Un buen día para morir, BRUCE ANDA SUELTO (TOMA 5), por Ricardo Pineda

Bruce Willis 1Mantenerse activo dentro de la maquinaria de Hollywood por un cuarto de siglo es lo que ha hecho de Bruce Willis el apoderado de la etiqueta “duro de matar”. Ya es un hábito verlo resurgir tras protagonizar, como si nada, algunos estruendosos fracasos de taquilla. Cuando no sube a bordo de secuelas o proyectos predecibles desvirtúa la percepción general de los críticos hacia sus capacidades histriónicas en una que otra producción de valor independiente. Sin duda, una carrera con altibajos que le ha permitido sobrevivir pese a los cambios del juego, así como su alter ego en la ficción, John McClane.

El actor de 58 años encarna al intrépido detective por quinta vez en Duro de matar: Un buen día para morir (2013). Esta vez viaja a Rusia para estar al tanto de su hijo Jack (el australiano Jai Courtney), tras cometer un asesinato. Pero todo es parte de una operación encubierta de la CIA para ayudar a escapar a un prisionero (Sebastián Koch, el mismo de La vida de los otros) quien tiene pruebas para detener a un alto funcionario del gobierno y su escuadrón de matones.

La cinta está a un millón de años luz de lo que fue Die Hard (1988), magnífico relato sobre un policía neoyorkino atrapado en un rascacielos de Los Ángeles, en víspera de Navidad, para reunirse con su distanciada esposa Holly cuando una banda terrorista se apodera del lugar y debe enfrentarlos, descalzo y en suma desventaja, inmortalizando la frase: “Yippee Ki-Ye”.

Hasta ese entonces el actor era conocido como el alocado detective David Addison en la serie Moonlighting, al lado de Cybill Shepherd. Por un contrato de cinco millones de dólares (inaudito para aquel tiempo) nadie sospechaba que su transición a la gran pantalla estaría reescribiendo el prototipo de héroe de acción, donde ya no se requería gran musculatura o rudeza inexpresiva pero sí mucho sentido de ironía y astucia. La audiencia se identificó rápidamente con McClane.

Walter Bruce Willis (su nombre completo) proviene de la clase trabajadora, específicamente en los suburbios de Nueva Jersey, cercano a Nueva York. Nació el 19 de marzo de 1955 en una base militar al este de Alemania, cuando su padre cumplía con el servicio. Durante la adolescencia el introvertido Bruno, como todos le apodaban, desarrolló una tartamudez que logró superar memorizando sus diálogos en algunas obras teatrales del colegio. Era considerado el payaso de la clase. Como todo aspirante a actor se ganaba la vida trabajando como mesero en varios restaurantes de la Gran Manzana, pero su ineptitud hizo que sus patrones lo alternaran como portero, guardaespaldas, chofer de limusina y cantinero, donde le fue mejor. Siempre se ganaba a la clientela con su ya famosa mueca.

Corría 1987. Ahora disfrutaba de la popularidad televisiva, suficiente para justificar su triunfo en los premios Globo de Oro y Emmy. Según reportes, extrapolaba fuera del set aquella personalidad bonachona y y desenfrenada, tanto así que era expulsado de fiestas o cocteles. Estrenó la comedia Cita a ciegas y a la par lanzó el álbum The Return of Bruno, que vendió miles de copias. En una de esas noches alocadas de Hollywood conoció a la también actriz Demi Moore. Tras cuatro meses de noviazgo y a la espera de su primera hija, se casarse en una excéntrica ceremonia privada en Las Vegas, oficiada por el cantante Little Richard.

Su plan era terminar el contrato con la serie y sentar cabeza, pero Duro de matar le dio un viraje a su carrera más allá de sus propias expectativas. El productor Joel Silver y 20th Century Fox no escatimaron en aumentar su salario para aparecer en una continuación, Duro de matar 2: Más duro, esta vez en el aeropuerto internacional de Dulles, Washington. La formula seguía intacta: es Navidad y McClane enfrenta a militares que buscan evitar la extradición de un dictador suramericano, mientras su esposa Holly circula en uno de los tantos aviones que se quedan sin combustible. “Otro sótano, otro ascensor. ¿Cómo le puede pasar la misma mierda al mismo tipo dos veces?”, se pregunta el propio héroe, tal como lo haría cualquier espectador.

Como regla dorada en Hollywood, las explosiones y los jocosos parlamentos de Willis debían aumentar al doble, minimizando el tono realista de la primera. De todas maneras, se convirtió en uno de los grandes éxitos en ese verano de 1990. En la vida real nacía su segunda hija; todo marchaba sobre ruedas.

Confirmado su estatus como estrella, ahora quería demostrar sus dotes como actor en proyectos de envergadura. El director Brian De Palma le encomendó el papel de reportero alcohólico que investiga a un ejecutivo (Tom Hanks) acusado de homicidio en La hoguera de las vanidades. Aunque muy bien fotografiada, el filme no logró capturar el espíritu del best-seller escrito por Tom Wolfe. La crítica la despedazó, generando a su vez pérdidas millonarias. Fuera del cine, el actor encontró una buena asociación con otros “duros”, como Schwarzenegger y Stallone, para abrir la cadena de restaurantes de hamburguesas Planet Hollywood. Willis comenzó a expresar públicamente sus opiniones políticas y le dio su apoyo a George Bush padre en su campaña por la reelección presidencial de 1992.

