Jazmines en el Lídice PARA UNA ESPERANZA, por Yoyiana Ahumada

Jazmines en el Lídice 1Escribir también es vengarse. Una lenta venganza que vence el abandono. Vinimos al mundo para ser abandonados una y otra vez, pero las palabras son el escudo con el que nos protegemos y sobrevivimos.

Juan Carlos Méndez Guédez

A Yolanda

Viernes a las 3 de la tarde. Caminas por una de las aceras de tu zona, te topas con ella, una mujer que sabes joven porque trabajó para ti hace mucho. La defendiste, eso creíste, de la violencia doméstica. Hoy tiene la edad de la tristeza. La mirada en un sitio del que nunca la podrán arrancar. La del vacío de sus manos, que se agitan buscándolo. Su pequeño de dos años. Se fue tras una bala perdida.

Abrazarse en otros

Venezuela es un país enfermo. No es metáfora, vivimos una catástrofe humanitaria que lleva en el saco de las estadísticas más muertos que la guerra de Siria, y quizá tantos desterrados y huérfanos como en aquel país. Cada cuerpo que ingresa a la morgue es una familia rota. Cada llanto de esas mujeres que llegan como almas en pena después de ascender la colina, el cadalso hasta acceder a la morgue, es el de una soledad infinita, un dolor sordo que como un agujero sin fondo, las cruza en lo que les resta de vida. Una pérdida nunca tendrá compensación. Ni siquiera la de la justicia en un país donde los pranes pagan su divertimento y entran y salen de los recintos carcelarios a voluntad. La violencia está ahí, como una sábana tendida sobre el cuerpo frío de los habitantes de esta ciudad, que se miran de reojo y bajo sospecha. La violencia está en ese susurro que paraliza cuando el ardor de la pólvora estalla en la piel de cualquier cuerpo inadvertido que tiene la infeliz ocurrencia de atravesarse en el medio de la culebra de dos bandas en Pinto Salinas, en la Pastora, y hasta en cualquier  urbanización, parroquia o en tu barrio, como reza la sosa campaña del gobierno “Baja dos a la violencia”

Hace dos años, 54 madres de las tantas que han perdido sus hijos a manos de la violencia, se unieron en una fundación wwww.esperanzavenezuela.com y junto a unos 17 fotógrafos llenaron de imágenes gigantescas la ciudad para hacer visibles al menos esos 54 rostros de mujeres que habitan familias rotas. Poco después se incorporaron rostros de personajes famosos del bienhacer nacional para compartir su rostro y “ponerse en el lugar de”.

Ponerle cara a la violencia, sacarla del número frío y sacudir del letargo a esa mayoría que parece haberse inmunizado ante el dolor del otro.

Afortunadamente no fue una campaña más y ese dolor que a tantos sí logra tocar, aunque no hayan sido señalados por la pérdida de estas madres. Una joven y la agrupación Tumbarrancho Teatro decidieron plantarle cara y ofrecerse a convertir en carne escénica una mínima expresión de la tragedia —hasta el 2011— ha exterminado 17.336 venezolanos, según cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia.

Y se plantaron

El Lídice parroquia caraqueña forma parte de esa afrenta contra el olvido. El Lídice —liditz en alemán— fue un pueblo en la antigua Checoslovaquia arrasado por Hitler en represalia por la muerte de un general nazi. Aunque posteriormente fue reconstruido. El mundo también decidió erigir su propio jardín en México (San Jerónimo Lídice), en Panamá y en Caracas, donde además se construyó un hospital que lleva ese nombre.

Jazmines en el Lidice, de Karin Valecillos, es ese grito necesario para sacudir al público que sale tocado y hasta con cierta vergüenza por mirar hacia otro lado. No hace concesiones. Se desprende de la tradición realista (Santana-Chalbaud) y desde un lugar de ternura, solidaridad y compasión se ofrece como esa catarsis de un país que huye del dolor, pero que necesita desesperadamente un espacio simbólico para hacer su duelo colectivo. La autora no se deja gobernar por el melodrama, y no produce el llanto fácil del espectador. Al contrario, hay que tragar grueso a medida que van dibujándose las historias de esa mujeres que como unas vestales, se les ha tatuado el sufrimiento en la piel del alma. Cada una de ellas están entrelazadas por la esquina de la ciudad que las vio nacer, pero que se tragó a los suyos. La ciudad a la que le salieron dientes, garras y uñas. La ciudad-exterminio . Como una imagen lorquiana, estas mujeres se juntan para acompañarse en su desolación y nos muestran las mil caras del daño. Espectros, sombras.

Meche (Gladys Prince), la madre que decidió suspender su vida aquella tarde que mataron a su hijo; Aida (Omaira Abinade) la musiúa, que se desterró de El Lídice, pero viste su dolor y lo apretuja detrás de la justicia engavetada, exiliándose de la alegría; Anabel (Rosana Hernández), la hermana que no tiene derecho al desgarramiento porque “nada puede ser más grande” que el dolor de su madre Meche que como Antígona busca la justicia, sorda, en una rutina donde siempre está la arepa en la mesa para el hijo ausente. Dayana (Patricia Fusco), la pequeña hija de Meche, a la que el dolor pareciera resbalarle, y que entre brazadas desesperadas quiere amanecer en otro día que no sea la muerte, para no recordar a su muchachito, ni a su hermano. El lazo de la hermandad y la maternidad también da para abrazar o callar junto a Yoli (Samantha Castillo), esa madre del malandro que le respiró la maldad a su hijo pero abnegadamente va a la cárcel y paga para que no se lo malogren, sabiendo que tantas mamás lloran por las balas de la pistola de su muchacho, muerto sin redención posible. Y finalmente Sandra (Tatiana Mabo) que para dejar los ripios de un dolor atascado en la mitad del pecho,  se arrincona en el silencio y la evasión, el desdibujamiento de sí misma.

La obra no solo es una expresión del compromiso de una artista —y el colectivo que la acompaña— con los tiempos que corren, con las heridas de su país, sino con el pulso vivo del teatro como expresión de las sombras colectivas. Es un inmenso gesto de valentía, solidaridad, en una historia de mujeres (madres, hijas, hermanas, tías, abuelas) solas —personajes que devienen en arquetipos— que se unen para gritar juntas, y logran desde la compasión, que no desde el olvido, intentar reconstruirse para lo que habrá de venir. Un trabajo que desde la pérdida se convierte en lente de aumento sobre la tragedia humanitaria que vive Venezuela, pero que desde el arte teatral apuesta a las ganas de vivir, porque mientras haya vida habrá esperanza.

JAZMINES EN EL LÍDICE, de Karin Valecillos. Tumbarrancho Teatro. Dirección: Jesús Carreño. Elenco: Gladys Prince, Omaira Abinadé, Patrizia Fusco, Rossana Hernández, Samantha Castillo, Tatiana Mabo. Espacio Plural del Trasnocho Cultural, C.C. Paseo Las Mercedes. Funciones sábados y domingos a las 4:00 pm. 

Jazmines en el Lídice fue premiada como obra ganadora en la primera edición del Premio de Dramaturgia Isaac Chocron otorgado por la fundación que lleva su nombre. El jurado conformado por Yoyiana Ahumada L, Douglas Palumbo y Edgar Moreno Uribe otorgó el reconocimiento “por reinterpretar la tradición del realismo en el teatro venezolano haciendo uso inteligente del diálogo para retratar el dolor de un país”.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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