Kevin Spacey “NUNCA JUZGO A MIS PERSONAJES”, por Ricardo Pineda

Kevin Spacey

En su más reciente proyecto, House of Cards, el veterano actor da vida al retorcido político Frances Underwood.

Kevin Spacey sabe de la maldad. Ganó su primer Oscar por encarnar a uno de los villanos más misteriosos, Keyser Söze, en Sospechosos habituales. También fue el metódico asesino que cumplió a la letra Los siete pecados capitales y, en un tono más ligero, fue una de las razones por la que un grupo de amigos dijeron: Quiero matar a mi jefe.

En su más reciente proyecto, House of Cards, cuyos 13 primeros capítulos ya están disponibles en el canal Netflix, el veterano actor del cine y del grupo teatral londinense Old Vic, da vida al retorcido político Frances Underwood, dispuesto a arruinar a todos los que trancaron su ambición de ser nombrado Secretario de Estado, filtrando secretos sucios a la prensa y aliados de dudosa reputación.

“Todavía estoy aprendiendo de Frank. No conozco todo acerca de él y encuentro tener que ir todos los días al trabajo, dispuesto a explorar algo desconocido, un gran placer”, compartió vía telefónica Spacey, con voz pausada y serena, mientras se toma un receso de los preparativos de la segunda temporada, que ya está en curso.

—En Hollywood, ¿las series que se producen son mucho más interesantes que las películas?

Para mí tiene completamente sentido que cuando el terreno ya no es tan fértil como antes, en términos de narrativa, drama y desarrollo de personajes en el cine, hay que emigrar a otros espacios como la televisión… y ahora el Internet. No es coincidencia ver que en la pasada década los mejores escritores y actores se hayan decido por proyectos de mayor envergadura en la pantalla chica. Es un reflejo del énfasis que los grandes estudios han optado para con las costosísimas producciones que redundan en acción, héroes de historietas y efectos especiales. Pero es también una opción viable para tramas muy largas que no se pueden contar en dos horas.

—¿Qué tanto estímulo experimentó con esta novedosa plataforma llamada Netflix?

Los beneficios comienzan desde el actual proceso creativo. No hubo necesidad de hacer el programa piloto, para empezar. El canal tuvo mucha fe en David Fincher (el director) y en mí. En cierto modo, un piloto es como hacer una audición. Para los escritores, en especial Beau Willmon, habría significado elaborar un episodio de una o dos horas para establecer todos los personajes y, de alguna manera, crear un gancho artificioso o arbitrario para invitar al siguiente capítulo. Así que eso nos permitió llegarle a la historia de lleno. Netlfix aprendió una lección que la industria musical aún no ha captado: darle al público lo que quiere, cuando lo quiere, en la forma que quiere y a un precio razonable, sin necesidad de copiarlo o robarlo.

—¿Piensa que el videostreaming tendrá más alcance que la televisión?

Los días del modelo tradicional para analizar el rating o hacer que la audiencia te sintonice los lunes a las 8:00 pm, por ejemplo, quedaron atrás. Netflix existe en 40 países de todo el mundo. Lo puedes ver a cualquier día, en la hora de tu preferencia. Sin restricciones. Ha sobrepasado a HBO en cuanto a suscripciones, al menos en Estados Unidos, a raíz de nuestro show. Tengo entendido que es el programa más visto en la historia del canal y nos encanta ser tema de esa conversación. Personas de todas las edades, desde adolescentes hasta los de tercera edad, se detienen a darme sus comentarios o preguntas. Esa es una buena manera de medir el éxito.

—¿Cómo y en quién moldeó su personaje de Francis Underwood?

