1578, sin descendencia aún, Sebastião obtuvo –curiosamente– apoyo de su tío español, Felipe II, y se lanzó a la aventura. La ambición titánica, no obstante, había nacido con mala estrella. El 4 de agosto el ejército ibérico fue derrotado en las arenas de Alcazarquivir; el rey murió, según varios testimonios, combatiendo, y sus mejores hombres perecieron o acabaron prisioneros, a la espera de que se pagaran cuantiosos rescates. Como consecuencia de tanta locura heroica, Felipe II –no curiosamente esta vez– reclamó sus derechos al trono portugués; pese a las resistencias, la anexión se produjo en 1580, lo que inaugura el período, así llamado por algunos, de “cautiverio babilónico”, en el que Portugal vería su antes sólido poderío tambalearse, blanco de los incontables enemigos de España. No solo no fueron conquistados otros reinos, sino que se perdió el propio.

Muchos portugueses comenzaron a anhelar la separación y esta se hizo realidad en 1640, cuando se impuso por las armas una nueva dinastía, la de Bragança. Pero no es tan interesante el sostenido sentimiento independiente de un sector de la nobleza como que tuviera ecos en otras clases sociales, en una memorable anticipación de los nacionalismos a los que hoy estamos acostumbrados. La resistencia autonomista se inició desde la época de la invasión ordenada por Felipe II: circulaba ya el rumor de que Dom Sebastião no había caído en Marruecos y de que regresaría para reclamar lo que le pertenecía. Con el paso del tiempo, la imaginación colectiva haría que el rey más bien resucitase o lo situaría en “Islas Afortunadas” ocultas por la niebla; desde allí se suponía que vendría cabalgando sobre los océanos con su legión de caballeros dispuestos a restaurar las pasadas grandezas y a superarlas, en un verdadero reino de Cristo en la Tierra: se trataba del “Quinto Imperio” vislumbrado con fervor por el padre António Vieira, en una de las mejores prosas (portuguesas o no) de su época. El jesuita no postuló que dom Sebastião en persona fuese a volver, pero en sus discursos onírico-teologales varios representantes de los Bragança encarnaron al monarca del destino. Las muy difundidas Trovas, llenas de simbología arcana, compuestas por el zapatero Gonçalo Anes Bandarra, habían precedido a esas lucubraciones barrocas; comenzaron a conocerse hacia 1530, aun antes de nacer Dom Sebastião, y sus alusiones a un “Bom Rei Encoberto” que cumpliría profecías milenaristas pronto se amalgamaron con el sebastianismo propiamente dicho. Una misma nostalgia unió a eruditos y a analfabetos. La Biblia, fuente de autoridad para unos y otros, ya proponía sucesiones imperiales: a la hora de interpretar un sueño de Nabucodonosor, el profeta Daniel explicaba que cierta estatua con componentes de oro, plata, bronce y una mezcla de hierro y barro representaba los diversos reinos del mundo; una roca destruiría la estatua y se convertiría en una montaña que ocuparía el orbe. Ese justiciero peñasco, para mentes sobreexcitadas de un enorme imperio moderno ahora acosado, no podía sino ser la conjunción de la Corona portuguesa con el poder papal, que disminuiría las glorias previas de caldeos, persas, grecomacedonios y romanos (prolongados los esfuerzos de estos últimos por la Casa de Austria).

Se ha formulado todo tipo de hipótesis para racionalizar la coincidencia asombrosa de zapateros, nobles y teólogos durante y después del “cautiverio babilónico”. Recuerdo que J. P. Oliveira Martins y Manuel Rodrigues Lapa sugerían que el sebastianismo era producto del sustrato céltico de un pueblo que solo por pereza verbal no se llama portugalés: no debería asombrarnos que hasta hace poco todavía se esperase que un gran rey, igual que Arturo, volviera de su respectiva Avalón, adonde las hadas, o lo que fuese, se lo habían llevado tras una trágica batalla final. Ha circulado otra conjetura, de corte “americocastrista”, diría yo, según la cual el criptojudaísmo de los siglos XVI y XVII encontraría en la leyenda sebastianista una reformulación política permisible de la espera del Mesías. Lo cierto es que, sin importar su origen, el deseo de un nuevo Sebastião contribuyó a que Portugal retomase su vida independiente y a que, a partir de ese momento, toda aspiración reformista en el imperio, revolucionaria o contrarrevolucionaria, estuviera por lo menos indirectamente tiznada de su utopismo.

