DAVID FROST EN EL CINE, por Héctor Concari

Frost-Nixon 1

Michael Sheen como el periodista y Frank Langella como el ex presidente conducen la trama de Frost/Nixon, de Ron Howard.

Hace unas semanas, a sus 74 años, murió sir David Frost, el célebre entrevistador británico. El dato no ameritaría espacio en esta columna, si no fuera porque hace unos pocos años una película pasó injustamente desapercibida: Frost/Nixon. La escribió uno de los libretistas más agudos del cine contemporáneo, Peter Morgan, responsable entre otros de los libretos de La reina (sobre la Reina Isabel enfrentada a la muerte de Diana), El último rey de Escocia (sobre el dictador de Uganda, Idi Amin Dada), State of play (sobre los juegos del poder en las guerras privatizadas de hoy) y The Damned United, un simpático drama que ficciona la borrachera de poder del director técnico del cuadro de futbol Leeds United. Para no hablar de El Pacto, film que hablaba del acuerdo entre Tony Blair y su sucesor Gordon Brown. Morgan es ¿qué duda cabe? un escritor que sabe colarse entre los entresijos del poder, sus maquinaciones, implicaciones y las formas en que el mismo re-dibuja la vida de sus agonistas. No es extraño que eligiera para su obra de teatro, un personaje que alguna vez encarnó la versión suprema del poder imperial, el infame Richard Nixon, propulsor de la paz con honor como salida al atolladero de Vietnam, brillante mente estratégica con la cual pensaba rediseñar el rol de Estados Unidos en el mundo, responsable por traer de nuevo a China comunista al concierto de las Naciones.

Junto con su brillantez geopolítica, Dick el tramposo como lo conocían, tenía tras de sí una larga lista de pecados imperdonables. Miembro de la comisión de asuntos antinorteamericanos, famoso por sus tácticas sucias electorales a la hora de pulverizar a sus adversarios acusándolos de comunistas de clóset, manipulador, bebedor de poca resistencia, terminó su carrera víctima de las debilidades que sus víctimas y enemigos siempre le señalaron. Fue una caída estrepitosa, desde la gloria de la paz en Vietnam, ladétente con los soviéticos y la apertura a China, a la desgracia de un Nixon privado que en su paranoia, se había grabado a sí mismo en sus conversaciones diarias y se mostraba al público en sus miserias y delitos cuando esas cintas se hicieron públicas y lo condenaron.

La astucia de David Frost, entonces entrevistador algo frívolo, fue ubicarlo en ese momento de infelicidad profunda, en 1977, retirado en su casa de San Clemente, California, convaleciente de flebitis, débil, amargado, pero, animal político al fin, planeando una restauración más o menos creíble y decente de su imagen. Misión imposible, o casi, pero Frost le ofrecía la posibilidad de contar su versión de los hechos en horario estelar, y por una suma interesante, 500 mil dólares, que terminaron siendo 600 mil de la época a lo largo de 12 entrevistas.

La obra de teatro, convertida en film un año más tarde se estrenó en el 2006 con Frank Langella en el papel del ex presidente. Lo que lo hace un film fascinante es el núcleo del asunto, que Morgan captó magníficamente en la obra, y el director Ron Howard (no precisamente un tipo original) supo respetar en la película. Porque se trata de un duelo, un encuentro, muy respetable pero indeciblemente cruel entre un cazador y su presa. Un largo match de boxeo de sombra en el que el periodista busca acorralar a un otrora poderoso ahora caído, que, sin embargo apela a todas sus armas para defenderse. Nixon/Langella sigue siendo ese muchacho de pueblo que sin embargo trepó a la más alta investidura de poder planetario, lo cual sin embargo lo hace vulnerable frente a preguntas incisivas. Ambos luchan denodadamente. El entrevistador por lograr que el ex presidente salvado de la cárcel por un indulto oportuno finalmente se quiebre y confiese y el político, buscando evadir el cerco y peleando por una rehabilitación de su imagen que pase por minimizar la sombra de Watergate. Este era el round decisivo, porque era el último y porque hasta entonces durante unas extenuantes cuatro semanas, el ex presidente había logrado imponerse, o por lo menos no doblegarse.

El film articula bien ese último momento, en que un Nixon, quebrado hace una última apuesta. Llora y confiesa su falta, con lo cual, aunque no se redime, logra volver al plano humano. Ambos, de alguna manera rocambolesca y tortuosa ganan. El entrevistador logra su trofeo, la confesión del delito de espionaje de Watergate, pero el verdugo ,que por una vez pide perdón, inicia un paso largo hacia la rehabilitación de su imagen, que eventualmente y con claroscuros, llegaría.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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