Ahora tenía suficiente poder en la industria para llevar a cabo un proyecto concebido en sus días de actor desconocido: Hudson Hawk, sobre un noble ladronzuelo que interpreta clásicos temas de Bing Crosby, forzado a robar tres esculturas de Leonardo da Vinci (una de ellas dentro del mismo Vaticano); en el ínterin no termina saborear un cappuccino, le persiguen agentes de la CIA que llevan por código nombres de barras de chocolates y se enamora de una bella mujer que resulta ser monja. Por muy inaudita, la cinta en clave de comedia se convirtió en uno de sus fracasos más sonados, recibiendo el Razzie como la peor película de 1991.

Ese mismo año rebotó con fuerza al encarnar a un investigador privado que hace llave con un futbolista americano caído en desgracia en El último boy scout. Estaba claro que la audiencia prefería ver a Willis en situaciones al borde del peligro. Hizo una parodia de dicho predicamento en la sátira de Robert Altman The Player, no sin antes mostrarse irreconocible como esposo abusivo en Pensamiento mortales, coprotagonizada y producida por su esposa. Luego se unió al elenco de La muerte le sienta bien, donde Mearyl Streep y Goldie Hawn beben una pócima para volver a ser bellas y esbeltas.

Por los pasillos de los estudios corría el rumor de que Willis se hacia el imposible a la hora de llegar a un acuerdo. Demandaba mayor remuneración por producciones que a la larga decepcionaban, como Zona de impacto, policial en los ríos de Pittsburgh a partir de un asesinato en serie y “El color de la noche”, thriller sicológico donde accedió a hacer un desnudo frontal y escenas de sexo subidas de tono.

Comenzaba a verse un patrón en las películas que elegía: héroe venido a menos, momentos inverosímiles que lo hacen superarse y giros sorpresivos al final. Su carrera, al igual que el cabello en su cabeza, se desvanecía. Por fortuna, recibió una inyección de adrenalina al liderar uno de los tres segmentos en Pulp Fiction, la obra maestra de Quentin Tarantino que se alzó con la Palma de Oro en Cannes de 1994 y obtuvo el Oscar al Mejor guión original. Su papel de boxeador que traiciona a un jefe de la mafia, para luego rescatarlo, fue catalogado como un gran “comeback”.

Reapareció por un sueldo de 15 millones de dólares en la tercera Duro de matar: La venganza. Ya no había espacios confinados, la escala acaparó a toda la ciudad de Nueva York, donde un terrorista amenazaba con detonar bombas mientras llevaba a cabo su plan de robar la reserva nacional de oro. Fue la más taquillera de 1995 a nivel mundial.

No tuvo reparos en mostrarse completamente calvo cuando encarnó a un viajante del futuro con la misión de identificar el origen de un virus que acabó con toda la humanidad en Doce monos. Le entusiasmó tanto el género ciencia ficción que se fue de lo fantástico a lo interestelar con El quinto elemento y en la astronómicamente comercial Armagedón. Ahora Bruce Willis era sinónimo de salvador de la humanidad y el planeta Tierra. Pero por cada éxito habían otras debacles, como el cruce entre vaqueros y gánsteres en El último hombre, el remake El chacal (su primera y única vez como villano), Misión: Máxima seguridad y la premonitoria Contra el enemigo.

Su matrimonio con Demi Moore llegó a su fin. La pareja dorada hizo el anuncio en junio de 1998 y su carrera tambaleaba otra vez… hasta que lo volvió a sorprender el éxito con el clásico de suspenso Sexto sentido, hasta hoy la más lucrativa de su carrera. Dio vida a un sicólogo infantil que intenta ayudar a un traumatizado niño que tiene la habilidad de ver gente muerta. El escalofriante giro final propulsó la nominación al Oscar como Mejor película.

Colaboró de nuevo con el director M. Night Shyamalan en el drama El protegido, contextualizando la mitología de los superhéroes de historietas a personas comunes y corrientes. También volvió a sus inicios con la comedia Un vecino peligroso, donde hace de matón que simpatiza con Matthew Perry (de la serie Friends) y la cinta de toque familiar Mi encuentro conmigo.

El despertar del siglo 21 encontró a Willis en un letargo del que parecía divagar sin el mínimo esfuerzo o interés de salir adelante: Bandidos, En defensa del honor, Lágrimas del sol y Vecino peligroso 2 rayaron en la mediocridad. Aquella personalidad jocosa y alocada empezaba a tomarse a sí mismo muy en serio. Ofreció un millón de dólares de su propio bolsillo a quien capturara a Osama bin Laden tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. Sus hijas –Rumer, Scout y Tallulah- atravesaban la pubertad y su ex esposa acaparaba titulares por su publicitado romance con Ashton Kutcher, mucho más joven que ella. Cuando se casaron, Willis acudió a la boda como amigo de la pareja. Entonces estaba comprometido con la esbelta actriz Brooke Burns, pero cancelaron los planes tras 10 meses de relación.