Un caso americano que no podemos olvidar: el movimiento del Conselheiro en Canudos, a fines del siglo XIX. Hacía varios decenios que Brasil se había separado de Portugal; además, en los sertones eran ya notables los añadidos indígenas y africanos a la cultura portuguesa. No obstante, una versión del sebastianismo movilizó la oposición popular a la joven república. Después de haberse referido en varias oportunidades a una herencia lusitana de misticismo político, Euclides da Cunha recoge en Os Sertões una canción que me parece suficientemente explícita en lo que concierne a las nostalgias monárquicas y la diabolización de la modernidad, el gran “Perro” infernal opuesto a la Iglesia y sus sacramentos:

Saiu Dom Pedro Segundo
Para o reino de Lisboa;
Acabou-se a monarquia,
O Brasil ficou à toa!

Dom Sebastião já chegou
E traz muito regimento,
Acabando com o civil
E fazendo o casamento. […]

Visita nos vem fazer
Nosso rei Dom Sebastião,
Coitado daquele pobre
Que estiver na lei do Cão!

(¡Partió don Pedro II / para el reino de Lisboa; / se acabó la monarquía, / Brasil se ha quedado a la deriva! // Don Sebastián ha llegado / y trae un gran ejército, / para acabar con el matrimonio civil / y volver al eclesiástico. // […] // Visita viene a hacernos / nuestro rey Don Sebastián. / ¡Ay del pobre / que siga en la ley del Perro!)

Quien haya leído bien la sofisticada reescritura de Os Sertões que hizo Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo recordará, sin duda, que el barón de Cañabrava, desengañado de la locura y el fanatismo tanto de los acólitos del Conselheiro como de los militares republicanos que los aplastan, decide abandonar del todo la política, retirarse a la ciudad de Salvador (ni más ni menos) y allí acostarse con una mulata cuyo nombre es Sebastiana (nota bene: ¿se nos estará recomendando curar los ataques de salvacionismo con una dosis de sexo tropical?).

TRES

En el Brasil actual Don Sebastián sigue vivo: se cuela como espíritu en el sincretismo de los cantos del tambor de mina y otros cultos de raigambre africana. La cultura oral repite historias del rey, que se transformó en toro negro después de la batalla de Alcazarquivir y aparece de noche, cada 24 de junio, en la isla de Lençóis, en la costa de Maranhão; si alguien hundiese una espada en la estrella de plata que el animal tiene en la frente, la ciudad de São Luís, a un par de días de allí, se sumergiría y en su lugar aparecería un reino encantado.

En la Europa de hoy el Deseado surge menos aparatosamente, en frases bonachonas o resignadas como las de mis parientes, demasiado habituados al “amor de lejos” y otras modulaciones trovadorescas del fado. Comoquiera que elija dar señales de su ruta, desde el principio el destino de Don Sebastián era literario, sobre todo poético. Antes de Alcazarquivir, Camões lo había retratado en Os Lusíadas como “maravilha fatal da nossa idade”, esperanza de la nación (aunque, eso sí, mostrándose inquieto porque el joven monarca no parecía estar muy interesado ni en las mujeres ni en tener descendencia). Francisco de Aldana murió junto al rey en los campos marruecos. Después de la desaparición de Don Sebastián, Luis Barahona de Soto y Fernando de Herrera lo exaltaron con los más peregrinos propósitos (entre otros, justificar la anexión de Portugal, sea por la impericia de sus militares, sea por la voluntad divina). Varios de los más conmovedores versos de la “Elegia ii” que debemos a Diogo Bernardes, prisionero después de Alcazarquivir, retratan los últimos instantes del rey presenciados por él:

Não choro, quanto a mi, verme perdido;
Choro que vi perder em breve espaço
Hum Rei tão bellicoso, e tão temido.
Na ventura lhe foi o Ceo escaço
Tanto, quanto em esforço liberal;
O que bem nos mostrou seu forte braço. […]

Cahio na rubicunda e ardente area
O Lusitano Rei, e a lingoa fria
Deu o final suspiro em terra alhea…

(No lloro, en lo que a mí respecta, por verme perdido; / lloro por haber visto perderse rápidamente / un Rey tan belicoso y temido. / En la ventura le fue el Cielo / tan escaso como en trabajos pródigo, / lo que bien nos mostró su fuerte brazo. // […] // Cayó en la rubicunda y ardiente arena / el Lusitano Rey, dando la gélida lengua / el final suspiro en tierra ajena…)

