Alberto Rodríguez Barrera LA LITERATURA ESTADOUNIDENSE: TRASFONDO Y EVOLUCIÓN

Así como en el presente los Estados Unidos de América se aprestan a ensayar las posibilidades de un cambio en su orden político, quizás convenga hacer un recorrido por lo que ha sido su historia literaria, que también ha sido una búsqueda de un idioma propio, de una cultura que en sus orígenes fue consecuencia de una cultura europea, como lo fue en la dramaturgia, y que ha crecido como lo que peculiarmente se llama the American way of life y que implica una personalidad nacional que se desarrolló gradualmente a partir de inquietudes foráneas.

Desde el comienzo de la historia americana es posible discernir nuevos elementos sociales, nuevas actitudes y características que se desarrollaron de nuevas condiciones de vida sociales y ambientales que encontraron en el continente. Algunas de esas características pueden resumirse:

Individualismo: el norteamericano, bajo la influencia de la frontera y del ilimitado espacio del nuevo continente, y la confrontación con sus riesgos y peligros, dependió de sí mismo, de la confianza en sí mismo. Y al fijar la base de su fe en sí mismo, resultó a menudo excéntrico, porque las peculiaridades se han permitido en una tierra donde los rígidos convencionalismos de Europa fueron dejados atrás.

Democracia: el norteamericano es independiente de las complicadas y osificadas jerarquías sociales europeas, y tiende a juzgar a los hombres por sus méritos en vez de por su nacimiento.

Provincialismo: Siente al mismo tiempo un vago sentido de inferioridad cuando se considera a sí mismo en relación con la más vieja, sabia y sofisticada cultura de Europa. A veces, como es el caso con T. S. Eliot, Ezra Pound o Henry James, esto resulta en un rechazo de la «vulgaridad» americana y una transferencia de alianza a las maneras y actividades europeas; en otros casos, como con Mark Twain, toma la forma de sátira y auto-consciente regaño por la artificialidad y esnobismo europeo.

Optimismo: Estados Unidos, la tierra de la nueva esperanza, es una tierra donde la tragedia pareciera fuera de lugar. La frontera, la nueva libertad económica, las aparentemente ilimitadas posibilidades de prosperidad, se combinan para darle al americano una alegre y positiva actitud hacia la vida. Esta actitud continúa en la cultura americana, así como en su literatura, hasta que es severamente sacudida por los sucesos sociales de la era posterior a la Primera Guerra Mundial y la Depresión.

Sociedad y literatura

A medida en que la sociedad americana comenzó a adquirir las características especiales que la colocaron aparte de las más viejas sociedades de Europa, exigió una correspondiente nueva literatura, no meramente una literatura sobre las nuevas cosas y la nueva gente, sino una literatura expresada en nuevo estilo, una nueva técnica digna de una nueva nación. Naturalmente, distintivas «americanas» pueden encontrarse en su literatura desde sus más tempranos comienzos. Irving, Cooper, Hawthorne y Melville trataron el folklore local, la vida fronteriza y las instituciones religiosas, y la generación de Poe y Whitman se encaminaron hacia una nueva poesía que sería distintivamente americana. Pero estos intentos fueron esporádicos y aislados.

El camino principal de la literatura americana hasta los tiempos de Howells y James continuó siendo derivado de Europa; era esencialmente una rama de la literatura europea que trataba temas/materias americanas. Fue sólo en el siglo veinte, y particularmente en el período de los mil novecientos veinte, que la literatura americana emergió por primera vez como un idioma distintivo y original, una literatura capaz de tomar su lugar en las otras grandes literaturas de la civilización occidental europea. Significativamente, fue en esta era que por primera vez comenzó a ejercer una influencia importante sobre las letras europeas.

Aunque poetas como Poe y Whitman habían disfrutado previamente de una considerable reputación en el continente, fue principalmente en el período posterior a la Primera Guerra Mundial que la literatura americana se puso los pantalones largos ante los ojos europeos. El siglo veinte es una era de clímax en la historia de la literatura americana, el período en que el proceso que venía germinándose durante doscientos años finalmente llegó a su fructificación. Un estudio de la literatura americana en el siglo veinte, por lo tanto, debe primero preocuparse con identificar esas características nacionales que la colocan aparte de las otras literaturas a partir de las cuales se desarrolló.

