La performance ‘El Rito de la Luz’ en Catania LAS LUCES DEL FIN DE UN MUNDO, por Antonio Mendoza Wolske.

Antonio Presti

Antonio Presti recibe un clavel blanco durante una de las performances del “Rito de la Luz”. Foto de Antonio Mendoza.

El 21 de diciembre, solsticio de invierno, coincidió con el fin de una era del calendario maya. Los medios de comunicación de masas —que, cuando no tienen nada que hacer, desempolvan el marciano de Roswell o el monstruo de Loch Ness— decretaron que la doble efemérides sería la fecha del fin del mundo. “La madre de los cretinos está siempre encinta”, bien reza un refrán italiano; las reacciones de los papanatas ante la alarmante predicción añadirían un jugoso capítulo a la magnífica ‘Historia de la estupidez humana’ de Paul Tabori. En cambio en Catania —ciudad particularmente expuesta a catástrofes, pues se encuentra a los pies del imponente volcán Etna— el excéntrico y polémico mecenas Antonio Presti decidió festejar con una megaperformance de tres días no la oscuridad de una era que muere, sino la luz de una era que nace.

Un poco de historia: en 1982 la repentina muerte del padre, magnate del cemento, deja en manos del joven Presti una pingue fortuna. El joven y hasta ese momento despreocupado heredero, ya coleccionista de arte contemporáneo, decide encargar al gran escultor Pietro Consagra un monumento a la memoria del difunto, que debía surgir en el agreste y abandonado valle de Tusa. Inaugurada el 12 de octubre de 1986, la escultura fue la semilla que engendró un feraz bosque de arte: creadores del nivel de Tano Festa, Hideyoshi Nagasawa y Polo Schiavocampo colmaron el paisaje con desmesuradas estructuras de quince metros de altura. La política, la burocracia y la mafia se aterran y golpean: acusado de invasión ilegal del suelo público y de afeamiento del paisaje, Presti afrontará demandas, denuncias, juicios y contrajuicios que durarán hasta el 23 de febrero de 1994, cuando la Corte de Casación termina por refrendar el carácter de obra de interés público, artístico y cultural del Parque de las Esculturas. Pero Antonio Presti no se limita a la defensa y conservación de este su primer “granito de locura” (Erasmo de Rotterdam), sino que inaugura en 1991 el ‘Art Hotel Atelier sul Mare’ en Castel di Tusa, donde cada uno de los cuartos es una instalación diseñada por un artista de renombre:  Nagasawa, Mario Ceroli, Raoul Ruiz, Fabrizio Plessi, Pietro Dorazio, y pare usted de contar. Pero la pasión creativa de nuestro autonomenclado “Productor de Arte, Productor de Belleza” (a Presti no le agrada el apelativo ‘mecenas’) decide convocar e involucrar a la colectividad: contra viento y marea, contra burócratas y mafias, Antonio Presti adopta el barrio más triste y mal famado de Catania: Librino.

Suerte de “23 de Enero” catanés, Librino fue diseñado por Kenzo Tange como una urbanización modelo, donde cada uno de los edificios gozaba de vista al Etna, y donde el cemento sería equilibrado con abundantes áreas verdes. La negligencia, el abuso y la malignidad lo convirtieron en una periferia fea y triste, desprovista de los más elementales servicios, en manos de la criminalidad organizada y paradigma de tantas utopías arquitectónicas abortadas. La férvida imaginación de Presti dota a Librino de la “Puerta de la Belleza”, inaugurada el 15 de mayo de 2009 y realizada por diez mil niños de las escuelas del barrio bajo la supervisión de destacados artistas. Considerando que la salud de la planta social hay que cuidarla desde el germen, el Instituto Comprensivo Campanella Sturzo —la escuela pública de Librino— comienza a cobijar gracias a Presti eventos culturales de todo tipo: lecturas, foros, recitales de música y poesía, etc. Y es allí donde el “Rito de la Luz” tendrá lugar.

A Presti le gusta, como se dice en italiano, hacer las cosas ‘alla grande’: el ‘Rìto de la Luz’ duró tres días —del 20 al 22 de diciembre, desde el crepúsculo hasta las 11 pm— y requirió la participación de 30 escuelas, 3000 estudiantes, 120 artistas, 90 poetas, 30 asociaciones, 40 fotógrafos, 150 músicos y cinco diversos grupos étnicos. Los tres pisos de la escuela acogieron decenas de mandalas, rigurosamente geométricos elaborados con los materiales mes disímiles (guijarros, metras, libros viejos, arena, caracoles, harina, compact discs, etc. etc.) para representar el mundo naciente; el todo rebosante de velas, la Luz de la Era que Nace. En cada aula (eran por lo menos cincuenta) tenían lugar performances de niños vestidos de blanco coordinados por actores, poetas, músicos, coreógrafos, etc. Un enorme velo ininterrumpido creaba un recorrido ideal a través de los corredores de la escuela. La noche de la inauguración se contaron siete mil visitantes, entre ellos el flamante Gobernador de la Región Sicilia, Rosario Crocetta, ex-alcalde antimafia de Gela votado masivamente por un electorado supuestamente homófobo, pese a ser declaradamente gay. En fin, la Nueva Era de la Luz nació en Catania, en una escuela pública convertida en museo de la performance o, en palabras de Presti, en “Templo del Conocimiento”.

El crítico (criticón, diría alguno) permanece ante un evento de este tipo tan fascinado como desconcertado. Las múltiples fuentes sonoras -desde tonantes voces de actores hasta un arpa clásica secundada por dos arpas célticas, que acompañaban un delicioso cuerpo de ballet-, el olor dulzón y turbador de las velas (contamos 131 en uno solo del medio centenar de mandalas) y el ir y venir del público hicieron de este “Black Mountain Kinder” una gigantesca confusión, tan seductora como inquietante. Pero nos viene a la mente el gran gurú de la performance, John Cage, y sus propuestas del tipo una obra musical para cien tocadiscos simultáneos operados por el público. Ciertamente el mecenazgo de Antonio Presti tiene algo de faraónico; mas ?no fueron Keops, Hatshepsut y Ramsès II quienes nos dejaron el eterno patrimonio de las pirámides, de Deir El Bahari y de Abu Simbel? Razón tiene Antonio Presti cuando dice: “Ninguno de estos niños olvidará en su vida lo que quiere decir participar a un evento de arte contemporáneo”. Y nosotros aplaudimos este —más que performance— happening de divina locura colectiva al que tuvimos el privilegio de participar; y saludamos la nueva era con un espléndido juego de palabras del gran Cage, que nos advierte que nuestra mente, corazón y sentidos nunca deben cerrarse a lo nuevo: “Happy New Ears!”.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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