He estado involucrado con la política desde que era joven. Trabajé en la primera campaña presidencial de Jimmy Carter, en 1976, cuando apenas era un estudiante de la secundaria. En el transcurso de los años he colaborado con otros candidatos en diversas elecciones y eventualmente me hice amigo del presidente Bill Clinton. También conocí a Ted Kenneddy y a Pat Monahan. Hay un gran número de personalidades políticas con las que he logrado compartir en una misma habitación. No puedes evitar absorber el volumen corporal que conlleva ser una figura importante y poderosa. Algunos políticos son brillantes al momento de interactuar con el público y al ofrecer un discurso. Son habilidades parecidas a las de un actor. He tratado de tomar las que creo son las mejores cualidades de ellos para crear un personaje que claramente tiene una misión. Pero las específicas características de Francis Underwood son ficticias y delineadas en la calidad del guión de Beau Willmon y su grupo de escritores.

—¿Le sienta bien interpretar personajes a veces despreciables? ¿Cómo se prepara?

Supongo que en primer orden no hago esa clase de juicios. Mi trabajo es interpretar un papel y no sentarme fuera y mirarlo de la misma manera que un espectador. Nunca juzgo a mis personajes. Simplemente asumo que actúa de cierta manera y hace cosas por alguna razón. Dejo caer las fichas para que el público sea quien construya e identifique la clase de persona que es. Para algunos Francis puede tratarse de alguien diabólico. Ciertamente, el poder corrompe. Hemos visto ejemplos de ello en el mundo y creo que los Estados Unidos de América no están inmunes. Pero, al mismo tiempo, es un político efectivo. Es un tipo de juego moral para la audiencia tener que debatir entre ellos qué sienten del personaje.

—¿Cuánto de usted hay en el personaje? Por ejemplo, comer parrilla a cualquier hora del día o lustrar zapatos de noche cuando está estresado.

No puedo llevarme el crédito por esas ideas específicas, porque provienen de Willmon en términos de guión. Me pueden llegar ideas o pensamientos que se los puedo pasar a él antes de hacer la lectura de mesa y recopilarlas para insertarlas en la historia. Dos semanas antes de comenzar a rodar, puede haber cambios y sugerencias en los diálogos o ciertas situaciones. Pero todo queda en el guión.

—¿Piensa que Frank Underwood se hace entender mejor cuando rompe la cuarta pared y le habla directo al espectador?

Bueno, hay que entender de dónde proviene eso. No lo comencé yo, tampoco nuestro guionista. Ni siquiera Michael Dobbs, autor del libro. Todo se inició con un escritor llamado William Shakespeare y su obra Ricardo III, quien es el personaje en que nos basamos para crear a Frank. El término que usamos se llama “dirección directa”, que revela al público las intenciones sin que nadie más a su alrededor lo sepa. Acabo de interpretar a Ricardo III en una obra de teatro, en Londres. Fue toda una grata experiencia descubrir a la audiencia reaccionando a ese aspecto. Lo que aprendí de esa dinámica entre audiencia y personaje me sirvió para llevarlo a la serie.

—¿Qué le llamó la atención de la miniserie que transmitió la BBC para su adaptación?

Había visto la serie original cuando salió al aire en mi país. Mi mamá, particularmente, la admiraba. Mi impresión era que estaba muy bien ejecutada e Ian Richardson estaba brillante en el rol de Francis Urquhart. Lo que me atrajo inicialmente de nuestro proyecto no fue tanto el personaje en sí sino la idea de colaborar nuevamente con Fincher. Fue él quien propuso comprar los derechos y buscar la manera de traducirlo a una producción americana.

—¿Impresiones de ser dirigido por David Fincher después de tanto años?

El trabajo de David habla por sí solo de muchas maneras. Es uno de los mejores directores en términos del aspecto técnico, los cuales domina para filmar e, incluso, promover una película. No creo que nadie se acerque a su estilo o habilidad filosa. Eso lo comprobé cuando hicimos “Los siete pecados capitales” o cuando observé su tremendo esfuerzo en La red social. Formula todas las preguntas de manera correcta y lo hace con tremenda voluntad y sentido del humor. Es un placer volver a trabajar con él. Estaría feliz de continuar esa relación creativa.

