El problema ¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?, por Juan Francisco Misle

Gasolina 1Pareciera una maldición que para aspirar a ganar unas elecciones en Venezuela, o para mantenerse en el poder, nuestros políticos no divisen otra estrategia que no sea la de profundizar el mensaje populista y demagógico a la sociedad.  Esta es una de las razones que explican la situación de anomia en que nos encontramos sumergidos desde hace ya muchísimos años, y de la cual no hemos logrado superar, y acaso si hasta hemos agravado.

De seguir rodando hacia abajo por esa pendiente, nos estaremos convirtiendo en un país carente de toda viabilidad económica, política y social. Y hacia allá pareciéramos ir. Ilustremos con un par de ejemplos:

El tratamiento político dado a la devaluación.  La respuesta dada por el gobierno para hacer que la devaluación luciera políticamente aceptable fue acudir al engaño y la manipulación. Sus portavoces han insistido en que “se hizo para proteger el salario de los trabajadores”; “no es una devaluación sino un ajuste del tipo de cambio”; “fue para defender el bolívar de las presiones especulativas de la burguesía que aspira robarse los dólares del pueblo a un precio miserable”; “no tiene por qué ser inflacionario”, “se hizo para incentivar las exportaciones no petroleras”. Como dicen los gringos: bullshit! Debieron empezar por discernir las causas que llevaron al gobierno nacional a esa brutal devaluación de 46%  pero no se dan por aludidos.

De lado opositor se dice: “ahí está el paquete neoliberal del gobierno”, “el gobierno busca empobrecer aún más a los pobres”, “eliminando la regaladera se hubiera podido evitar la devaluación”, “tendrán que aumentar los salarios en 50%”. Critican una medida que de haber estado en el gobierno habrían tenido que tomar igualmente.

Lo cierto es que era imposible sostener la sobrevaluación del bolívar por más tiempo. La devaluación es producto de políticas financieras erradas, y en particular del desbocamiento incontrolado e irresponsable del gasto público a niveles siderales en 2012 como resultado del afán releccionista de Hugo Chávez. La devaluación per se no aumenta la cantidad de dólares que se produce en la economía y, en el caso de Venezuela por su condición monexportadora y con el Estado propietario exclusivo del petróleo que se extrae, es fundamentalmente fiscalista, pues está orientada a aumentar los ingresos del gobierno nacional y “licuar” buena parte de la deuda contraída en bolívares. Pero lo más grave de esta devaluación son sus efectos inflacionarios debido a que el consumo interno es satisfecho mediante importaciones dado el desmantelamiento de la planta agrícola e industrial doméstica que es incapaz de responder con más producción a los incrementos en la demanda agregada interna. En suma, la devaluación chavista del 2013 era inevitable y, lo que es peor, se presenta como la antesala de la devaluación que habrá que realizarse posiblemente en 2014, o antes.

El ridículo precio de la gasolina en Venezuela. Nada más difícil para cualquier extranjero, no importa que provenga de un país rico o de uno pobre, que entender cómo es eso de que la gasolina prácticamente se regala en Venezuela. ¿En qué cabeza cabe regalarla, al tiempo que PDVSA y el Estado venezolano se endeudan internacionalmente pagando las tasas de interés más altas del mundo? ¿Cuál es la lógica de que se importe gasolina pagando un dólar por litro para venderlo internamente a 0.016 dólar por litro, lo que significa una pérdida que está arruinando a PDVSA y que alcanza los 15 mil millones de dólares anuales?

Pero trate usted de conseguir adherentes, chavistas u oposicionistas, a la idea de ponerle coto a esta locura que solo estimula el uso irracional de ese valioso recurso y proporciona incentivos perversos que favorecen el contrabando de extracción.  Se sentirá más solo que la luna. No importa que ese precio beneficie fundamentalmente a una minoría de afortunados que poseen vehículos mientras la inmensa mayoría de los venezolanos se desplaza en transporte público. Se trata, ni más ni menos, que de un subsidio a los más ricos a expensas de los más pobres. No obstante ello, los venezolanos en su mayoría, y por razones muy diferentes, han hecho del precio de la gasolina un fetiche que no puede ni debe ser modificado bajo ninguna circunstancia, a menos que se desee causar una gran conmoción política y social en el país. Llenar los tanques de los vehículos pagando por la gasolina precios ridículamente bajos es una especie de derecho que se adquiere simplemente por residir en este país.

La excesiva politización de este asunto paraliza a los gobernantes. No importa que suban los precios de los alimentos, de las medicinas, de la vivienda,  pero ¿que se incremente el precio de la gasolina? Habría que ser loco o suicida. Ello conlleva automáticamente el riesgo de ser acusado de neoliberal, de insensible con los pobres, de fondomonetarista. “Jugar con fuego” tituló en estos días el diario El Nacional uno de sus editoriales sobre este asunto. Hoy vemos como Rafael Ramírez, presidente de PDVSA, expresa que el subsidio a la gasolina es insostenible e irracional pero no mueve ni el dedo meñique para tratar de cambiar esa realidad (y al parecer ¡hasta se opone a cualquier aumento en su precio!). Ni Chávez, con todo su carisma y su poder comunicacional intentó hacerlo, ni aún en tiempos de estrechez financiera, como si invocara una suerte de raison d’Etat para excusarse de la  responsabilidad de corregir esa costosa anomalía.

Se entiende que en medio de la estrechez económica en que vive el ciudadano en Venezuela, en un paisaje caracterizado por el despilfarro de los recursos por parte del gobierno, con una corrupción rampante, y la venta a descuento y a largo plazo (o simplemente regalado) de petróleo a los países del ALBA, es muy difícil pedirle a los venezolanos que acepten resignadamente y sin protestar el aumento en el precio de la gasolina, que no pocos califican de inmoral. No les falta razón, pero si esperamos que todo eso se resuelva primero antes de corregir ese ridícula, costosa e innecesaria distorsión tendremos que esperar por muchos años visto el tabú que hemos creado.

A Venezuela no la salva nadie de un paquete de ajustes macroeconómicos que corrija todas esas distorsiones, así sea de un modo gradual y con las correspondientes medidas compensatorias. Lo que el gobierno está implantando por cuenta gotas es un paquete cachicorneto de ajustes que no resolverá ninguno de los problemas que enfrentamos y probablemente los agravará aún más, en una mezcla de ceguera ideológica, ignorancia e incompetencia.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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