Bernardes, en la “Elegia I (Estando cativo)”, ya insinuaba, junto con el dolor, una acusación: hubo algo pomposo en toda aquella cruzada; su osadía era infantil, vacua, egoísta: “Oh Rei por nosso mal tão esforçado!”. Hacia fines del siglo XIX, otro portugués célebre, Camilo Castelo Branco, ha de concordar con esa visión tétrica de lo que la historia oficial posterior exaltaría como heroísmo trágico típicamente nacional; su soneto “Alcácer-Quibir”, de hecho, fue censurado por el salazarismo: “Índia, escrava gentil, espera um pouco. / Lá vem sobre Marrocos um rei louco… / Eis Alcácer-Quibir! Estás vingada!”. La derrota de Don Sebastián sería una especie de consuelo para la India por haber padecido el imperialismo portugués.

Ninguna denuncia anticolonial se encuentra en los autores de lengua española que se han ocupado del rei louco. Las nieblas esencialistas, desde luego, le obstruían a Unamuno la contemplación de esas cuestiones. El Portugal alegorizado por uno de sus sonetos como una mujer en la playa, absorta en añoranzas, es pasivo y sigue enamorado del pasado; el Atlántico le

Dice de luengas tierras y de azares
Mientras ella sus pies en las espumas
Bañando sueña en el fatal imperio,
Que se le hundió en los tenebrosos mares;
Y mira cómo entre agoreras brumas
Se alza Don Sebastián, rey del misterio.

En Borges, quien por su apellido constantemente alegó antepasados portugueses, creo adivinar alguna lectura unamuniana, que asoma en el despolitizado y mitologizante soneto de El hacedor titulado “Los Borges”:

Nada o muy poco sé de mis mayores
Portugueses, los Borges: vaga gente
Que prosigue en mi carne, oscuramente,
Sus hábitos, rigores y temores.
Tenues como si nunca hubieran sido
Y ajenos a los trámites del arte,
Indescifrablemente forman parte
Del tiempo, de la tierra y del olvido.
Mejor así. Cumplida la faena,
Son Portugal, son la famosa gente
Que forzó las murallas del Oriente
Y se dio al mar y al otro mar de arena.
Son el rey que en el místico desierto
Se perdió y el que jura que no ha muerto.

Pero tenemos que regresar a Portugal, por supuesto, para observar la reconfiguración más llamativa del sebastianismo durante el siglo XX, que toca a Fernando Pessoa. Para él, como lo documentan numerosos escritos, el “Quinto Imperio” sería sobre todo cultural, un reino de poetas cuyo trono se localizaría en la lengua portuguesa. Una demostración tan alucinante de fascismo puesto en diálogo con lasbellas letras (delirio ciertamente futurista: recuérdese el caso marinettiano) arraiga con hondura, no obstante, en lo “misterioso” y lo “místico”, sin necesidad de mencionar ninguna de esas palabras. Su libro Mensagem, reescritura vanguardista y esotérica de Os Lusíadas, contiene varias de las mejores composiciones pessoanas, inspiradas por el Deseado, sus nieblas e “Islas Afortunadas”:

Que voz vem no som das ondas
Que não é a voz do mar?
É a voz de alguém que nos fala,
Mas que, se escutamos, cala,
Por ter havido escutar.

E só se, meio dormindo,
Sem saber de ouvir ouvimos,
Que ela nos diz a esperança
A que, como uma criança
Dormente, a dormir sorrimos.

São ilhas afortunadas,
São terras sem ter lugar,
Onde o Rei mora esperando,
Mas, se vamos despertando,
Cala a voz, e há só mar.

(¿Qué voz viene en el rumor de las olas / Que no es la voz del mar? / Es la voz de alguien que nos habla, / Pero que si escuchamos calla / Por habernos atrevido a escuchar. // Y solo si, soñolientos, / Oímos sin saber oír, / Nos contará ella de la esperanza / A la que, como un niño / Que duerme, durmiendo sonreímos. // Son islas afortunadas, / Son tierras sin lugar, / Donde el Rey vive esperando, / Pero, si vamos despertando, / La voz calla y solo persiste el mar.)

