La casa del fin de los tiempos VOLVER AL PASADO, SENTIR EL FUTURO, por Alfonso Molina

La casa del fin de los tiempos 1

Sobre la actuación de Ruddy Rodríguez recae buena parte de  la credibilidad del film de Alejandro Hidalgo.

La ópera prima de Alejandro Hidalgo posee rasgos muy particulares que la distancian del conjunto del cine nacional. Concebida como drama de suspenso extrasensorial, La casa del fin de los tiempos explora los paradigmas de ese género tan específico, a menudo confundido con el cine de terror. Elabora una trama  más cercana a la dimensión paralela de Sexto sentido (1991), de M. Night Shyamalan, y de Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, que a la maldad demoníaca de La noche de los muertos vivientes (1968), de George Romero, y de El exorcista (1973), de William Friedkin, por solo nombrar algunos clásicos relativamente recientes. Su núcleo dramático se ubica en la tragedia de Dulce, una madre que no solo siente apariciones no convencionales en la vieja casona donde vive con su esposo e hijos sino que sufre una pérdida íntima e intransferible que la conduce por los laberintos del tiempo. La vieja lucha entre lo inevitable y la necesidad de cambiar la historia se pone de manifiesto a través de una trama que se desdobla poco a poco hasta un final revelador, en medio de atmósferas oscuras e ignotas, llenas de misterios y situaciones extremas. El debut de Hidalgo en el largometraje marca una ruta distinta en nuestra producción y acaba de ganar el Premio del Público en el reciente Festival del Cine Venezolano, en Mérida.

Este nuevo realizador asumió la responsabilidad del guión, la dirección y la producción general del film, con el respaldo de profesionales de larga trayectoria como Cezary Javorski en la fotografía y de Josué Saavedra y Jacinto González en el sonido. No en balde ambas categorías resultaron triunfadoras en el FCV. También se apoyó en la experiencia de José Ernesto Martínez y César Rivas en la producción ejecutiva, de Judilam Goncalves y Miguel Ángel García en el montaje, de Evadne Mullings y Daniela Hinestroza en la dirección de arte y del argentino Alex Mathews en el maquillaje. Para mayor seguridad, buscó a Ruddy Rodríguez y Gonzalo Cubero para interpretar los personajes principales y completó el elenco con los niños Rosmel Bustamante y Héctor Mercado, sin contar a Guillermo García, otro triunfador del FCV. Tuvo la inteligencia y la sensatez de rodearse de probados colaboradores para afrontar este desafío. Esto le permitió concentrarse en la historia y la manera de contarla.

Hidalgo definió dos momentos dramáticos separados por treinta años y los desarrolló a través de lo que podría llamarse el presente (o el futuro, según se mire), en 2011, y lo que sucedió  en el pasado (o el presente) el 11 de noviembre de 1981. La historia comienza en esta fecha, cuando Dulce se encuentra en una situación sangrienta y desconocida, y reaparece tres décadas más adelante, con el retorno de una Dulce anciana a la misma casa para averiguar lo que sucedió. Ambas líneas dramáticas se cruzan constantemente y van construyendo un rompecabezas de secretos en el que intervienen Juan José, su esposo, y sus dos hijos Leopoldo y Rodrigo. Más allá de los detalles y las situaciones de la trama, que desde luego no voy a revelar, la película se arma como una investigación que va mezclando tiempos y personajes, con la ayuda de un sacerdote, hasta arribar a una conclusión imposible de evadir. Su estructura narrativa es compleja y exige cierta atención, pero las piezas encajan apropiadamente y definen el dilema de su historia: volver al pasado y sentir el futuro.

La casa del fin de los tiempos alcanza su cometido, en la medida en que logra sumergir al espectadores en el clima dramático de la historia a través de un suspenso bien dosificado, de un adecuado manejo de los tiempos y de una propuesta de iluminación fundamentada en la oscuridad, los claroscuros y los contrastes, al estilo del expresionismo alemán del Nosferatu (1922) de Friedric Wilhem Murnau o de M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang. En este sentido, el guión de Hidalgo. la dirección de arte de Mullings e Hinestroza y la fotografía de Javorski son fundamentales pues juegan con el espacio y el tiempo, con las atmósferas y con las ausencias. La banda sonora adquiere una importancia determinante, gracias al sonido de Saavedra y González y la música de Yoncarlos Medina. Lo sobrenatural, lo inexplicable, lo ajeno al razonamiento científico van atrapando al público de una forma no forzada. El espectador acepta la historia aunque al principio no la comprenda. El elenco contribuye a crear esa atmósfera de suspenso, especialmente las actuaciones de Rodríguez y Cubero, los adultos que desencadenan la trama, quienes brindan credibilidad a sus roles. Como aspecto a resaltar, el maquillaje de Mathews transforma el personaje de Dulce en una anciana, aunque el peso recae verdaderamente en la interpretación de Rodríguez, muy completa, asumida desde adentro del personaje.

Es evidente que el director ha estudiado los clásicos del género pues sabe reproducir sus climas dramáticos y estéticos con visión propia. A ratos el film recuerda Los otros, especialmente por una escena con una sábana y por la investigación que inicia el sacerdote sobre los antiguos moradores de la casa, pero luego busca su camino particular. También me recordó Otra vuelta de tuerca, la celebre novela de Henry James, publicada en 1898, cuya trama se sitúa en una casona donde se manifiestan apariciones y personajes del pasado. Digamos que es imposible escapar de los paradigmas del suspenso sobrenatural. Lo fundamental de La casa del fin de los tiempos se halla en el acertado manejo de los tiempos. Hidalgo demostró su pericia narrativa en este tipo de cine tan difícil. Lo único que echo en falta es la ausencia de vínculos con la realidad cultural, social o policial venezolana. Su historia (hablada en español) puede suceder en Caracas, Ciudad de México, Buenos Aires o la propia Madrid.

LA CASA DEL FIN DE LOS TIEMPOS, Venezuela, 2013. Dirección, guión y producción: Alejandro Hidalgo. Producción ejecutiva: José Ernesto Martínez y Cesar Rivas. Fotografía: Cezary Javorski. Dirección de arte: Evadne Mullings y Daniela Hinestroza. Maquillaje: Alex Mathews. Montaje: Judilam Goncalves, Miguel Ángel García y Alejandro Hidalgo. Sonido: Josué Saavedra y Jacinto González. Música: Yoncarlos Medina. Elenco: Ruddy Rodríguez, Gonzalo Cubero, Rosmel Bustamante, Guillermo García, Héctor Mercado, Yucemar Morales, Alexander Da Silva, Guillermo Londoño. Distribución: Cines Unidos.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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