Respuesta a Sofía Kamila Krzeminska ASPIRAR A UN ENRIQUE, por Silvia Dioverti

Esperanza 1Reconozco que la frase “aspirar a un Enrique” me pareció redonda, feliz, y tanto me lo pareció, Sofía, que creo que tu vecina debería registrarla, yo solo la tomo prestada para titular este artículo y, por qué no, para darle un envioncito que la lleve cuan lejos sea posible a través de quienes, como tú, tienen la amabilidad de leerme.

Es, justamente, lo bien logrado de esa frase lo que me impulsa a responder a tu lúcido comentario dejado al pie de mi artículo Dispercepción en este mismo medio. En primer lugar porque ustedes los lectores son la urdimbre en donde el esbozo del articulista, una vez plasmado en negro sobre blanco, alcanza su real diseño, esa fina filigrana que, de faltar, haría de un artículo de opinión un prospecto de medicinas, un ejercicio one way, un puro onanismo ególatra y escritural. Y, en segundo lugar, porque si “París bien vale una misa”, los comentarios de los lectores bien valen un artículo en respuesta, aunque no siempre encontremos el tiempo para hacerlo.

Pues sí, como dice tu vecina, de catarsis se trata, no sé si de aquella necesaria para que podamos aspirar a un Enrique –como se aspira a un Oscar, a un Grammy–, en mi caso es una catarsis de poca monta, la mínima necesaria como para seguir respirando, aun cuando ese seguir respirando consista, egoístamente, en lanzar la pelota para el lado del lector y, así, deslastrarme un poco de tanta frustración; es, si me permites la ironía, un “dadivoso” compartir el mal para tratar de empequeñecer la parte que me llega, esa cuota que, sin que pueda cerrar ojos y oídos, entra en mí sin ser invitada. ¿O sí?, quizá solo atraigamos o invitemos aquello que es consubstancial con nosotros… Pero volvamos al precio de las aspiraciones porque este otro es un tema arduo y largo.

Cuando comenzó a hablarse de las profecías mayas, cuando comenzó a rodar la información por la web y me llegó en uno de esos innumerables correos que anunciaban el fin del mundo, recuerdo haber recordado una frase que Borges pone en boca de uno de sus personajes: “Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno” (“Deutsches Requiem”, El Aleph), porque entonces me pareció, y me lo sigue pareciendo ahora, que si para que lo poco de bueno o de energía positiva que hay pueda alcanzar para cambiar a un número contadísimo de personas y darle una nueva esperanza a la humanidad, entonces bien valía la pena que llegaran las catástrofes anunciadas y nos borraran de la faz de la tierra a todos aquellos que no fuimos o no somos capaces de cambiar, de ingresar –como dicen que dicen las profecías–, a esa nueva dimensión de la humanidad y de la Luz.

A diferencia de lo que me produce mi dispercepción, esa que hace que “todo me hieda y nada me huela”, para decirlo en auténtico venezolano, las primera lecturas de las profecías sobre el fin del mundo me causaron goce, el goce de saber que hay otros Planes para esta humanidad que somos, que hay seres de Luz, llámales maestros, arcángeles, dioses, que trabajan para que no todo aquello que fue Designio Divino se pierda, que trabajan para protegernos de la oscuridad, para protegernos “contra el mal de la noche completamente oscura cuando viene”. Y eso, Sofía, es lo único que me consuela, porque ni siquiera la esperanza que me traería un triunfo de Enrique –ese Oscar, ese Grammy– me sirven en este momento para pagar este hoy tan ostentosa y demencialmente caro.

¿Valen un Enrique las docenas de muertes semanales que deja la inseguridad?, no sé, habría que preguntarle a quienes perdieron a un ser querido en manos de esa violencia. ¿Nos valen mientras tanto las calles fétidas, la degradación humana, la Naturaleza violentada?, no sé habría que sopesar el aquí y ahora –por malformado que este sea–, contra un mañana posiblemente venturoso. Hoy tenemos lo que tenemos como fruto de un ayer, de un pasado que aspiró –como aspira este hoy– a que algo así como la impunidad existe. Y no hablo de esa que consiste en no ir a la cárcel y etcétera, hablo de esa lesiva, corroyente, implacable que es producto de lo que hacemos y que termina por hacernos ser lo que somos (o a la inversa, es igual) y que, como el espejo deformante de Alicia en su país de las maravillas, nos hace ver mínimos, nano humanos; hablo de esa impunidad que consiste en creer que algo así como “Después de mí el diluvio” es posible y que lo que hoy hacemos no tiene consecuencias inmediatas y no nos alcanza.

Sí, coincido en que hay una gran catarsis preparando un vuelco definitivo, solo espero que cuando la gran purga (creo que es en ese sentido que tu vecina usa el término catarsis) haya pasado, no nos sobrevivan –como apuntó alguna vez Uslar Pietri– las cucarachas. No sé si el aleteo de una mariposa en Australia produce un Silvia Diovertimaremoto en Japón, pero sé lo que nos estamos produciendo día a día a nosotros mismos. Y, disculpa, Sofía, el pesimismo, pero siento que no hay vuelta atrás, que pasarán muchos años, generaciones quizá, antes de que esta fotografía de lo que somos comience a desleírse en el imaginario colectivo y podamos aspirar a un Enrique.

Silvia Dioverti

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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2 respuestas a Respuesta a Sofía Kamila Krzeminska ASPIRAR A UN ENRIQUE, por Silvia Dioverti

  1. Querida Silvia.
    Bravo! Volvió la imagen con el despelucado sombrero.

  2. No es que las catástrofes son imprescindibles para que llegue el cambio, hay una “razón” inclusive más fundamental: la esencia misma de este mundo – el constante movimiento; va-y-ven, sube-baja. Y como una parte de la Realidad que está allí sin poder nadie hacer nada al respecto, la historia de la humanidad claramente lo demuestra.
    Por lo tanto, propondría más bien una pregunta dirigida a mí misma: ¿qué hago yo aquí? ¿Cuál es mi participación? ¿Qué aporto para que suceda lo que ¿”deseo”? o tal vez ¿”necesito”?
    De alguna manera, siento que hay tantos y tantos niveles y planos que se cruzan y entrecruzan en estos vaivenes y sube-bajas firmemente, perpetuamente, infinitamente, indeteniblemente que lo único que considero válido es regresar a las bases: yo misma. Y así “no es necesaria la vuelta atrás”, siempre adelante.
    Con mucho cariño, Sofia

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