La evolución moderna

La literatura americana en el siglo veinte, por lo menos hasta mitades de siglo, que es lo que aquí tratamos, exhibe al menos dos cualidades que la hacen distintiva: 1) es iconoclasta e individualista, eso es, está por encima de toda literatura de rebelión contra los convencionalismos, sean sociales, morales o literarios; y 2) está marcada en técnica y estilo por una búsqueda por lo nacional vernáculo; el autor moderno americano, consciente o inconscientemente, busca escribir de una manera que es totalmente americana. Debe observarse que esta segunda tendencia no quiere decir que los escritores americanos sean necesariamente nacionalistas o patrióticos; de hecho, aquellos que son más «americanos» en estilo y estado de ánimo (Steinbeck, Saroyan, Hemingway) son a menudo severamente críticos de la literatura americana a nivel social y político. Estas tendencias del siglo veinte tienen naturalmente sus prefiguraciones en la más temprana literatura americana. Será valioso, por lo tanto, examinar brevemente esos elementos en la literatura clásica americana que han tenido una obvia influencia en autores del siglo.

La cultura americana desde sus comienzos tuvo características que la separaron agudamente de las viejas culturas de Europa; democracia, la frontera, un nuevo tipo de libertad, un nuevo concepto de la humanidad. Henry David Thoreau (1817-62) expresó una actitud típicamente americana cuando rechazó la sofisticada civilización de cuarto de dibujo de Europa y se propuso buscar una vida más cercana a la tierra, una vida en que el contacto físico con la naturaleza sería combinado —hasta la excentricidad— con el individualismo del hombre de la frontera en una nueva tierra. En Walden (1854), su recuento de la vida de ermitaño en el bosque, en una choza que construyó con sus propias manos, expresa su deseo de «así amar a la sabiduría como para vivir de acuerdo a sus dictados, una vida de simplicidad, independencia, magnanimidad, y confianza». Y en su Ensayo sobre la Desobediencia Civil (1849) hace la provocativa aseveración de que «el gobierno es mejor si no gobierna del todo», y con vehemencia declara su rechazo a cualquier fuerza reguladora diferente a su propia consciencia.

La individualidad de Thoreau fue respaldada por su amigo Ralph Waldo Emerson (1801-82), quien la aplicó principalmente en el campo de la creencia religiosa; atacó a todas las formas de religión organizada, y propuso una fe basada solamente en la experiencia intuitiva espiritual. La tendencia hacia lo iconoclasta e el individualismo continuó en la literatura americana dentro del siglo veinte; su influencia está presente en la irrefrenable y satírica impudencia de poetas como Pound y Cummings y en las luchas de novelistas como Dreiser contra la estrecha censura puritana.

Tales tendencias en contenido iban paralelas con otros en técnica literaria. Nathaniel Hawthorne (1804-64) y Edgar Allen Poe (1809-49) trabajaron para convertir al «conte», relato o fábula europea en lo que iba a ser el short story (literalmente historia corta, cuento) americano. Herman Melville (1819-91) desarrolló una técnica que a la larga sería quizás más importante: un estilo realista que sin embargo, contenía armonías de significado filosófico. Su Moby Dick (1851) y otras novelas, «redescubiertas» en el período posterior a la Primera Guerra Mundial, ejercieron una influyente importancia en el movimiento naturalista americano; el ejemplo ayudó a darle a los naturalistas americanos una profundidad y una sutileza técnica que no estaba en el más temprano naturalismo europeo de Zola y su escuela. Una comparación de Zola con Faulkner, Wolfe o Sherwood Anderson aclara la diferencia. Si puede ser demostrada o no que hubo o no una influencia directa de Melville en tales escritores, él es un significativo precursor de la dirección que la literatura americana iba a tomar.

Walt Whitman (1819-92) aportó un ejemplo igualmente importante para la poesía americana del siglo veinte; el primer americano en experimentar el «verso libre» y en rebelarse contra las formas convencionales de la poesía, también expresó la exuberancia, el hedonismo y el anti-puritanismo, y el individualismo expresado en el siglo veinte por poetas como Sandburg, Pound, Cummunigs y Hart Crane. Su Leaves of Grass (1855) ha sido popular desde su publicación, pero en los mil novecientos veinte surgió una nueva ola de entusiasmo por el libro, y fue aclamado por los poetas contemporáneos como el predecesor espiritual de su propia poesía.

Finalmente, los intentos de los autores del siglo diecinueve para lograr un idioma genuinamente americano, especialmente en diálogo, debe ser recordado. Quizás el escritor más importante en este aspecto es Mark Twain (seudónimo de Samuel Clemens, 1835-1910). Sus cuentos e historias, así como sus dos novelas más conocidas, The Adventures of Tom Sawyer (1876) y The Adventures of Huckleberry Finn (1884) y su autobiográfica «Life on the Mississipi» (1883), son vívidas y simples, no sólo en su uso del discurso vernáculo sino en todo su estilo general y estado de ánimo; podría decirse de estos libros que por primera vez un gran autor había escrito de la forma en que los americanos realmente hablaban. La búsqueda por lo realista continuó con humoristas y otros escritores y para 1930 un simple, vernáculo y «duro» diálogo era normal en los naturalistas, tendencia que fue ampliamente imitada en Europa.

