30 años sin el genio CON LOS OJOS DE BUÑUEL, por Raquel Quílez*

Luis Buñuel Ese oscuro objeto del deseo

Buñuel imparte instrucciones a Fernando Rey y Ángela Molina en su última película ‘Ese oscuro objeto del deseo’ (1977).

«Si la película es demasiado corta, meteré un sueño». Esta declaración de intenciones resume el trabajo de un genio. El que nació en Calanda y nunca olvidó sus tambores. El que descubrió el mundo en Madrid y lo hizo explotar a golpe de surrealismo fuera. Y se enamoró de París. Y estalló como cineasta en México. Y venció al exilio. Luis Buñuel (1900-1983) vivió y murió como el ateo que presumía ser. Ésta es su vida recordada por él mismo. Para qué añadir más.

Buñuel nació en Calanda con el siglo. Su padre había regresado a casa tras hacer fortuna en Cuba y el dinero les arropó siempre. «Los pobres de solemnidad esperaban apoyados en la pared de la iglesia a que uno de nuestros criados saliese para darles a cada uno un pedazo de pan y una moneda de 10 céntimos, limosna generosa comparada con el céntimo por barba que solían dar los otros ricos del pueblo», cuenta en sus memorias, Mi último suspiro (Ed. Plaza y Janés). Llevó una infancia burguesa en Zaragoza, de teatro y jesuitas, que acabaron expulsándole. Buñuel empezaba a ser Buñuel. La disciplina nunca fue su fuerte.

Y apareció el séptimo arte: «En 1908 descubrí el cine. Las primeras imágenes que vi fueron las de un cerdo. Significaba la irrupción de un elemento nuevo en nuestro universo de Edad Media». Pero pasarían años antes de que la idea llegase a plantearse en serio. Antes tenía que descubrirse, descubrir Madrid, donde, con 17 años, ingresó en la Residencia de Estudiantes, cuna del cambio de tantos. «Mis padres pagaban la pensión y me daban 20 pesetas a la semana para mis gastos, suma considerable que nunca me alcanzaba. Cada vez que iba de vacaciones a Zaragoza pedía a mi madre que pagase las deudas acumuladas durante el trimestre». Fue una constante, su madre —se quedó viuda esos años— sostuvo una vida bohemia, sin ingresos. Su dinero produjo Un chien andalou (‘Un perro andaluz’). Qué mayor impulso que ése.

En la Residencia, Buñuel lo intentó con la Ingeniería Agrónoma, las Ciencias y la Historia, pero lo trascendente de verdad estaba fuera: «De todos los seres vivos que he conocido, Federico [García Lorca] es el primero. Cuando le conocí, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Él me transformó. Le debo más de cuanto podría expresar […]. Dalí y Federico serían mis mejores amigos». En la distancia, Buñuel relata borracheras, escándalos, peleas… Y soñaba con marcharse, hasta que, en 1925, la Societé Internationale de Cooperation Intellectuelle que iban a abrir en París sirvió la excusa. Así se convirtió en meteque, «extranjeros que viven en París y ocupan las terrazas de los cafés» —«Las monedas extranjeras, y especialmente la peseta, nos permitían vivir como príncipes. En los autobuses había letreros en los que se leía: ‘No desperdiciéis el pan’. Y nosotros bebíamos Moët Chandon a peseta la botella»—. Y, entonces sí, decidió lo que quería: hacer cine. Y llamó a las puertas de Jean Epstein, que le dejó ejercer de chico para todo en el rodaje de Mauprat. La cosa acabó mal por la soberbia ‘buñueliana’ y al despedirle, Epstein le exclamó una frase lapidaria: «Tenga cuidado. Advierto en usted tendencias surrealistas». No sabía hasta qué punto.

En 1929 comenzó a acercarse al grupo de París —«Mi encuentro fue especial y decisivo para el resto de mi vida»—. Los de André Breton acudieron a la primera representación pública de Un chien andalu. Así lo cuenta en sus memorias: «Me había guardado unas piedras en el bolsillo para tirárselas al público si la película era un fracaso. No las necesité. Desde detrás de la pantalla oí grandes aplausos y discretamente me deshice de los proyectiles». Los surrealistas le aceptaron inmediatamente entre sus filas y forjaron en él un conflicto moral para no traicionarles que no logró superar nunca: «Lo que el movimiento deseaba más que nada era transformar el mundo y cambiar la vida. Basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso».

Tras ver La edad de oro, un delegado de la Metro-Goldwynn-Mayer le invitó a Los Ángeles como oyente. No tenía que hacer nada. Sólo estar y ver. Allí coincidió con Neville y frecuentó a Chaplin. Después regresó a París, donde hizo doblajes para Paramount. Y en 1934, de nuevo a Madrid. Fue cuando rodó Las Hurdes tierra sin pan, fruto de un azar que marcaría su vida: «Un día hablando sobre la posibilidad de hacer el documental con mi amigo Sánchez Ventura y Ramón Acín, un anarquista, éste me dijo: ‘Si me toca la lotería, te pago esa película’. A los dos meses, le tocó».

Y estalló la guerra. «Predominaban la inseguridad y la confusión, agravadas por nuestras luchas internas —de la izquierda— y la fricción de las tendencias frente a la amenaza fascista que teníamos delante». En Madrid se enteró del asesinato de Lorca, que se había marchado poco antes a Granada. Simpatizante comunista, Buñuel fue requerido en París, donde supervisó propaganda y espías. Pero el mundo se derrumbaba. «Conservé mis simpatías hacia el partido hasta finales de los 50. Después me fui alejando. El fanatismo me repugna, dondequiera que lo encuentre», cuenta. Le pidieron que volviese a Hollywood para supervisar películas y acató, pero se le acabó el dinero. Fueron años difíciles. El exilio. Sin trabajo, recaló en Nueva York y una inglesa, Iris Barry, le recomendó para el Comité para Asuntos Interamericanos —un comité de propaganda anti-nazi— de Nelson Rockefeller en el MoMA. «Me preguntaron si era comunista. Respondí que era republicano español. Al final de la conversación tenía un despacho, una veintena de empleados y el título de chief editor». Hasta que Dalí le acusó de ateo. Se quedó con 43 años, una familia y ningún ingreso.

Entonces el azar, siempre el azar, le llevó a México, donde volvió a trabajar de director. Donde estalló el genio. En 1949 se hizo ciudadano mexicano. Y llegaron Los olvidados, Nazarín, El ángel exterminador… Trabajó en tiempo récord —de 18 a 24 días de media— y apenas sin presupuesto —«Nunca en la vida he discutido la cantidad que se me ofrecía por un contrato. Soy por completo incapaz. Aceptaba o rehusaba, pero jamas discutía. No creo haber hecho nunca por dinero una cosa indeseable»—. Entre 1955 y 1956 retomó el contacto con Europa, sobre todo con París, donde siguió rodando, y en 1960 volvió a España. Llevaba 24 años sin pisarla. Rodó Viridiana y provocó el escándalo. De nuevo. Y después, la calma, la estabilidad, la rutina del éxito. «Encuentro falaces y peligrosas todas las ceremonias conmemorativas, todas las estatuas de grandes hombres. ¿Para qué sirven? Viva el olvido. Yo sólo veo dignidad en la nada». Y después, la muerte. «No hay gran cosa que decir de la muerte cuando se es ateo como yo. Habrá que morir con el misterio». Y sí, Buñuel, duró el misterio.

* http://www.elmundo.es/especiales/2013/cultura/luis-bunuel/perfil.html

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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