La sentecia del zar Pedro I “YO TE HAGO LOCO”, por Silvia Dioverti

Nicolás I (2)

“Nicolás I carecía completamente de la amplitud intelectual y espiritual de sus hermanos; y contempló su papel simplemente como un gobernante autócrata y paternalista con su pueblo.”

El poder de la palabra y la palabra del poder.

CARMEN IGLESIAS

(Discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua)

Cuando por razones de trabajo me tocó leer parte del discurso de ingreso de la Dra. Carmen Iglesias a la Academia de la Lengua no sabía que bastantes años después iba a medir en carne propia, modesta y vulgarmente (de vulgo, pueblo, se entiende) ese poder que tiene la palabra del poder. Pero vayamos con orden. Admirada por algunos, detractada por otros, esta académica de número de la RAE pasó a ocupar en  2002 el sillón E, el mismísimo que antes ocupara Gonzalo Torrentes Ballester. A mí me bastó, en principio, leer los fragmentos citados en el trabajo que corregía para caer seducida por esa facilidad con que Carmen Iglesias se pasea por la historia y la literatura dando saltos cuánticos con la gracia de esas gacelas que describe Saint Exupéry en Tierra de hombres. Y recién ahora que acabo de escribirlo me doy cuenta de cuál fue la asociación inconsciente que hice entre el libro de Exupéry, la Academia y Carmen Iglesias, cuarta mujer académica de número en esa tierra (solo) de hombres que había sido la RAE desde 1713 hasta 1978. 

Mucho menos inconsciente fue asociar mi reciente experiencia en una carnicería caraqueña con uno de los pasajes del discurso de la académica, concretamente aquel del parágrafo Espejos y máscaras. Narración y realidad, que debería ser lectura obligada para quienes vivimos en estas tierras en donde tan a menudo ficción y realidad se confunden. Para ilustrar la frase que coloco como epígrafe, cito a la autora: “Cuando, según se cuenta, el zar Pedro I pronunciaba contra algún enemigo de su poderosa nobleza la sentencia: ‘Yo te hago loco’, el poder de la palabra y la palabra del poder, en este caso, acababan convirtiéndole en tal, pues al tratarle todos los demás como demente, el desgraciado vivía la realidad de la sinrazón y perdía toda cordura”. Y eso fue exactamente lo que me pasó –a mí que ya dudaba bastante de mi razón– el día en que, atraída por la pulcritud, la ausencia de mal olor y la escasa cantidad de compradores, entré en la ya mencionada carnicería caraqueña. “Prepáreme un lomito, por favor”, dije mirando de reojo la lista de precios para cerciorarme de que había visto bien. El dueño interceptó e interpretó mi mirada, dedujo los cálculos que yo había hecho y, con cierta condescendencia, me espetó: “Mire que esos no son los verdaderos precios, ¿eh?”. “¿Ah no?”, pregunté sorprendida, “¿y por qué los tiene ahí?”. “Por la ordenanza que nos obliga a publicar la lista de precios”, dijo. “Pero es una lista falsa”, aduje. “Pero es la lista de precios” replicó él. “Pero no es real”, insistí yo. “Ay, señora, quién sabe hoy en día qué es real y qué no en este país”, me contestó pasando de simple carnicero que había sido para mí hasta ese momento a filósofo cartesiano. Fue entonces cuando me acordé de la sentencia de Pedro I y, apenas entrar a mi casa, olvidada ya del frustrado y frustrante lomito, me puse a leer sobre esa Rusia que en sus diferentes etapas parece estarnos sirviendo de modelo o convirtiéndonos en su sosias tropical.

Casi exactamente cien años después de ese Pedro El Grande con poder de volver loca a la gente, aparece en el panorama ruso Nicolás I, nombrado sucesor por decreto de un muerto [sic]. Solo que él, en un principio, declinó el ofrecimiento aduciendo falta de preparación para conducir el país. La historia sigue y se retuerce, es larga, imposible de reducir en este artículo, aparece la Revuelta Decembrista con su cuota de sangre y, finalmente, Nicolás I logra hacerse con el poder absoluto… y esto es parte de lo que cuenta la Historia de su reinado:

Nicolás carecía completamente de la amplitud intelectual y espiritual de sus hermanos; y contempló su papel simplemente como un gobernante autócrata y paternalista con su pueblo. Después de haber experimentado el trauma de la Revuelta Decembrista en su primer día de reinado, Nicolás estaba determinado a controlar a la sociedad rusa y evitar toda difusión o cultivo de ideas liberales que cuestionaran su absolutismo. Una policía secreta creada especialmente para tal efecto, la Tercera Sección de la Cancillería Imperial, mantuvo una enorme red de espías e informantes sobre aristócratas y funcionarios de todo nivel, con la ayuda del Especial Cuerpo de Gendarmes. El gobierno ejerció la censura y otros controles en la educación  (Extraído el 09/10/2013, disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Nicolas_I_de_Rusia).

En cuanto a nosotros y la cordura:  cuando se nos dice que la Habilitante será para luchar contra la corrupción y que el corrupto es solo la víctima inocente de la mano peluda del corruptor; cuando oímos hablar de soberanía alimentaria y no conseguimos los productos básicos; cuando la realidad, esa que se palpa, se huele y se ve en las calles, hace cortocircuito al entrar en contacto con el discurso oficialista, es entonces cuando sentimos y medimos el poder de la palabra del poder y, a la inversa de santo Tomás, no pedimos ver para creer, si no todo lo contrario: acorralados entre los espejismos y la realidad solo pedimos no ver, no saber, no escuchar para poder conservar la cordura.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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