Las influencias

Varias fueron las influencias en esta literatura del siglo veinte que provenían del reino de la filosofía y de las ciencias sociales. El movimiento socialista radical, culminando con la obra de Karl Marx (1818-83), comenzó a encontrar expresión literaria en Estados Unidos a finales del siglo diecinueve, haciéndose más prominente después de 1900. No sólo autores como Clifford Odets y Granville Hicks profesaron el marxismo francamente, también un gran numero de escritores del siglo veinte, como Steinbeck y Dos Passos, que consciente o inconscientemente presentaron conceptos marxistas, todos como conflicto de clases sociales y la intransigencia de la clase dominante burguesa-capitalista.

En el campo de la psicología, el psicólogo vienés Sigmund Freud (1836-1939) publicó la importancia de la vida subconsciente en la formación y, hasta más importante, a través de su revelación del elemento sexual, represado en el comportamiento humano, se pavimentó el camino de un más franco y revelador tratamiento de los temas eróticos en la literatura. Hay muy escasos autores en el siglo veinte que hayan escapado de alguna influencia de Marx o Freud o ambos.

Para los autores americanos en particular, debe citarse otro par de pensadores de finales del siglo diecinueve. El filósofo norteamericano William James (1842-1910), hermano del novelista Henry James, formuló en su Filosofía de Pragmatismo un sistema de pensamiento eminentemente apropiado para una nueva nación escéptica del absolutismo tradicional y preocupada por resolver el problema práctico de la existencia material. En Pragmatismo (1907) y The Meaning of Truth (1909) definió una filosofía según la cual una idea o «hecho» tiene verdad sólo de acuerdo a sus conveniencias prácticas; en otras palabras, de acuerdo con su utilidad. El pragmatismo puede ser resumido en la expresión: «Pruébalo, si funciona, es correcto», una actitud eminentemente americana. Es dudoso que muchos autores del siglo veinte fueran directamente influenciados por el pragmatismo de James. Él refleja, en vez de formar, el temperamento intelectual de su tiempo; tales ideas «estaban en el aire», y como tales eran compartidas por novelistas, dramaturgos y poetas.

Finalmente, Henry Adams (1839-1918), vástago de una distinguida familia de Boston, no sólo escribió novelas sino que presentó en su autobiográfica Education of Henry Adams (1907) y en sus ensayos, de los cuales Mont-Saint Michel and Chartres (1904) es quizás más importante, una cantidad de problemas que habrían de ocupar la atención de los escritores americanos posteriores. Estos problemas incluían: a) el lugar del hombre de temperamento poético y sensible en una sociedad práctica; b) la relación entre la cultura europea y la cultura americana, tema que ha fascinado a los escritores americanos desde Henry James a Hemingway; y c) el precario balance entre poder y espíritu, o materialismo e idealismo. Este último concepto, que Adams expresa en su autobiografía en la famosa frase «la Virgen y el Dinamo», es el más importante de los tres para Adams mismo y ha sido quizás el más significativo en la larga carrera de la literatura del siglo veinte: Estados Unidos, una nación materialista con una literatura que es dominantemente realista, sin embargo, no ha dejado de buscar constantemente a través del siglo una síntesis del «culto de la Virgen y la Adoración del Dinamo» que eleve a la nación y su literatura a un nivel por encima del realista pero provinciano materialismo de la frontera.

Corrientes principales

El año 1900 es más que un hito en la historia literaria; podría considerarse una nueva era, como lo fue en el campo de las relaciones sociales. La característica más importante de la literatura del siglo veinte es su extrema diversidad. No hay una sola escuela, ni una sola tendencia, que pueda tipificar la era. Nunca antes en la historia literaria ha habido tantos cenáculos, tantas escuelas, tantos círculos y movimientos existiendo simultáneamente. La diversidad es naturalmente sólo un aspecto de la diversidad general en el desarrollo social; el siglo veinte, no teniendo una sola filosofía social dominante, no puede esperar un solo y homogéneo tipo de literatura. Adicionalmente, una importante minoría de autores del siglo veinte muestran una tendencia a retraerse deliberadamente hacia el oscurantismo y el esoterismo. La literatura, excepto en raras instancias, poco ha sido de interés para las grandes masas de la población; pero nunca antes ha sido la literatura escrita para tan pequeño y clanístico grupo de «cognoscenti». Comparativamente hablando, el público disfruta la poesía de T. S. Eliot o Poe, o hasta aquello que patrocinaba las obras de Shakespeare, pero ciertas escuelas de poesía, especialmente en el siglo veinte, tienden a ser difíciles, pesadas en alusión, y altamente técnicas en construcción.