Una poeta portuguesa contemporánea se ha ejercitado en transformaciones del sebastianismo a mi ver más osadas que las de Pessoa. En algunos enigmáticos poemas de Sophia de Mello Breyner Andresen, el Oculto se erotiza gracias a los hábitos antiguos de lacantiga de amigo:

Espero sempre por ti o dia inteiro,
Quando na praia sobe, de cinza e oiro,
O nevoeiro
E há em todas as coisas o agoiro
Duma fantástica vinda.

(Te espero siempre el día entero, / cuando sube por la playa, de oro y ceniza, / la niebla / y hay en todas las cosas el augurio / de una fantástica venida.)


CUATRO

Consigna de independencia; guerrero de Dios en la Tierra; ejemplo de malograda valentía; amargo castigo para el imperio que prácticamente reinventó el colonialismo; blasón de todo tipo de reacciones políticas; humanización de lo desconocido y de las manifestaciones metafísicas de la saudade; esperanza de quienes no asimilan la decadencia; amante espectral o visión del animus: esas cosas y otras ha resultado ser Dom Sebastião a lo largo de la historia, monumental versión portuguesa del test de Rorschach. Últimamente, acaso por el auge universitario de los queer studies, he oído que existe una nueva teoría sobre el “rey loco”: jamás murió en combate, sino que se ocultó en algún lugar para entregarse ­–también heroicamente, a su modo– a un amor homosexual que la época condenaba (no se olviden las preocupaciones sobre su poco entusiasmo por la reproducción expuestas por Camões en Os Lusíadas y ya debatidas con cierta amplitud por la crítica portuguesa). Sea como sea, me parece que, después de la invención del psicoanálisis y la psicología analítica, lo que hoy podría llamarnos más la atención acerca del Deseado es su ubicuidad, la enorme facilidad con que se convierte en objeto de “proyecciones” de la psique de quienes a él se aproximan.

Recuerdo, por cierto, uno de los mejores grafiti que en mis tiempos de estudiante leí en un retrete de la Universidad de Coímbra:

DOM SEBASTIAO WAS HERE.

Acertaba Pessoa al decir en su Mensagem que “el Mito es la Nada que lo es Todo”.

CINCO

Sigamos con los mitos y, en particular, con los que se politizan. En Réflexions sur la violence, Georges Sorel pregonaba “un estado mental épico” con el propósito de alentar la lucha de clases; según él, lo legendario lograría “iluminar” una violencia portadora de “salvación al mundo moderno”. La recepción no calculada que tuvo el sindicalista francés en los círculos fascistas (y la confusa simpatía simultánea que en sus últimos años él mismo expresó por Lenin y Mussolini) ya debería alertarnos sobre las consecuencias de incorporar lo religioso en la política. Acaso el ejemplo más lamentable de ese encuentro sean fenómenos en apariencia contrarios que en el fondo no lo son tanto: el nazismo con sus wagnerianas recuperaciones del Grial o la espada de Sigfrido y el Sendero Luminoso con su “luz”, ambos generosos en carnicerías.

Lo heroico (y su versión judeocristiana, lo mesiánico), como pocos otros mitemas, se ha prestado a esos roces casi siempre catastróficos entre lo divino y lo humano, acaso porque funciona como signo del lenguaje propio del patriarcado más recalcitrante. Hace mucho tiempo, incluso antes de su Symbole der Wandlung, C. G. Jung comprobó que las representaciones del héroe en arte, folclor, religión y otros campos culturales expresan una fase del desarrollo de la conciencia individual y colectiva a partir del caos ourobórico y maternal del inconsciente. Las luchas del adolescente por hacerse con una identidad personal, y separarse de la plural e indiferenciada que hereda de la familia u otros grupos, son simbólicamente heroicas; sin embargo, persistir después de cierto tiempo en ese estado conflictivo, bélico y no secretamente maniqueísta (para el patriarcado, el dragón-madre con el que combate el héroe ha de equivaler al mal) delata un tipo de estancamiento e inmadurez psíquica peligroso. El héroe empieza a parecerse, sin darse cuenta, al dragón y, en vez de aportar la luz de la razón y la conciencia patriarcalmente exaltadas, desata sobre la tierra una inundación tenebrosa: cruzada, guerra santa, campo de concentración, pogrom, purificación racial, chamusquina inquisitorial, caza protestante de brujas, manifest destiny, lucha por los valores de Occidente, lucha contra el Estado centralista, lucha contra el comunismo o el capitalismo, lucha por la Tierra Prometida (en cualquiera de sus variantes) incluso si esto supone el desarraigo, la humillación o el exterminio de quienes ya están viviendo en ella. No solo Jung, sino también psiquiatras más recientes como Edward Whitmont (en Return of the Goddess) y Edward Edinger (en Ego and Archetype) lo han advertido: todos necesitamos vivir mitos para reencontrarnos, “religarnos” a nosotros mismos (por algo religio yreligare se vinculan), pero pocas veces –¿o nunca?– la conversión de esos relatos introspectivos en normas socializadas ha tenido buen fin.

