A propósito de Hitchcock DE LA NECROFILIA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES, por Héctor Concari

Hitchcock 1Vivimos tiempos necrófilos, lo cual es una excusa tan buena como cualquier otra para revisar los clásicos. No es necesario agregar otro pretexto. Pero, ¡abramacabra! ha salido una película (incluida en el actual Festival de Cine Independiente de EE.UU.) llamada Hitchcock, que ficciona un libro apasionante: Cómo se hizo Psicosis de un tal Stephen Rebello. La historia tiene lo suyo porque en ese año final de los cincuenta, don Alfred no las tenía todas consigo. Por un lado era un director que podía elegir sus temas y tenía derecho al final cut, libertad última de editar una película como se quiere, lo cual equivale a decir, contarla como se le antoja al director y por si fuera poco tenía su propio programa de televisión Alfred Hitchcock presenta, (que por cierto, se acaba de editar parcialmente en DVD), que le aseguraba una holgada posición económica. Pero había nubarrones en el horizonte. Sus temas se agotaban.

Con James Stewart había explorado el lado oscuro de su alma (La ventana indiscreta, Vértigo, La soga) y con Cary Grant su lado amable, light y humorístico (Para atrapar al ladrón, Intriga Internacional). Pero los tres, incluyéndolo a él, envejecían y los productores empezaban a proponerle temas manidos que harían de él una forma acabada de asesino de tramas: un serial director si aceptáramos el neologismo. En esas estaba cuando llega a sus manos Psicosis, novela de un sujeto que amerita una presentación: Robert Bloch. Cuentista y novelista muy prolífico, colaborador de la revista Weird Tales, biblia por entregas mensuales de la ciencia ficción y el horror con interrupciones desde 1923. Bloch tuvo la fortuna de ser el más joven del círculo de Lovecraft, y algo heredó de su maestro. Sus tramas son inusuales, de imaginería opaca y aderezadas con una maldad que solo puede provenir de los mundos subterráneos del soñador de Providence. Y, para volver a lo que  nos ocupa, en un tuteo permanente, con cadáveres, y seres de pre y ultratumba. Con estos antecedentes, tuvo la buena fortuna, en 1957, de tropezar con un personaje hecho a su medida,  Ed Gein, de Plainfield, Wisconsin, a quien la policía descubrió desenterrando cadáveres para fabricarse amuletos y máscaras con la piel de éstos. Por si esto fuera poco, en un progreso de su carrera había desflorado a dos mujeres como solo los asesinos seriales lo hacen: pétalo a pétalo con un cuchillo. A partir de ahí, Bloch imaginó al necrófilo mayor de la historia del cine. Norman Bates tiene al menos tres defectos: es hotelero, vive con su anciana mamá y acuchilla a sus huéspedes en la ducha, sin contar con una cuarta desviación que solo uno de los finales más electrizantes del cine revela y que (por respeto al Maestro y a su mandato a los exhibidores) callaremos.

Hitchcock, la película, es, para fortuna del espectador, mucho más que un making of, y que la exhaustiva investigación del libro original. Porque el protagonista no es el film que se está haciendo, sino Hitch (olviden el cock, como aclara en un juego de palabras grosero e intraducible). Otra aclaración cabe aquí. En 1983, un traidor a la patria (esto es, a la patria del cine) llamado Donald Spoto, publicó un panfleto exhaustivo y tedioso llamado El lado oscuro del Genio, en el cual desnudaba, sin base factual alguna,  las supuestas perversiones del mago, basado en su obsesión por las rubias. (Argumento no solo canalla sino tonto ¿quién no se obsesiona con Kim Novak, Grace Kelly o Tippi Hedren?). El hecho es que el libro generó una leyenda negra que aflora en la película, y que afortunadamente es tratado con el humor y la delicadeza del caso. Porque la mayor virtud de ella es la ligereza con que se recupera el humor de Hitchcock (un impecable Anthony Hopkins) y su esposa Alma Reville, afortunadamente puesta a valer como acuciosa editora de libretos (otro papel superlativo para Helen Mirren).

Más que verla, hay que degustar Hitchcock como un buen plato de comida. Combina el humor de los prólogos a su serie de televisión, los guiños a las películas pasadas y por venir, sus miedos y angustias, su deleite por la buena comida y bebida, sus diálogos con el villano original y sus pulseadas con los dueños de estudios. Es discutible que, en contraste con la puntillosidad del libro, la película sea fiel al pasado. Pero, como rezaba aquel graffitti célebre, el espectador no quiere realidades. Le alcanza con la ilusión.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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