Al mismo tiempo la tendencia opuesta es discernible: muchos autores del siglo veinte buscan crear deliberadamente una literatura para las masas, una literatura que no sacrifique nada de la cualidad artística al ser presentada en técnicas comprensibles para el hombre de la calle. Este experimento, por supuesto, se llevó adelante en una amplia escala y una altamente organizada manera en la Unión Soviética, pero la actitud también se detecta en naturalistas americanos como Theodore Dreiser y John Steinbeck. Junto a la tendencia de ampliar las bases de todas las artes -música, ópera, arte dramático, y pintura- para hacerlas asimilables por las masas, ha habido un esfuerzo comparable para democratizar la literatura. La literatura, sin embargo, es un arte verbal que requiere cierto trasfondo y vocabulario para su apropiada apreciación; es inherentemente un arte más difícil de popularizar que la pintura o la música. Por ello es que la democratización de la literatura ha sido acompañada por la simplificación, a veces hasta vulgarización, de los estándares literarios.

En medio de la complejidad de los movimientos literarios del siglo veinte es posible distinguir dos tendencias principales. La primera, el movimiento realista-naturalista, continúa la tendencia que comenzó en Europa en el siglo diecinueve con Stendhal, Balzac, Tolstoy e Ibsen. En el siglo veinte este movimiento tiende a ser más militantemente político, más literal en visión, y más conscientemente científico en técnica; pero a la vez hay una tendencia, especialmente en el naturalismo americano, hacia una simbólica o «mítica» cualidad que eleva el estilo por encima de una mera documentación banal, de registro de data física. La tendencia puede verse en novelas post-1945 como «El Viejo y el Mar» de Hemingway y «La Fábula» de Faulkner, que son superficialmente realistas en estilo pero míticas o simbólicas en su significado subyacente.

El segundo gran movimiento podría llamarse «la reacción al realismo»; eso comprime las varias formas de repudio de la objetividad externa, incluyendo la ficción psicológica, el neo-romanticismo, el impresionismo, el expresionismo y otras formas de experimentación anti-realistas. Es menos una escuela literaria que un tipo de residuo, incluyendo a todos aquellos autores que por una razón u otra no son atraídos por la técnica realista; incluye autores tan diferentes unos de otros como James Branch Cabell y Sherwood Anderson, así como poetas como Edgar Lee Masters hasta Conrad Aiken. Incluye, sin embargo, un grupo que asume creciente importancia a medida en que continúa el siglo veinte: la escuela de ficción psicológica. El término puede no ser preciso; puede ser utilizado para describir el sutil análisis interno de Edith Wharton o Thomas Wilder, una técnica que casi no tiene conexión con la ciencia de la psicología clínica moderna, o los estudios patológicos de Robinson Jeffers o Sherwood Anderson, que se asemejan a expediente o historias de casos de la psicología anormal traducidos a forma literaria. Estas dos tendencias -naturalismo y literatura psicológica- no son mutuamente excluyentes; se influencian una a otra, y a veces como en el caso de Katherine Anne Porter, se combinan en un solo autor. Debido a sus orígenes están históricamente separadas, sin embargo, es útil estudiarlos como entidades y examinar su influencia separada en escritores del siglo veinte.

Los períodos

Medio siglo es un tiempo muy corto para ser dividido nítidamente en eras cronológicas. Muchos escritores que comenzaron a escribir antes de la Primera Guerra Mundial aun estaban escribiendo en 1950; su «período» es simplemente la mitad del siglo veinte. Sin embargo, desde el punto de vista del ambiente social, pueden distinguirse eras dentro de esa parte del siglo. Debido a que los autores no estaban aislados de su cultura pero deben escribir en un ambiente social, el temperamento cambiante de los tiempos actúa como una influencia importante de su obra. Un examen de estas épocas, en la mayoría de los casos marcadas por la guerra, cambios económicos y otros fenómenos sociales, es esencial para el entendimiento de la literatura que de ahí surgió.

El Fin-de-Siécle, 1889-1914. Este es el período en que pueden detectarse los comienzos del realismo americano. Fue un período principal de prosperidad; la economía nacional, al menos en el norte, se había recuperado de los efectos de la Guerra Civil, y la industrialización estaba transformando al país aceleradamente. El lejano oeste, abierto para el asentamiento en la generación previa, se construía, expandía y prosperaba. El pánico financiero de 1893, apenas ralentó a la nación en su triunfante progresión hacia su «Manifiesto Destino» como poder mundial. El ferviente nacionalismo de los tiempos, que en su forma política es quizás mejor representado por la figura de Theodore Roosevelt, tuvo su correspondiente reacción en la literatura. No es tanto que el autor era patriótico, es que comenzó a pensar conscientemente de sí mismo como un americano y a buscar alrededor por un estilo y una técnica americana en la cual expresarse. A veces, como en el caso de Henry James, se interesó por las diferencias entre las culturas americana y europea y con los conflictos psicológicos que se llevaron a efecto cuando los americanos confrontaron a los europeos, en casa o en el extranjero.