El Edipo que merodea ciego por los bosques tras haberse percatado de que con la madre-esfinge en realidad no se podía, o el Ícaro que comprende, muy tarde, en plena caída, que no hay nada que repare las impertinencias de su hubris, son la otra cara del héroe derrotado: ¿no habitarán con Dom Sebastião en algún rincón de su isla nebulosa? ¿Qué parálisis del alma no se esconderá en quienes añoran esos especímenes heroicos? Si lo vemos con optimismo, está claro, el resultado no es la matanza del Otro, convertido en dragón por nuestras proyecciones. Anhelar conmovidamente al paladín que fue y ya no es, con todo, puede instalar ruinas no fuera, sino dentro de nosotros: una existencia desértica o “laberíntica” (como diría Eduardo Lourenço de la ontología portuguesa: o labirinto da saudade), un constante hipar entre escombros.

Algunos escombros que nos depara el siglo XX: un antiguo imperio que tercamente continuó revolcándose en su decadencia, desintegrado poco a poco y con mucho costo; un sujeto lírico que igualmente prolongaba con fascinación el derrumbe de su identidad pueril y endeble, desintegrada poco a poco –aunque con mucho talento– en diversos heterónimos. Dos hispanoamericanos han escrito ensayos memorables sobre esos temas lusitanos y pessoanos: Francisco Rivera (“Fernando Pessoa y la mirada del otro”, en Entre el silencio y la palabra) y Santiago Kovadloff (Vallejo y Pessoa: lo poético, lo político).

SEIS

Por muchos años viví también en un país que ha desarrollado una versión muy suya del sebastianismo. Mejor dicho: no me extrañaría que el sebastianismo y esa actitud “muy suya” a la que me refiero fueran versiones más bien de algo que los antecedió en la psique humana, tal como se manifiesta en este tramo patriarcal (que no es el primero y ojalá no sea el último) de la historia de la conciencia.

Pienso en Venezuela y lo que se ha dado en llamar “culto bolivariano”. Creo que es evidente en qué consiste la grandeza militar e ideológica de Bolívar; está claro así mismo que uno de sus proyectos más hermosos, la unidad política de la América hispana, quedó lejos de realizarse: el pesar de los últimos días del Libertador permite entrever la dimensión trágica que ese fracaso otorga a su figura. Una de las “Islas Afortunadas” del hispanoamericano es la confederación de todos los fragmentos del imperio. Otra podría ser el regreso del héroe que no logró materializar su exaltado sueño. En Venezuela esos supuestos “retornos” han tenido consecuencias a veces devastadoras –recuérdense, para no ir muy lejos, los paralelismos que los defensores de dictaduras megalómanas o sórdidas, como la de Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez, se han esforzado en establecer entre el caudillo de turno y el Padre de la Patria–.