—¿Cuáles fueron los retos asumir el rol simultáneo de productor y estrella del programa?

Muchos. Nunca había hecho una serie, mucho menos en un mismo proyecto por 155 días. Aprendí bastante de la energía y el enfoque que eso requiere. Pienso que he regresado a la segunda temporada habiendo realizado un número de cambios importantes en mi propia vida para sustentar este tipo de compromiso y los requerimientos que demanda tener esta doble posición. Tiendo a no entrar al set como productor, porque estoy ahí primordialmente como actor. Cualquier detalle o factor con el que deba lidiar ya debió ser solventado. Es una interrogante constante encontrar el balance de cómo servir al proyecto y facilitarle el trabajo a todos.

—¿Le interesaría dirigir un episodio a futuro?

Lo estamos discutiendo. Podría suceder. Todavía no estamos del todo seguros.

—¿Y seguir actuando en otros programas de TV?

No. House of Cards ya es de por sí un compromiso de tiempo completo. Son seis meses de mi vida dedicado al rodaje de 13 episodios. Sin embargo, tengo un par de proyectos para televisión los cuales sí estoy interesado en producir progresivamente.

—Corren tiempos de muchos escándalos políticos en el ámbito internacional, como lo es el caso Wikileaks o Snowden. ¿Piensa que House of Cards encaja en el interés de esos temas?

No estoy seguro de cómo nuestro tema ficticio, al menos como usted lo describe, se alinea a esos otros asuntos. ¿Podría ser más específico?

—Su personaje trata de destruir a quienes arruinaron sus ambiciones como Secretario de Estado. Intercambia información con una periodista. Todo es ficticio, claro, pero es innegable que hay una coyuntura en la manera de cómo se filtran secretos de alta sensibilidad política que repercute en los fundamentos de la sociedad actual.

Hay temas que, sí, son obvios. Nos dimos cuenta de ello cuando filmamos el año pasado. Mirábamos fuera del show y nos percatamos de lo que pasaba en el mundo de la política y de la vida diaria. Encontramos fascinante que algunos asuntos que abarcamos en el show estaban siendo manejados a la vez afuera. Dado al hecho que transcurría una elección presidencial en Estado Unidos mientras grabábamos, habían noches que llegaba a mi casa, encendía el televisor y me decía a mí mismo: “Tal vez nuestra serie no sea tan alocada”. (Risas). Claro, hay muchas cosas de nuestro mundo ficticio que no necesariamente reflejan el plano actual. No creo que, con lo que está sucediendo allá fuera, estemos empujando tanto el límite o tratar de influenciar a nadie. Pero sí opino que la protesta política es importante y valorable. Como hemos visto en el pasado, muchas veces conlleva a una revolución y un nuevo liderazgo que conduzca la lucha contra la corrupción y el totalitarismo. Supongo que eso continuará independientemente de lo que hagamos en cuanto al drama.

—¿Remembranzas de su visita a Venezuela hace unos años y de su encuentro con el presidente Chávez?

Tuve un viaje fascinante estando ahí. Fui el invitado de dos hombres de negocios y durante mi estadía no me quedaba duda de que fue una ocasión especial. Conocí a un tremendo número de venezolanos, particularmente a cineastas emergentes y a miembros del teatro. Fue un viaje muy positivo para mí.

—Ya se hablan de nominaciones seguras al premio Emmy. ¿Cómo lo toma?

¿Sabes? Algunos de los programas más extraordinarios y en esto incluyo a actores, directores y guionistas han sido honrados con dicho galardón en el pasado y para nosotros también sería un gran honor. Se está hablando mucho de eso, siempre tiende a ser así, pero apenas somos los nuevos chicos de la cuadra. Que ya se esté contemplando esa idea es una delicia. Supongo que ya conoceremos cómo nos irá en poco tiempo.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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