Pero la confrontación cortés era esencialmente entre Europa y Nueva Inglaterra, la Europa-en-América en miniatura que había dominado las letras americanas desde los tiempos coloniales. Hasta un autor del oeste como William Dean Howells gravitó instintivamente hacia Boston como el centro de la literatura americana. Siendo su editor (1871-81), The Atlantic Monthly llegó a ser, o permaneció, como el severo y exigente árbitro del gusto literario americano. A pesar de las intromisiones de la era de la máquina, y a pesar de las innovaciones de realistas tales como Stephen Crane y Frank Norris, la literatura americana se mantuvo esencialmente europea, refinada, y «a la antigua» hasta que la era victoriana y todo lo que le pertenecía fue arrollado por la Primera Guerra Mundial.

Los Ruidosos Veinte, 1918-1929. Al principio no fue evidente que la guerra había acabado con una era; Warren H. Harding fue electo presidente en 1920 con el lema «regreso a la normalidad». Pero una nueva juventud había sido creada por la guerra, una juventud emancipada, desilusionada y cínica, una juventud que Gertrude Stein en una famosa frase llamaría «la generación perdida». En vez de «salvar al mundo para la Democracia» la guerra sólo había creado nuevos odios, divisiones y amenazas. Pero los Estados Unidos emergieron prósperos de la guerra: el idealismo había sido traicionado, y en una era de dinero fácil se sucedió un nuevo y cínico materialismo. Era la Era del Jazz, la era del Stutz Bearcat, del abrigo mapache y del charleston; una era de juventud, de faldas cortas y de morales revolucionarias. La Prohibición, puesta en efecto en 1920, tuvo éxito sólo en poner de moda a los cockteles, en incrementar enormemente el consumo de licor y diseminar su consumo entre las mujeres. El cinismo se incrementó, y una nueva industria del crimen surgió del tráfico ilegal. Las acciones subieron y nuevas fortunas se hacían de la noche a la mañana. «América iba en la más grande y ostentosa carrera de la historia y va a haber mucho que contar sobre ello», escribió Scott Fitzgerald.

Lo que había para contar era la tarea de una nueva generación de escritores. A pesar del cinismo general de la era, los Veinte constituyeron un período muy creativo en la literatura y las artes. Fue una era de experimentación técnica y de audaces innovaciones en contenido; más cosas nuevas fueron creadas en la literatura que en los cien años que la precedieron. A veces, como en el caso de Scott Fitzgerald, los nuevos escritores fueron francamente entusiastas con la Era del Jazz; pero más a menudo, como con Sherwood Anderson, Sinclair Lewis y Ring Lardner, atacaron cáusticamente a los Babbits e impulsadores de la nueva era y rechazaron el hedonismo superficial de latón y la cómoda casa en los suburbios; pero el ataque sobre la clase media americana no fue político; los típicos autores de los Veinte eran a veces de inclinación vagamente izquierdista, sus libros eran menos polémicas políticas que sátiras de costumbres privadas.

En muchos casos el rechazo a la cultura americana tomaba la forma de expatriación: Gertrude Stein, Ezra Pound, Eliot, Hemingway y otros abandonaron el país por Europa, que los atraía debido a su carencia de puritanismo y sus actitudes artísticas más sofisticadas. En poesía fue francamente una era de experimentación. Con la excepción de unos pocos «naturalistas de versos» como Robinson y Frost, pocos poetas de los veinte escribieron algo que hubiese sido reconocido como poesía antes de 1900. El momento era del verso libre, de experimentación radical en sintaxis, puntuación y tipografía, y de virtual abandono de las formas de verso tradicionales. Eliot, Cummings, Pound, Stevens y Marianne Moore crearon casi de la noche a la mañana un nuevo concepto del verso, virtualmente un nuevo concepto de lenguaje poético que le dio nuevos valores a las viejas palabras y que revolucionó el concepto tradicional de lo que podía ser un poema.

Pero esta revolución en ficción y poesía, paralela a revoluciones similares en pintura y las otras artes, dejó atrás al público general. Mientras los bohemios e intelectuales leían a Eliot y Pound, los sólidos ciudadanos en los suburbios iban simplemente al cine. La partición entre el artista y el resto de la sociedad, que siempre había existido y que se había ampliado hacia el final del siglo diecinueve, ahora era un gran golfo. A pesar de los esfuerzos de Dos Passos y los Steinbecks por escribir sobre las luchas del hombre común, y de escribir sobre ellas en su propio lenguaje, el escritor de los Veinte sentía más fuerte una alienación del público general, como nunca antes.