La mentalidad de Hollywood estaba cambiando. Ahora los efectos especiales y equipos de filmación cedían paso a la tecnología digital. Duro de matar 4.0 (2007) presentó al policía análogo contra un grupo de ciberterroristas que hackea el sistema eléctrico en para apoderarse de la economía nacional. Desprovisto totalmente de su cabello, ahora el protagonista se encuentra sólo, divorciado, buscando acercamiento con su hija; ya no fuma ni tiene miedo a volar y sus quejas son menos profanas. Lo han suavizado.

Otra vez quedaba demostrado que el rendimiento de esta serie brindaba mayores frutos en la taquilla que los recientes esfuerzos de Willis en Hostage, 16 calles e Identidad sustituta, cortadas con la misma tela. Alternó en piezas con elenco de ensamble como la hiperviolenta adaptación de la novela gráfica  Sin City y las dos entregas de Los mercenarios, que finalmente reunió a Stallone y a Schwarzenegger en un combo de tipos duros.

El año pasado volvió a desfilar en Cannes de la mano del cineasta Wes Anderson con Un reino bajo la luna, por la que fue nominado como Mejor actor secundario en los Independent Spirit Awards. También restituyó la fe de los críticos por el fresco guión de Asesinos del futuro, como un viajante en el tiempo que se enfrenta a su yo joven (Joseph Gordon-Levitt, quien captura con mucha precisión y un poco de látex sus acostumbrados guiños y articulaciones).

Se lanzó al agua por segunda vez en 2009 con la modelo británica Emma Heming, de 34 años, quien le ha dado su cuarta hija. Asumiendo los gastos de manutención de toda su familia, impuestos al fisco, el porcentaje de su salario para sus agentes y/o representantes, arrendamiento de mansiones y vehículos, viajes, servicio doméstico, compras, entrenadores o estilistas; no ha de extrañar que en tiempos de la actual crisis económica Bruce Willis recurra a los cheques gordos. Este 2013 no sólo aparece en la nueva Duro de matar, sino que también se va por lo seguro en las secuelas G.I. Joe: Retaliación (desde el próximo viernes 26 en Venezuela), Red 2 y Sin City: Mataría por ella.

Sabe que por ello no ganará un Oscar. Nunca ha mostrado interés en dirigir o sentarse a escribir un guión. Ni siquiera le anima la idea de tener que promocionarse ante los medios. En febrero pasado se disculpó con los animadores del programa británico One Show tras mostrarse desconectado y balbuceando sus respuestas. Tampoco ganó adeptos al pronunciarse contra la ley de control de armas propuesta por el gobierno de Barack Obama tras las trágicas matanzas escolares en Sandy Hook.

Quien acuda a ver Duro de matar: Un buen día para morir, desde ya en cines, debe aceptar que la saga nunca ha tratado de ofrecer conectividad con respecto a las cintas anteriores, mucho menos consistencia en el departamento de la lógica (el guión de Skip Woods culmina en Chernobyl). Bien podría llamarse “El Show de Bruce Willis”, por su encarada actitud hacia los flameantes roces con la muerte. Ése es su nicho. A McClane nunca se le verá de visita al médico o enfrentando juicio con las aseguradoras por los desastres del pasado. Cada película lo muestra desde cero, como reseteado, sin marcas o cicatrices, listo para asumir el inminente conflicto que se avecina.

John Moore (Tras líneas enemigas, el remake El vuelo del Phoenix) no es John McTiernan, el director de la 1 y 3. Era de esperarse que su ejecución resultara genérica, de cortes bruscos y con visuales que resaltan el rojo, gris ocre y azul en tonos vibrantes. Pero no lo contrataron para reinventar el formato o antojarse de original (inútil cuando se trata de una quinta parte), sino para llevar hasta su máxima potencia una larga persecución automovilística por las calles de Rusia, la cual cumple a cabalidad. Hace gala, además, de la marca Mercedes Benz y se codea de mucha artillería pesada como el poderoso y moderno helicóptero de guerra, que usa como si fuera un juguete.

El único momento humano proviene cuando McClane se abre a su hijo con un sentimental “Te quiero”. Nada hace dudar que Willis quiso imprimirle ese detalle a la película en su condición de progenitor en la vida real y, al mismo tiempo, homenajear a su ya fallecido padre.

“Me gusta correr y dar la pelea en pantalla. Pero llegará un momento que ya no y entonces colgaré el chaleco para siempre”, dejó entrever el actor de casi 60 años, quien en mayo pasado fue honrado por el gobierno de Francia con la Orden de las Artes y Letras, una de los máximos reconocimientos de dicha nación a los logros culturales.

Son muchas exigencias (un buen director, guion más compacto, villanos de lujo) para culminar la saga tal cual comenzó: con un toque de gracia. En Tokio, casualmente donde está ubicada la gerencia general de la ficticia corporación Nakatomi, se cerrará el círculo. “Yippee Ki-Ke”. Habrá Die Hard 6.

Anuncios

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en Cine, Otras voces y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s