Voces secretas LOS PENSAMIENTOS OCULTOS DE MADURO, por Juan Francisco Misle

Maduro preocupado 1Me imagino a Maduro, tempranito en la mañana, mirándose al espejo mientras se afeita la barba cavilando sobre la responsabilidad que heredó de su difunto “padre”,  y en especial, sobre  el torrente de críticas que ha recibido a escaso un mes de su desangelada toma de posesión como presidente de Venezuela: ¿valdrá la pena seguir con todo este desgaste personal en medio de los cuestionamientos a mi legitimidad como presidente? ¿Por cuánto tiempo aguantaré el secreteo, el cruce cómplice de miradas y hasta el fastidio que observo entre los miembros del  gabinete que acabo de nombrar? ¿En qué momento le pondré “un parao” a las burlas cada vez más insoportables de Diosdado y a la falsa conmiseración de José Vicente? ¿Qué debo hacer  si sigue deteriorándose el  apoyo  popular y del partido a mi gestión? ¿Cuáles son mis opciones? ¿No valdrá la pena ordenar al TSJ la inmediata repetición de la fraudulenta elección presidencial del 14-A?

De perderla, como parecen indicar todas las encuestas, sería Capriles el encargado de resolver los graves problemas económicos que hemos venido acumulando tras 14 años de irresponsabilidad financiera, estatizaciones alocadas y acoso a la iniciativa privada. Imagínense lo divertido que sería dejar en manos de mi odiado sucesor la decisión de subir los precios de la gasolina que por años han estado rezagados debido a razones políticas. Cuánto disfrutaría el placer de verlo obligado a devaluar nuevamente el bolívar para compensar al menos parcialmente la falta de competitividad causada por una inflación que apunta a superar el 30 % este año. Y ni hablar del alivio que sentiría dejarle en herencia el paquetico que significa lidiar con la escasez de comida, de productos de aseo personal, y de medicamentos. O el éxtasis de verlo enfrentado a una crisis eléctrica que se agrava con los días a pesar de los miles de millones de dólares que le hemos dado a los brasileños, argentinos y chinos para que nos la resuelvan.

Me evitaría la pena de tener que explicarle a los venezolanos en qué malgastamos esa boloña de dinero que recibimos, y sin tener que mover ni un dedo, gracias a unos precios petroleros que se multiplicaron por diez debido al crecimiento económico de países  China y la India durante los casi tres lustros que llevamos en el poder en Venezuela. Cualquiera en mi lugar lo entendería: desde que agarramos el coroto en ese remoto año 1999, Venezuela pasó de exportador de gasolina a tener que importarla. Una situación tan insólita como sería ver a Arabia Saudita comprádole arena a Israel.  Inimaginable.

Pero eso solo en lo que se refiere a la parte económica. La conflictividad social es a lo que más temo. A mi partida le estaría legando a Henrique una bombita de tiempo a punto de estallar con cientos de contratos colectivos del sector público vencidos desde hace años; decenas de miles de damnificados a los que hemos engañados con la promesa de viviendas decentes y “casas equipadas” a cambio de sus votos. Y qué decir de las expectativas  que engañosamente  hemos alimentado  respecto a puestos de trabajos nuevos y bien remunerados para nuestros jóvenes. Y como si todo eso fuera poco, dejaría a mi sucesor a cargo de una situación de criminalidad y violencia desbordada y con bandas de paramilitares armadas hasta los dientes  que, rodillas en tierra, aterrorizan a la población, asesinan, y son las responsables  de los llamados “secuestros express”.

Cómo justificar, por ejemplo, que las carreteras y autopistas del país se encuentran colapsadas, que la red de hospitales públicos está en la carraplana, lo mismo que las escuelas bolivarianas. ¿Habrá alguna palabra que aplaque la ira de un pueblo harto de la ineficiencia de los servicios públicos y de la corrupción campea en la nación?

Mi salida del poder me ahorraría el titánico esfuerzo de reconstruir desde sus cimientos la institucionalidad del país: desde las fuerzas armadas hasta los tribunales; desde la Controlaría y la Fiscalía hasta la policía y la administración pública. Toda. La pura verdad es que a nombre del socialismo del siglo XXI lo que terminamos haciendo fue ranchificar nuestras instituciones, ninguna sirve para nada.

Visualizo a Maduro  diciéndose así mismo: yo como que le echo piernas.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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