La Era de la Depresión, 1929-1941. El 24 de octubre de 1929, el inflado y espuriamente próspero mercado de la bolsa colapsó, y la prosperidad de la postguerra americana fue borrada de un tirón. El lema nacional cambió de «regreso a la normalidad» a «hermano, ¿tienes una monedita?» El alegre cinismo de los Veinte se volvió resentimiento y amargo pesimismo, y el temperamento político se inclinó hacia la izquierda. Una nueva consciencia social, un sentimiento de responsabilidad política, comenzó a penetrar en la literatura; ahí donde los escritores de la Era del Jazz se habían sentido orgullosos de su independencia política, muchos de los autores de los Treinta giraron hacia la «protesta social» de una literatura que era virtualmente de forma «panfletera». La diferencia puede observarse comparando el individualismo apolítico de los personajes de Hemingway en The Sun Also Rises (1926), con el obvio mensaje político de su posterior The Fifth Colum, (1938) y For Whom the Bells Toll (1940), ambas concebidas durante la Guerra Civil Española en 1937-38.

La era también está marcada por un giro hacia la literatura psicológica, un rechazo, por parte de algunos escritores, del materialismo de los Veinte y un nuevo interés por la vida interior de la mente. Thomas Wolfe, con su estilo de prosa verbosa y poética y su preocupación por el análisis subjetivo, es quizá el típico novelista de los Treinta, como el terso y lacónico Hemingway es el novelista de los Veinte. En poesía, el interés por la innovación técnica que había florecido en los Veinte dio paso ahora a una renovada preocupación por el contenido, especialmente simbólico y mítico. El poeta de la Era de la Depresión retuvo los avances técnicos de la era anterior, pero buscaba algo nuevo y significante con sus huevas herramientas verbales, una nueva mitología poética. A veces esta tendencia tomaba la forma de rechazo al materialismo y un nuevo giro hacia las cosas del espíritu. Ash Wednesday (1930) de T. S. Eliot es el comienzo de una nueva escuela poética metafísica o casi religiosa. Otros poetas asumieron el liberalismo o radicalismo político que también interesó a los novelistas; Frescoes for Mr. Rockefeller´s City (1933) de MacLeish representa la nueva tendencia hacia la crítica del capitalismo y la hipocresía burguesa. Fue, en pocas palabras, la poesía del New Deal.

Post-Guerra, 1945 y después. A pesar de la prosperidad general de la nación, la Segunda Guerra Mundial no produjo una Era del Jazz. El público americano no entró a la guerra en 1941 con el mismo ingenuo idealismo de 1917, y por lo tanto fueron menos afectados por la desilusión post-guerra. Sí había, sin embargo, un giro político hacia la derecha, cuyos síntomas se extendían de la victoria de los Republicanos moderados en las encuestas de 1952 hasta la histeria del McCartismo y el antiintelectualismo que arrolló a los Estados Unidos inmediatamente después de la guerra y que comenzó a moderarse sólo después de 1953. Nuevamente, como en los Veinte, la nación estaba dividida agudamente; el temperamento del público general era a la derecha, nacionalista, y antiintelectual, y consecuentemente los intelectuales y artistas fueron llevados hacia un estado de alienación y crítica.

Una característica de la era, sin embargo, fue que cierta cantidad de autores compartían con el público general, dándoles la espalda al materialismo escéptico, buscando satisfacción espiritual. Los comienzos de esta tendencia pueden detectarse en los Treinta, pero se intensificó después de 1945. En el caso del público general tomó la forma de un bien publicitado y ampliamente aclamado «regreso a la religión», incremento en asistencia a las iglesias, más interés en la teología, y mucho de «volver a poner a Dios en la educación» y «una nación bajo Dios». Los pensadores estaban en desacuerdo sobre si este fenómeno revivía un genuino sentimiento religioso o meramente un escapismo neurótico causado por la inseguridad general de la época, pero indudablemente sucedió.

En el campo de la literatura la tendencia es igualmente evidente, aunque menos ingenua. Escritores como Faulkner y Hemingway, que comenzaron en los Veinte como realistas escépticos, parecían desarrollar una consciencia social y espiritualista en los Treinta, y terminando en algo cercano al simbolismo mitológico después de la guerra (The Fable y The Old Man and the Sea, 1953). Otro grupo de novelistas, la joven generación principalmente, continuaron en la tradición de naturalismo objetivo establecido por los escritores en los Veinte; Ten North Frederick (1955) de John O´Hara es una novela altamente naturalista en la tradición de Dreiser, influenciada por Hemingway, Steinbeck y Sinclair Lewis. Los poetas estaban igualmente divididos: algunos, principalmente de la generación mayor, mostraron una tendencia espiritual y metafísica (Four Quarters, 1943, de Eliot), mientras otros, principalmente los poetas jóvenes, continuaron imitando el diestro y técnicamente complicado tecnicismo de los Veinte.