La prolongación perpetua de una actividad heroica que pertenece al pretérito y sus circunstancias irrepetibles no puede sino tacharse de demagógica, de netamente antihistórica: cuando Hugo Chávez tomaba la espada de Bolívar y la blandía frente a la multitud (la prensa publicó suficientes fotografías de esos acontecimientos) reactivaba irresponsablemente un mito de redención heroica que abría las puertas del presente a invitados que eran y son el pasado. Un país rebautizado como “República Bolivariana”; una parte del sistema educativo concebida como “bolivariana”; repetición descontextualizada de frases de Bolívar: circo que ni siquiera trajo pan consigo y, por supuesto, no resolvió los problemas duros y tangibles del ahora; ni reforma ni revolución: espectáculo. La posmodernidad que impuso al chavismo en Venezuela es la de los “simulacros” de Baudrillard; mucho dice que los contrincantes electorales de Chávez hayan sido en su primera elección una ex Miss Universo y un político que en su campaña se paseó a caballo por la petrolera y automotriz Caracas de fines del siglo XX. Todo eso habría sido kitsch si se hubiese traducido en alguna ironía; pero se quedó en cursi (y, visto con detenimiento, en melancólico). Cuando se disipen las nieblas llenas de reinas, caballeros y paladines, y los ojos de la mayoría se abran a la realidad política, ¿qué se encontrará? Probablemente las mismas carencias de otros tiempos, más añejas; y, lo que es peor, la violencia de quienes ven aumentar sus frustraciones al comprender que los han engañado y solo cuentan con la presencia de lo ausente. La farsa grotesca podría concluir en desastre. De hecho, los opositores derechistas de Chávez en 2002 se limitaron a sumergirse en el espectáculo organizado por su enemigo, incurriendo en “videogolpes” y muestras torpes de autoritarismo. Esperemos que la oposición de centro e izquierda haya podido distinguirse de la que predominó en esos tristes días. El cuadro de principios de siglo es desolador, por el momento: un san Jorge que ha echado fuego por la boca y ha batido alas de murciélago mientras lo embestía el dragón a caballo, con armadura, lanza y escudo. Hasta la aparición de Capriles Radonski, el centrismo y la izquierda antichavistas habían ido a guarecerse en la gruta sombría que Uccello coloca en un segundo plano.

Coincidencia de coincidencias: Movimiento Quinta República se llama la organización política que respaldó inicialmente a Chávez (el nombre remite a la sucesión de “repúblicas” perdidas y recobradas que hubo en Venezuela durante la terrible Guerra de Independencia; después, el desfile de proyectos nacionales proseguiría). Con Chávez se insinuaba que finalmente la patria conquistaría su destino, que la “nueva” patria sería la gran roca que derribaría la estatua del sueño de Nabucodonosor. “Quinto Imperio” o “Quinta República”; mesianismo, sebastianismo, chavismo: una mano secreta pareciera reunir esa dispersión de creencias a través de los siglos y los continentes.

¿Cuáles serán los verdaderos límites del inconsciente?

SIETE

“Melancholy is the character of mortality”, aseveraba Robert Burton (I, I, V), tal vez presintiendo que su hiperbólico tratado se ocupaba menos de la medicina que del tratadista. Y agregaba: “No man can cure himself; the very gods had bitter pangs, and frequent passions” –que aun los dioses hayan sufrido amargos dolores y tenido pasiones constituye otra razón, supongo, para desconfiar del heroísmo–. Ni ascensos ni descensos, ni ataques ni osadías nos permiten escapar de la sustancia oscura de cierta tristeza que es nuestra, quién sabe si la imagen misma que descubrimos en el espejo la primera vez que en él nos miramos.

En los siglos recientes ha abundado una especie de héroe, el intelectual, es decir, el hombre de letras o el artista con opinión, que reclama para sí las vacantes que en las sociedades cada vez más impersonales de la era moderna van dejando los caudillos. Aunque opinar es necesario, no lo es tanto elegir para hacerlo el atuendo de maestro, de conciencia colectiva o de valiente acusador. ¿Cuántas veces los intelectuales de nuestra época se habrán disfrazado de esos personajes en el carnaval de la vida pública?

Pero las trampas se multiplican, y los lenguajes heredados, la literatura entre ellos, tienen poderes althusserianos que no deberíamos desdeñar. Al releer estos fragmentos me doy cuenta de que yo mismo, que me esfuerzo en señalar un peligro, quizá de antemano haya sucumbido a él por recurrir a un título ambivalente, “La nostalgia del héroe”, que trata de hacer referencia a la actividad utópica o religiosa de sebastianistas, chavistas y demás celebradores de mesías, sumando sin embargo una alusión inadvertida a las saudades de quien escribe, protagonista así de un relato de orígenes y, por ello, modesto héroe –valga el oxímoron–. Mal llevado, incluso el intimismo invita al caudillaje.

En The Makings of Maleness, Peter Tatham describe patrones de conducta para desechar la manía heroica patriarcal. En lugar de Perseo, Teseo o Héracles, nos aconseja, ¿por qué no admirar, más bien, a Dédalo, que al volar no pretendía llegar al sol, sino meramente salvar el pellejo y seguir trabajando en lo suyo? La sugerencia me parece sensata, siempre que no se haga de la falta de heroísmo de Dédalo, el artista, el inventor, otra forma de heroísmo, para acabar una vez más mordiéndonos la cola.

Quizá lo del sexo tropical no sea una mala idea, después de todo.

http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2818

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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