En el caso de ficción y poesía la era de las innovaciones técnicas había pasado: los treinta, cuarenta y cincuenta fueron de un contenido que digería y perfeccionaba nuevas técnicas para lo inventado por los escritores de los Veinte. Había cierta cualidad imitativa, una esterilidad técnica; parecía que todas las cosas nuevas habían sido inventadas, y la nueva generación de escritores fue forzada hacia la monótona reescritura de libros, poemas y obras de teatro. Un Tennessee Williams o una Eudora Welty demostraban alguna originalidad, pero en general el período post-1945 fue un tiempo de asimilación y síntesis. Los escritores americanos, habiendo descubierto su idioma verdaderamente nacional durante los Veinte, ahora se propusieron perfeccionar y refinar las técnicas literarias inventadas por la generación anterior.

Influencias realistas

El estudio de la evolución de la literatura es análogo al estudio de los procesos evolutivos en los organismo vivos; cada generación literaria deriva de la precedente como se suceden una a otra las generaciones en el proceso de vida biológica. Al mismo tiempo el proceso de evolución en literatura es en un sentido más complejo: los movimientos literarios largamente durmientes son frecuentemente revividos y renovados para ajustarse a una era, de tal manera que la influencia de un movimiento literario puede ser sentido a través de la brecha de los siglos. El arte medieval, rehuido desde el Renacimiento, fue revivido para inspirar a los poetas británicos del movimiento pre-rafaelista del siglo diecinueve, y la poesía del Trecento italiano de Dante y Cavalcanti sirvió como modelo para las nuevas técnicas poéticas de Pound y Eliot en el siglo veinte. Para comprender el trasfondo de la literatura americana es necesario por lo tanto prestarle cierta atención a toda la historia literaria, y especialmente a la literatura europea del siglo precedente.

Indudablemente el fenómeno dominante de la literatura europea en el siglo diecinueve fue la emergencia del realismo. Desde un punto de vista literario, el triunfo del realismo fue el triunfo de la novela, en la que encontró su mas apta expresión. En su aspecto social, el realismo fue una manifestación de la fe en la ciencia y el liberalismo que creció constantemente durante el siglo y que sólo comenzó a fallar hacia 1900. El contenido de la literatura realista está generalmente interesado con los asuntos de las clases media y baja; trata asuntos económicos, sociales y técnicos (como agricultura e industria) en adición a los temas tradicionales de amor y valor, e implica la utilización de lo vernáculo de la vida diaria en vez de la dicción poética artificial de las literaturas previas.

Los comienzos del realismo pueden encontrarse tan atrás como Homero; pero en los tiempos modernos, un conveniente punto de partida arbitrario puede encontrarse en la obra de Stendhal (seudónimo de Henry Beyle, 1783-1842). Este brillante novelista francés, que escribió muy adelantado a sus tiempos, trató temas del mayor romanticismo, pero lo hizo de una manera esparcida, objetiva e irónica que iba a influir en mucho a los autores realistas subsiguientes.

Honoré de Balzac (1799-1850) llevó el realismo de Stendhal hacia el reino de los temas, así como del estilo. Su Comédie Humaine, un vasto panorama de la sociedad francesa bajo el Imperio y la Restauración, contiene veinticuatro novelas y una cantidad de cuentos. Gustave Flaubert (1821-80) le trajo a la novela una más grande objetividad, una penetración científica, y una dolorosa exactitud en estilo. Su Madame Bovary y su cuento «Un Simple Corazón» representan un alto punto del realismo francés.

En Inglaterra el movimiento realista, latente en Defoe, Fielding y Richardson, comienza con Charles Dickens (1812-70). Aunque Dickens no tenía en mente ningún plan seudo-psicológico como el de la Comédie de Balzac, creó un panorama similar al temprano siglo diecinueve británico. William Makepeace Thakeray (1811-63) y Anthony Trollope (1815-82) son otras figuras principales del movimiento realista británico.

Quizá las más poderosas novelas del realismo europeo fueron las del triunvirato ruso: Fiodor Dostoyevsky (1812-81), Ivan Turgenev (1818-83) y Leon Tolstoy (1828-1910). Las novelas Anna Karenina y La guerra y la paz son dignas de una mención especial como ejemplos del realismo ruso. En los países escandinavos el principal de varios autores realistas fue el dramaturgo noruego Henrk Ibsen (1828-1906), cuya obra está dominada por una mordiente crítica de la clase media junto al antagonismo hacia la filistea burguesía y el materialismo. La obra de Ibsen fue especialmente influyente en Alemania, donde sirvió como uno de los puntos focales del movimiento naturalista en el teatro, y en Inglaterra, donde encontró un formidable campeón y publicista en Bernard Shaw. En América la influencia del ibsenismo fue más evidente en los Veinte, aunque dramaturgos post-1945 como Arthur Miller tomaron prestadas las técnicas y actitudes de Ibsen.

Hacia el final del siglo diecinueve el movimiento realista en Estados Unidos comenzó una metamorfosis hacia la escuela conocida como naturalismo. Comparada con el realismo de mitades de siglo, el naturalismo tendía a ser militantemente científico y más interesado por lo degradado y los niveles a menudo sórdidos de la existencia humana. Emile Zola (1840-1902) comparte con el crítico Hippolyte Taine el honor de fundar la escuela naturalista francesa. Zola buscó hacer de la literatura una rama de las ciencias sociales; en su opinión la novela debería estudiar el comportamiento social como el químico estudia el comportamiento en tubo de laboratorio. Su formidable serie Rougon-Macquart, una novela integrada por secuencias similares a la Comédie Humaine de Balzac, perseguía presentar «una historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio». Zola estaba especialmente preocupado con las operaciones de herencia, que él sintió como la fuerza dominante motivadora en el destino humano.

En Alemania el naturalismo, como dijimos, lo impulsó Ibsen; los naturalistas principales del siglo diecinueve fueron el novelista Theodor Fontane (1818-98); los colaboradores Arno Holz (1863-1929) y Johannes Schlaf (1862-1941), quien principalmente escribió crítica, teatro y cuentos; y Gerhart Hauptmann (1862-1946), un autor versátil que en el siglo diecinueve giró hacia el simbolismo y el expresionismo. El naturalismo fue menos prominente en la literatura inglesa del siglo diecinueve; su exponente principal fue Thomas Hardy (1840-1924), cuyas novelas contienen un profundo pesimismo filosófico. Otros naturalistas europeos importantes fueron el español Benito Pérez Galdós (1843-1920) y el italiano Giovanni Verga (1840-1922).

Hay un inevitable retraso en las influencias literarias, especialmente cuando son obligadas a cruzar fronteras de lenguaje y nacionalidad. Estados Unidos, separada por un océano y una tendencia hacia el aislacionismo y el provincialismo, quedó atrás de los gustos literarios europeos durante el siglo diecinueve por lo menos en una generación, y a veces más. El período romántico, por ejemplo, comenzó en Francia poco después de la Revolución (1793) y en Inglaterra poco después; en Europa el movimiento romántico llegó a su cima en 1815. En Estados Unidos, sin embargo, el mismo movimiento, impelido por las mismas causas y basado en los mismos principios, llegó a su clímax sólo en la era de Howell, Whitman y Larnier, alrededor de 1850.

De la misma manera el realismo norteamericano esperó una generación antes de seguir a los predecesores europeos. La cima del movimiento en Europa -la era de Balzac, Flaubert y Turgenev- puede ser ubicada aproximadamente a mitades de siglo. En Estados Unidos la novela verdaderamente realista apenas puede ser detectada antes de The American de James, y el clímax de realismo americano ocurrió alrededor de 1900. De hecho, la inserción del movimiento realista americano fue demorado hasta que recibió una segunda influencia europea de los naturalistas de la escuela de Zola, confundiendo así las características de las dos escuelas europeas en un solo movimiento americano. Stephen Crane y Frank Norris, que escribieron en torno al cambio de siglo, son tanto naturalistas como realistas. Nuevamente, donde puede decirse que la escuela de Zola de naturalismo comenzó en Europa con la publicación de «Thérese Raquin» (1867), el movimiento naturalista americano, que comenzó con Norris y Dreiser, no obtuvo su estatura final hasta después de la Primera Guerra Mundial.

Los primeros realistas norteamericanos: William Dean Howells, Henry James, Hamlin Garland, Stephen Crane, Frank Norris, Jack London, O.Henry, Edith Wharton, Gertrude Atherton.

Entre las guerras, realistas y naturalistas: Theodore Dreiser, Booth Tarkington, Gertrude Stein, Upton Sinclair, Sinclair Lewis, Elliot Paul, Henry Miller, John P. Marquand, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Thomas Wolfe, James T. Farrel.

Entre las guerras, regionalismo y naturalismo rural: Ellen Glasgow, Willa Cather, Ole Rölvaag, Pearl Buck, William Faulkner, John Steinbeck, Erskine Caldwell, Robert Penn Warren, William Saroyan, Eudora Welty.

Realistas y naturalistas: John O´Hara, Irwin Shaw, Herman Woulk, J. D. Salinger, James Jones, Norman Mailer.

Reacción al naturalismo, ficción psicológica y romántica: Sherwood Anderson, James Branch Cabell, Thorton Wilder, Robinson Jeffers, Klatherine Anne Porter.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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